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La sombra del viento - Tercera parte

16
Un vahído de aire frío silbó por el orificio de la cerradura, lamiéndome los dedos mientras insertaba la llave. El señor Fortuny había hecho instalar un cerrojo en la puerta de la habitación desocupada de su hijo que hacía tres del que tenía en la puerta del piso. Doña Aurora me miraba con aprensión, como si estuviésemos a punto de abrir la caja de Pandora.
—¿Da esta habitación a la fachada de la calle? —pregunté.
La portera negó.
—Tiene una ventana pequeña, un respiradero que da al tragaluz.
Empujé la puerta hacia el interior. Un pozo de oscuridad se abrió ante nosotros, impenetrable. La tenue claridad a nuestras espaldas nos precedió como un aliento que apenas conseguía arañar las sombras. La ventana que se asomaba al patio estaba cubierta con las páginas amarillentas de un periódico. Arranqué las hojas de diario y una aguja de luz vaporosa taladró la tiniebla.
—Jesús, María y José —murmuró la portera junto a mí.
La habitación estaba infestada de crucifijos. Pendían de la techumbre, ondeando del extremo de cordeles, y cubrían las paredes fijados con clavos. Se contaban por decenas. Podían intuirse en los rincones, grabados a cuchillo en los muebles de madera, arañados en las baldosas, pintados en rojo sobre los espejos.
Las pisadas que llegaban hasta el umbral de la puerta trazaban un rastro en el polvo en torno a una cama desnuda hasta el somier, apenas ya un esqueleto de alambre y madera carcomida. En un extremo de la alcoba, bajo la ventana del tragaluz, había un escritorio de consola cerrado y coronado por un trío de crucifijos de metal. Lo abrí cuidadosamente. No había polvo en las junturas del fuelle de madera, con lo que supuse que el escritorio había sido abierto no hacía mucho. El escritorio tenía seis cajones. Los cierres habían sido forzados. Los inspeccioné uno a uno. Vacíos.
Me arrodillé frente al escritorio. Palpé con los dedos los arañazos en la madera. Imaginé las manos de Julián Carax trazando aquellos garabatos, jeroglíficos cuyo sentido se había llevado el tiempo. En el fondo del escritorio se adivinaba una pila de cuadernos y una vasija con lápices y plumas. Tomé uno de los cuadernos y lo ojeé. Dibujos y palabras sueltas. Ejercicios de cálculo. Frases sueltas, citas de libros.
Versos inacabados. Todos los cuadernos parecían iguales. Algunos dibujos se repetían página tras página, con diferentes matices. Me llamó la atención la figura de un hombre que parecía hecho de llamas. Otra describía lo que hubiera podido ser un ángel o un reptil enroscado en una cruz. Se adivinaban esbozos de un caserón de aspecto extravagante, tramado de torreones y arcos catedralicios. El trazo mostraba seguridad y cierto instinto. El joven Carax mostraba las trazas de un dibujante de cierto talento, pero todas las imágenes se quedaban en esbozos.
Estaba por devolver el último cuaderno a su lugar sin inspeccionarlo cuando algo se deslizó de entre sus páginas y cayó a mis pies. Era una fotografía en la que reconocí a la misma muchacha que aparecía en la imagen quemada tomada al pie de aquel edificio. La chica posaba en un suntuoso jardín y, entre las copas de los árboles, se adivinaba la forma. de la casa que acababa de ver esbozada en los dibujos de adolescente de Carax. La reconocí al instante. La torre de «El Frare
Blanc», en la avenida del Tibidabo. Al dorso de la fotografía venía una inscripción que decía simplemente:
Te quiere, Penélope
Me la guardé en el bolsillo, cerré el escritorio y sonreí a la portera.
—¿Visto? —preguntó, ansiosa por salir de aquel lugar.
—Casi —dije—. Antes me dijo usted que al poco de marchar Julián a París llegó una carta para él, pero su padre le dijo que la tirase...
La portera dudó un instante, luego asintió.
—La carta la puse yo en el cajón de la cómoda del recibidor, por si la francesa volvía algún día. Ahí estará todavía...
Nos acercamos hasta la cómoda y abrimos el cajón superior. Un sobre ocre languidecía entre una colección de relojes parados, botones y monedas que habían dejado de estar en curso veinte años atrás. Cogí el sobre y lo examiné.
—¿La leyó usted?
—Oiga, ¿por quién me toma?
—No se ofenda. Sería lo más normal dadas las circunstancias, al pensar usted que el pobre Julián estaba difunto...
La portera se encogió de hombros, bajando la mirada y retirándose hacia la puerta. Aproveché el momento para guardarme la carta en el bolsillo interior de la chaqueta y cerrar el cajón.
—Mire, no se vaya usted a hacer una idea equivocada —dijo la portera.
—Pues claro que no. ¿Qué decía la carta?
—Era de amor. Como las de la radio, pero más triste, eso sí, porque aquélla sonaba a que era de verdad. Mire que al leerla me entraron ganas de llorar.
—Es usted toda corazón, doña Aurora.
—Y usted es un demonio.
Aquella misma tarde, después de despedirme de doña Aurora y prometerle que la mantendría informada acerca de mis pesquisas sobre Julián Carax, me acerqué al despacho del administrador de la finca. El señor Molins había visto mejores tiempos y ahora languidecía en un despacho cochambroso sepultado en un entresuelo de la calle Floridablanca. Molins era un individuo risueño y orondo aferrado a un puro a medio fumar que parecía crecerle del bigote. Era difícil determinar si estaba dormido o despierto, porque respiraba como quien ronca.
Tenía el pelo grasiento y aplastado sobre la frente, la mirada porcina y pícara.
Vestía un traje por el que no le hubieran dado ni diez pesetas en el mercado de Los
Encantes, pero lo compensaba con una estrepitosa corbata de colorido tropical. A juzgar por el aspecto de la oficina, allí ya apenas se administraban musarañas y catacumbas de una Barcelona, de antes de la Restauración.
—Estamos de reformas —dijo Molins a modo de disculpa.
Para romper el hielo, dejé caer el nombre de doña Aurora como si se tratase de una vieja amiga de la familia.
—Mire que estaba mollar de joven, la verdad —comentó Molins—. Los años la han puesto fondona, claro que yo tampoco soy el que era. Aquí donde me ve, yo a la edad de usted era un adonis. De rodillas se me ponían las chavalas para que les hiciera un favor, cuando no un hijo. El siglo veinte es una mierda. En fin, ¿qué se le ofrece a usted, joven?
Le endosé una historia más o menos plausible sobre un supuesto parentesco lejano con los Fortuny. Tras cinco minutos de cháchara, Molins se arrastró hasta su archivo y me dio la dirección del abogado que llevaba los asuntos de Sophie Carax, la madre de Julián.
—A ver... José María Requejo. Calle León XIII, 59. Aunque la correspondencia la enviamos cada semestre a un apartado de correos en la central de Vía Layetana.
—¿Conoce usted al señor Requejo?
—Alguna vez habré hablado con su secretaria por teléfono. La verdad, todos los trámites con él se hacen por correo y los lleva mi secretaria, que hoy está en la peluquería. Los abogados de hoy no tienen tiempo para el trato formal de antes. Ya no quedan caballeros en la profesión.
Al parecer tampoco quedaban direcciones fiables. Un simple vistazo a la guía de calles que había sobre el escritorio del administrador me confirmó lo que sospechaba: la dirección del supuesto abogado Requejo no existía. Así se lo hice saber al señor Molins, que absorbió la noticia como un chiste.
—No me joda —dijo riendo—. ¿Qué le decía yo? Chorizos.
El administrador se reclinó en su butacón y emitió otro de sus ronquidos.
—¿Tendría usted el número de ese apartado de correos?
—Según la ficha es el 2837, aunque yo los números que hace mi secretaria no los entiendo, porque ya sabe usted que las mujeres para las matemáticas no sirven; para lo que sí sirven es para...
—¿Me permite ver la ficha?
—Faltaría más. Usted mismo.
Me tendió la ficha y la examiné. Los números se entendían perfectamente. El apartado de correos era el 2321. Me aterró pensar en la contabilidad que se debía llevar en aquella oficina.
—¿Tuvo usted mucho trato con el señor Fortuny en vida? —pregunté.
—De aquella manera. Un hombre muy austero. Me acuerdo de que, cuando me enteré de que la francesa le había dejado, le invité a venirse de putas con unos amiguetes aquí a un local fabuloso que conozco al lado de La Paloma. Para que se animase, ¿eh?, nada más. Y mire usted que dejó de dirigirme la palabra y de saludarme por la calle, como si fuese invisible. ¿Qué le parece?
—Me deja usted de piedra. ¿Qué más puede contarme de la familia Fortuny?
¿Les recuerda usted bien?
—Eran otros tiempos —musitó con nostalgia—. Lo cierto es que yo conocía ya al abuelo Fortuny, que fundó la sombrerería. Del hijo, qué le voy a contar. Ella, eso sí, estaba de miedo. Qué mujer. Y honrada, ¿eh?, pese a todos los rumores y habladurías que corrían por ahí...
—¿Como el de que Julián no era hijo legítimo del señor Fortuny?
—¿Y usted dónde ha oído eso?
—Como le dije, soy de la familia. Todo se sabe.
—De todo eso nunca se probó nada.
—Pero se habló —invité.
—La gente le da al pico que es un contento. El hombre no viene del mono,
 iene de la gallina.
—¿Y qué decía la gente?
—¿Le apetece a usted una copita de ron? Es de Igualada, pero tiene una chispilla caribeña... Está buenísimo.
—No, gracias, pero yo le acompaño. Vaya contándome mientras tanto...
Antoni Fortuny, a quien todos llamaban el sombrerero, había conocido a Sophie Carax en 1899 frente a los peldaños de la catedral de Barcelona. Venía de hacerle una promesa a san Eustaquio, que de entre todos los santos con capilla particular, tenía fama de ser el más diligente y menos remilgado a la hora de conceder milagros de amor. Antoni Fortuny, que ya había cumplido los treinta años y rebosaba soltería, quería una esposa y la quería ya. Sophie era una joven francesa que vivía en una residencia para señoritas en la calle Riera Alta e impartía clases particulares de solfeo y piano a los vástagos de las familias más privilegiadas de Barcelona. No tenía familia ni patrimonio, apenas su juventud y la formación musical que su padre, pianista de un teatro de Nimes, le había podido dejar antes de morir de tuberculosis en 1886. Antoni Fortuny, por contra, era un hombre en vías de prosperidad. Había heredado recientemente el negocio de su padre, una reputada sombrerería en la ronda de San Antonio en la que había aprendido el oficio que algún día soñaba en enseñar a su propio hijo. Sophie Carax se le antojó frágil, bella, joven, dócil y fértil. San Eustaquio había cumplido conforme a su reputación.
Tras cuatro meses de cortejo insistente, Sophie aceptó su oferta de matrimonio. El señor Molins, que había sido amigo del abuelo Fortuny, le advirtió a Antoni que se casaba con una desconocida, que Sophie parecía buena muchacha, pero que quizá aquel enlace era demasiado conveniente para ella, que esperase al menos un año...
Antoni Fortuny replicó que sabía ya lo suficiente de su futura esposa. Lo demás no le interesaba. Se casaron en la basílica del Pino y pasaron su luna de miel de tres días en un balneario de Mongat. La mañana antes de partir, el sombrerero preguntó confidencialmente al señor Molins cómo debía proceder en los misterios de alcoba. Molins, sarcástico, le dijo que le preguntase a su esposa. El matrimonio Fortuny regresó a Barcelona apenas dos días después. Los vecinos dijeron que Sophie lloraba al entrar en la escalera. La Viçenteta juraría años más tarde que Sophie le había dicho que el sombrerero no le había puesto un dedo encima y que cuando ella había querido seducirle, la había tratado de ramera y se había sentido repugnado por la obscenidad de lo que ella proponía. Seis meses más tarde, Sophie anunció a su esposo que llevaba un hijo en las entrañas. El hijo de otro hombre.
Antoni Fortuny había visto a su propio padre golpear a su madre infinidad de veces e hizo lo que entendía procedente. Sólo se detuvo cuando creyó que un solo roce más la mataría. Aun así, Sophie se negó a desvelar la identidad del padre de la criatura que llevaba en el vientre. Antoni Fortuny, aplicando su lógica particular, decidió que se trataba del demonio, pues aquél no era sino hijo del pecado, y el pecado sólo tenía un padre: el maligno. Convencido así de que el pecado se había colado en su hogar y entre los muslos de su esposa, el sombrerero se aficionó a colgar crucifijos por doquier. en las paredes, en las puertas de todas las habitaciones y en el techo. Cuando Sophie le encontró sembrando de cruces la alcoba a la que la había confinado, se asustó y con lágrimas en los ojos le preguntó si se había vuelto loco. Él, ciego de rabia, se volvió y la abofeteó. «Una puta, como las demás», escupió al echarla a patadas al rellano de la escalera tras desollarla a correazos. Al día siguiente, cuando Antoni Fortuny abrió la puerta de su casa para bajar a abrir la sombrerería, Sophie seguía allí, cubierta de sangre seca y tiritando de frío. Los médicos nunca pudieron arreglar completamente las fracturas de la mano derecha. Sophie Carax nunca volvería a tocar el piano, pero dio a luz un varón al que habría de llamar Julián en recuerdo al padre que había perdido demasiado pronto, como todo en la vida. Fortuny pensó en echarla de su casa, pero creyó que el escándalo no sería bueno para el negocio. Nadie compraría sombreros a un hombre con fama de cornudo. Era un contrasentido. Sophie pasó a ocupar una alcoba oscura y fría en la parte de atrás del piso. Allí daría a luz a su hijo con la ayuda de dos vecinas de la escalera. Antoni no volvió a casa hasta tres días después. «Este es el hijo que Dios te ha dado —le anunció Sophie—. Si quieres castigar a alguien, castígame a mí, pero no a una criatura inocente. El niño necesita un hogar y un padre. Mis pecados no son los suyos. Te ruego que te apiades de nosotros.»
Los primeros meses fueron difíciles para ambos. Antoni Fortuny había decidido rebajar a su esposa al rango de criada. Ya no compartían ni el lecho ni la mesa, y rara vez cruzaban una palabra como no fuera para dirimir alguna cuestión de orden doméstico. Una vez al mes, normalmente coincidiendo con la luna llena,
Antoni Fortuny hacía acto de presencia en la alcoba de Sophie de madrugada y, sin mediar palabra, embestía a su antigua esposa con ímpetu pero escaso oficio.
Aprovechando estos raros y beligerantes momentos de intimidad, Sophie intentaba congraciarse con él susurrando palabras de amor, dedicando caricias expertas. El sombrerero no era hombre para fruslerías y la zozobra del deseo se le evaporaba en cuestión de minutos, cuando no segundos. De dichos asaltos a camisón arremangado no resultó hijo alguno. Después de unos años, Antoni Fortuny dejó de visitar la alcoba de Sophie definitivamente, y adquirió el hábito de leer las Sagradas
Escrituras hasta bien entrada la madrugada, buscando en ellas solaz a su tormento.
Con la ayuda de los Evangelios, el sombrerero hacía un esfuerzo por suscitar en su corazón un amor por aquel niño de mirada profunda que gustaba de hacer bromas sobre todo e inventar sombras donde no las había. Pese a su empeño, no sentía al pequeño Julián como hijo de su sangre, ni se reconocía en él. Al niño, por su parte, no parecían interesarle en demasía los sombreros ni las enseñanzas del catecismo. Llegada la Navidad, Julián se entretenía en recomponer las figuras del pesebre y urdir intrigas en las que el niño Jesús había sido raptado por los tres magos de Oriente confines escabrosos. Pronto adquirió la manía de dibujar ángeles con dientes de lobo e inventar historias de espíritus encapuchados que salían de las paredes y se comían las ideas de la gente mientras dormía. Con el tiempo, el sombrerero perdió toda esperanza de enderezar a aquel muchacho hacia una vida de provecho. Aquel niño no era un Fortuny y nunca lo sería. Alegaba que se aburría en el colegio y regresaba con todos sus cuadernos repletos de garabatos de seres monstruosos, serpientes aladas y edificios vivos que caminaban y devoraban a los incautos. Ya por entonces estaba claro que la fantasía y la invención le interesaban infinitamente más que la realidad cotidiana que le rodeaba. De todas las decepciones que atesoró en vida, ninguna le dolió tanto a Antoni Fortuny como aquel hijo que el demonio le había enviado para burlarse de él.
A los diez años, Julián anunció que quería ser pintor, como Velázquez, pues soñaba con acometer los lienzos que el gran maestro no había podido llegar a pintar en vida, argumentaba, por culpa de tanto retratar por obligación a los débiles mentales de la familia real. Para acabar de arreglar las cosas, a Sophie, quizá para matar la soledad y recordar a su padre, se le ocurrió darle clases de piano. Julián, que adoraba la música, la pintura y todas las materias desprovistas de provecho y beneficio en la sociedad de los hombres, pronto aprendió los rudimentos de la harmonía y decidió que prefería inventarse sus propias composiciones a seguir las partituras del libro de solfeo, lo cual era contra natura. Por aquel entonces, Antoni Fortuny todavía creía que parte de las deficiencias mentales del muchacho se debían a su dieta, demasiado influenciada por los hábitos de cocina francesa de su madre. Era bien sabido que la exuberancia de mantequillas producía la ruina moral y aturdía el entendimiento. Prohibió a Sophie cocinar con mantequilla por siempre jamás. Los resultados no fueron exactamente los esperados.
A los doce años, Julián empezó a perder su interés febril por la pintura y por
Velázquez, pero las esperanzas iniciales del sombrerero duraron poco. Julián abandonaba los sueños del Prado por otro vicio mucho más pernicioso. Había descubierto la biblioteca de la calle del Carmen y dedicaba cada tregua que su padre le concedía en la sombrerería a acudir al santuario de los libros y devorar tomos de novela, de poesía y de historia. Un día antes de cumplir los trece años anunció que quería ser alguien llamado Robert Louis Stevenson, a todas luces un extranjero. El sombrerero le anunció que a duras penas llegaría a picapedrero.
Tuvo entonces la certeza de que su hijo no era sino un necio.
A menudo, sin poder conciliar el sueño, Antoni Fortuny se retorcía en el lecho de rabia y frustración. En el fondo de su corazón quería a aquel muchacho, se decía. Y, aunque ella no lo mereciese, también quería a la mujerzuela que le había traicionado desde el primer día. Los quería con toda su alma, pero a su manera, que era la correcta. Sólo le pedía a Dios que le mostrase el modo en que los tres podían ser felices, preferiblemente también a su manera. Imploraba al
Señor que le enviase una señal, un susurro, una migaja de su presencia. Dios, en su infinita sabiduría, y quizá abrumado por la avalancha de peticiones de tantas almas atormentadas, no respondía. Mientras Antoni Fortuny se deshacía en remordimientos y resquemores, Sophie, al otro lado del muro, se apagaba lentamente, viendo su vida naufragar en un soplo de engaños, de abandono, de culpa. No amaba al hombre al que servía, pero se sentía suya, y la posibilidad de abandonarle y llevarse a su hijo a otro lugar se le antojaba inconcebible.
Recordaba con amargura al verdadero padre de Julián, y con el tiempo aprendió a odiarle y a detestar cuanto representaba, que no era sino cuanto ella anhelaba. A falta de conversaciones, el matrimonio empezó a intercambiar gritos. Insultos y recriminaciones afiladas volaban por el piso como cuchillos, acribillando a quien osara interponerse en su trayectoria, habitualmente Julián. Luego, el sombrerero nunca recordaba exactamente por qué había pegado a su mujer. Recordaba sólo el fuego y la vergüenza. Se juraba entonces que aquello no volvería a suceder jamás, que si era necesario se entregaría a las autoridades para que lo confinasen a un penal.
Con la ayuda de Dios, Antoni Fortuny tenía la certeza de que podía llegar a ser un hombre mejor de lo que lo había sido su propio padre. Pero tarde o temprano, los puños encontraban de nuevo la carne tierna de Sophie y, con el tiempo, Fortuny sintió que si no podía poseerla como esposo, lo haría como verdugo. De este modo, a escondidas, la familia Fortuny dejó pasar los años, silenciando sus corazones y sus almas, hasta el punto que, de tanto callar, olvidaron las palabras para expresar sus verdaderos sentimientos y se transformaron en extraños que convivían bajo un mismo tejado, uno de tantos en la ciudad infinita.
Pasaban ya de las dos y media cuando regresé a la librería. Al entrar, Fermín me lanzó una mirada sarcástica desde lo alto de una escalera, donde le sacaba lustre a una colección de los Episodios nacionales del insigne don Benito.
—Alabados sean los ojos. Ya le creíamos haciendo las Américas, Daniel.
—Me entretuve por el camino. ¿Y mi padre?
—Como usted no venía, marchó él a hacer el resto de las entregas. Me encargó que le dijese a usted que esta tarde se iba a Tiana a valorar la biblioteca privada de una viuda. Su padre es de los que las mata callando. Dijo que no le esperase usted para cerrar.
—¿Estaba enfadado?
Fermín negó, descendiendo de la escalera con agilidad felina.
—Qué va. Si su padre es un santo. Además estaba muy contento al ver que se ha echado usted novia.
—¿Qué?
Fermín me guiñó un ojo, relamiéndose.
—Ay, granujilla, qué callado se lo tenía usted. Y qué niña, oiga, para cortar el tráfico. De un fino que de qué. Se conoce que ha ido a buenos colegios, aunque tenía un vicio en la mirada... Mire, si no tuviese yo el corazón robado con la Bernarda, porque no le he contado a usted todavía lo de nuestra merienda... chispas salían, oiga, chispas, que parecía la noche de San Juan...
—Fermín —le corté—. ¿De qué demonios está usted hablando?
—De su novia.
—Yo no tengo novia, Fermín.
—Bueno, ahora ustedes los jóvenes a eso lo llaman cualquier cosa,
«güirlifrend» o...
—Fermín, rebobine. ¿De qué está hablando?
Fermín Romero de Torres me miró desconcertado, juntando los dedos de una mano y gesticulando al uso siciliano. A ver. Esta tarde, hará cosa de una hora u hora y media, una señorita de bandera pasó por aquí y preguntó por usted. Su padre de usted y servidor estábamos de cuerpo presente y le puedo asegurar sin lugar a dudas que la muchacha no tenía las pintas de ser un aparecido. Le podría describir a usted hasta el olor. A lavanda, pero más dulce. Como un bollito recién hecho.
—¿Dijo acaso el bollito que era mi novia?
—Así, con todas las palabras no, pero sonrió como de refilón, ya sabe usted, y dijo que le esperaba el viernes por la tarde. Nosotros nos limitamos a sumar dos y dos.
—Bea... —murmuré yo.
—Ergo, existe —apuntó Fermín, aliviado.
—Sí, pero no es mi novia —dije.
—Pues no sé a qué está usted esperando.
—Es la hermana de Tomás Aguilar.
—¿Su amigo el inventor?
Asentí.
—Razón de más. Ni que fuese la hermana de Gil Robles, óigame; porque está buenísima. Yo, en su lugar, estaría a la que salta.
—Bea ya tiene novio. Un alférez que está haciendo el servicio.
Fermín suspiró, irritado.
—Ah, el ejército, lacra y reducto tribal del gremialismo simiesco. Mejor, porque así puede usted ponerle la cornamenta sin remordimientos.
—Delira usted, Fermín. Bea se va a casar cuando el alférez termine el servicio.
Fermín me sonrió, ladino.
—Pues mire usted por dónde, a mí me da como que no, que ésa no se casa.
—Usted qué sabrá.
—De mujeres, y de otros menesteres mundanos, bastante más que usted.
Como nos enseña Freud, la mujer desea lo contrario de lo que piensa o declara, lo cual, bien mirado, no es tan terrible porque el hombre, como nos enseña Perogrullo, obedece por contra al dictado de su aparato genital o digestivo.
—No me largue discursos, Fermín, que le veo el plumero. Si tiene algo que decir, sintetice.
—Pues mire, en sucinta esencia se lo digo: ésa no tenía cara de casarse con el Cascorro.
—¿Ah, no? ¿Y de qué tenía cara, a ver?
Fermín se me acercó con aire confidencial.
—De morbo —apuntó, alzando las cejas con aire de misterio—. Y que conste que eso lo digo como un cumplido.
Como siempre, Fermín estaba en lo cierto. Vencido, opté por jugar la pelota en su terreno.
—Hablando de morbo, cuénteme lo de la Bernarda. ¿Hubo beso o no hubo beso?
—No me ofenda, Daniel. Le recuerdo que está usted hablando con un profesional de la seducción, y eso del beso es para amateurs y diletantes de pantufla. A la mujer de verdad se la gana uno poco a poco. Es todo cuestión de psicología, como una buena faena en la plaza.
—O sea, que le dio calabazas.
A Fermín Romero de Torres no le da calabazas ni san Roque. Lo que ocurre es que el hombre, volviendo a Freud y valga la metáfora, se calienta como una bombilla: al rojo en un tris, y frío otra vez en un soplo. La hembra, sin embargo, y esto es ciencia pura, se calienta como una plancha, ¿entiende usted? Poco a poco, a fuego lento, como la buena escudella. Pero eso sí, cuando ha cogido calor, aquello no hay quien lo pare. Como los altos hornos de Vizcaya.
Sopesé las teorías termodinámicas de Fermín.
—¿Es eso lo que está usted haciendo con la Bernarda? —pregunté—.
¿Poner la plancha al fuego?
Fermín me guiñó un ojo.
—Esa mujer es un volcán al borde de la erupción, con una libido de magma ígneo y un corazón de santa —dijo, relamiéndose—. Por establecer un paralelismo veraz, me recuerda a mi mulatita en La Habana, que era una santera muy devota.
Pero, como en el fondo soy un caballero de los de antes, no me aprovecho, y con un casto beso en la mejilla me conformé. Porque yo no tengo prisa, ¿sabe? Lo bueno se hace esperar. Hay pardillos por ahí que se creen que si le ponen la mano en el culo a una mujer y ella no se queja, ya la tienen en el bote. Aprendices. El corazón de la hembra es un laberinto de sutilezas que desafía la mente cerril del varón trapacero. Si quiere usted de verdad poseer a una mujer, tiene que pensar como ella, y lo primero es ganarse su alma. El resto, el dulce envoltorio mullido que le pierde a uno el sentido y la virtud, viene por añadidura.
Aplaudí su discurso con solemnidad.
—Fermín, es usted un poeta.
—No, yo estoy con Ortega y soy un pragmático, porque la poesía miente, aunque en bonito, y lo que yo digo es más verdad que el pan con tomate. Ya lo decía el maestro, enséñeme usted un donjuán y le enseño yo a un mariposón enmascarado. Lo mío es la permanencia, lo perenne. A usted le pongo por testigo que yo de la Bernarda haré una mujer, si no honrada, porque eso ya lo es, al menos feliz.
Le sonreí, asintiendo. Su entusiasmo era contagioso, y su métrica invencible.
—Me la cuide bien, Fermín. Que la Bernarda tiene demasiado corazón y ya se ha llevado demasiados chascos.
—¿Se cree que no me doy cuenta? Vamos, si lo lleva en la frente como una póliza del patronato de viudas de guerra. Se lo digo yo, que en esto de encajar putadas tengo muchísima experiencia: yo a esa mujer la colmo de dicha aunque sea lo último que haga en este mundo.
—¿Palabra?
Me tendió la mano con aplomo templario. Se la estreché.
—Palabra de Fermín Romero de Torres.
Tuvimos una tarde lenta en la tienda, con apenas un par de curiosos. En vista del panorama, le sugerí a Fermín que se tomase libre el resto de la tarde.
—Ande, se va usted a buscar a la Bernarda y se la lleva al cine o a mirar escaparates por la calle Puertaferrisa cogida del brazo, que a ella eso le encanta.
Fermín se aprestó a tomarme la palabra y corrió a acicalarse en la trastienda, donde guardaba siempre una muda impecable y toda suerte de colonias y ungüentos en un neceser que hubiera sido la envidia de doña Concha Piquer. Cuando salió parecía un galán de peliculón, pero con treinta kilos menos en los huesos. Vestía un traje que había sido de mi padre y un sombrero de fieltro que le venía un par de tallas grande, problema que solventaba colocando bolas de papel de periódico bajo la copa.
—Por cierto, Fermín. Antes de que se vaya... Quería pedirle un favor.
—Eso está hecho. Usted ordene que yo estoy aquí para obedecer.
—Le voy a pedir que esto quede entre nosotros, ¿eh?, a mi padre ni una palabra.
Sonrió de oreja a oreja.
—Ah, granujilla. Algo que ver con esa chavala imponente, ¿eh?
—No. Éste es un asunto de investigación e intriga. De lo suyo, vamos.
—Bueno, yo de chavalas también sé un rato. Se lo digo por si un día tiene usted una consulta técnica, ya sabe. Con toda confianza, que para eso soy como un médico. Sin ñoñerías.
—Lo tendré en cuenta. Ahora, lo que necesitaría saber es a quién pertenece un apartado de correos en la oficina central de Vía Layetana. Número
2321. Y, a ser posible, quién recoge el correo que llega ahí. ¿Cree usted que podría echarme un cable?
Fermín se anotó el número en el empeine, bajo el calcetín, a bolígrafo.
—Eso es pan comido. A mí no hay organismo oficial que se me resista.
Deme unos días y le tendré un informe completo.
—Hemos quedado que a mi padre ni una palabra, ¿eh?
—Descuide. Hágase cuenta de que soy la esfinge de Keops.
—Se lo agradezco. Y ahora, venga, váyase ya y que se lo pase bien.
Le despedí con un saludo militar y le vi partir gallardo como un gallo rumbo al gallinero. No debía de hacer ni cinco minutos que Fermín se había ido cuando escuché las campanillas de la puerta y alcé la vista de las columnas de cifras y tachones. Un individuo amparado en una gabardina gris y un sombrero de fieltro acababa de entrar. Lucía un bigote pincelado y los ojos azules y vidriosos. Exhibía una sonrisa de vendedor, falsa y forzada. Lamenté que Fermín no estuviese allí, porque él tenía la mano rota para librarse de los viajantes de alcanfores y morralla que ocasionalmente se colaban en la librería.
El visitante me brindó su sonrisa grasienta y falsa, cogiendo al azar un tomo de una pila por ordenar y valorar que había junto a la entrada. Todo en él comunicaba desprecio por cuanto veía. No me vas a vender ni las buenas tardes, pensé.
—Cuánta letra, ¿eh? —dijo.
—Es un libro; suelen tener bastantes letras. ¿En qué puedo ayudarle,
caballero?
El individuo devolvió el libro a la pila, asintiendo con displicencia e ignorando mi pregunta.
—Es lo que yo digo. Leer es para la gente que tiene mucho tiempo y nada que hacer. Como las mujeres. El que tiene que trabajar no tiene tiempo para cuentos. En la vida hay que pencar. ¿No le parece a usted?
—Es una opinión. ¿Buscaba usted algo en especial?
—No es una opinión; es un hecho. Eso es lo que pasa en este país, que la gente no quiere trabajar. Mucho vago es lo que hay, ¿no le parece a usted?
—No lo sé, caballero. Quizá. Aquí, como ve, sólo vendemos libros.
El individuo se acercó al mostrador, su mirada siempre revoloteando por la tienda y posándose ocasionalmente en la mía. Su aspecto y su ademán me resultaban vaga mente familiares, aunque no hubiera sabido decir de dónde.
Había algo en él que hacía pensar en una de esas figuras que aparecen en naipes de anticuario o adivino, un personaje escapado de los grabados de un incunable.
Tenía la presencia fúnebre e incandescente, como una maldición con el traje de los domingos.
—Si me dice en qué puedo servirle...
—Soy yo más bien quien venía a hacerle a usted un servicio. ¿Es usted el dueño de este establecimiento?
—No. El dueño es mi padre.
—¿Y su nombre es?
—¿El mío o el de mi padre?
El individuo me dedicó una sonrisa socarrona. Un risitas, pensé.
—Me haré cuenta de que el cartel de Sempere e hijos va por ambos, entonces.
—Es usted muy perspicaz. ¿Puedo preguntarle cuál es el motivo de su visita, si no está interesado en un libro?
—El motivo de mi visita, que es de cortesía, es advertirle que ha llegado a mi atención que tienen ustedes tratos con gentes de mal vivir, en particular invertidos y maleantes.
Le observé atónito.
—¿Perdón?
El individuo me clavó la mirada.
—Hablo de maricones y ladrones. No me diga que no sabe de lo que hablo.
—Me temo que no tengo la más remota idea, ni interés alguno en seguir escuchándole.
El individuo asintió, adoptando un gesto hostil y airado.
—Pues va a tener que joderse. Supongo que está usted al corriente de las actividades del ciudadano Federico Flaviá.
—Don Federico es el relojero del barrio, una excelente persona y dudo mucho de que sea un maleante.
—Hablaba de maricones. Me consta que la moñarra esa frecuenta su establecimiento, supongo que para comprarles novelillas románticas y pornografía.
—¿Y puedo preguntarle a usted qué le importa?
Por toda respuesta extrajo su billetero y lo tendió abierto sobre el mostrador.
Reconocí una tarjeta de identificación policial mugrienta con el semblante del individuo, algo más joven. Leí hasta donde decía «Inspector jefe Francisco Javier
Fumero Almuñiz».
—Joven, a mí hábleme con respeto o les meto a usted y a su padre un paquete que se les va a caer el pelo por vender basura bolchevique. ¿Estamos?
Quise replicar, pero las palabras se me habían quedado congeladas en los labios.
—Pero bueno, el maricón ese no es lo que me trae hasta aquí hoy. Tarde o temprano acabará en jefatura, como todos los de su catadura, y ya lo espabilaré yo. Lo que me preocupa es que tengo informes de que están ustedes empleando a un chorizo vulgar, un indeseable de la peor calaña.
—No sé de quién me habla usted, inspector.
Fumero rió su risita servil y pegajosa, de camarilla y comadreo.
—Dios sabe qué nombre utilizará ahora. Hace años hacía llamar Wilfredo Camagüey, as del mambo, y decía ser experto en vudú, profesor de danza de don Juan de Borbón y amante de Mata Hari. Otras veces adopta nombres de embajadores, artistas de variedades o toreros. Ya hemos perdido la cuenta.
—Siento no poder ayudarle, pero no conozco a nadie llamado Wilfredo Camagüey.
—Seguro que no, pero sabe a quién me refiero, ¿verdad?
—No.
Fumero rió de nuevo. Aquella risa forzada y amanerada le definía y resumía como un índice.
—A usted le gusta poner las cosas difíciles, ¿verdad? Mire, yo he venido aquí en plan de amigo para advertirles y prevenirles de que quien mete a un indeseable en casa acaba con los dedos escaldados y usted me trata de embustero.
—En absoluto. Yo le agradezco su visita y su advertencia, pero le aseguro que no ha...
—A mí no me venga con estas mierdas, porque si me sale de los cojones le pego un par de hostias y le cierro el chiringuito, ¿estamos? Pero hoy estoy debuenas, así que le voy a dejar sólo con la advertencia. Usted sabrá qué compañías elige. Si le gustan los maricones y los ladrones, es que tendrá usted algo de ambos.
Conmigo, las cosas claras. O está usted de mi lado o contra mí. Así es la vida. ¿En qué quedamos?
No dije nada. Fumero asintió, soltando otra risita.
—Muy bien, Sempere. Usted mismo. Mal empezamos usted y yo. Si quiere problemas, los tendrá. La vida no es como las novelas, ¿sabe usted? En la vida hay que tomar un bando. Y está claro cuál ha elegido usted. El de los que pierden por burros.
—Le voy a pedir que se vaya usted, por favor.
Se alejó hacia la puerta arrastrando su risita sibilina.
—Volveremos a vernos. Y dígale a su amigo que el inspector Fumero le tiene echado el ojo y que le envía muchos recuerdos.
La visita del infausto inspector y el eco de sus palabras me incendiaron la tarde. Después de quince minutos de corretear tras el mostrador con las tripas estrechándoseme en un nudo, decidí cerrar la librería antes de la hora y salir a la calle a caminar sin rumbo. No podía quitarme del pensamiento las insinuaciones y las amenazas que había hecho aquel aprendiz de matarife. Me preguntaba si debía alertar a mi padre y a Fermín sobre aquella visita, pero supuse que aquélla había sido precisamente la intención de Fumero, sembrar la duda, la angustia, el miedo y la incertidumbre entre nosotros. Decidí que no iba a seguirle el juego. Por otro lado, las insinuaciones acerca del pasado de Fermín me alarmaban. Me avergoncé de mí mismo al descubrir que por un instante había dado crédito a las palabras del policía.
Tras darle muchas vueltas, concluí sellar aquel episodio en algún rincón de mi memoria e ignorar sus implicaciones. De regreso a casa, crucé frente a la relojería del barrio. Don Federico me saludó desde el mostrador, haciéndome señas para que entrase en su establecimiento. El relojero era un personaje afable y sonriente que nunca se olvidaba de felicitar una fiesta y al que siempre se podía acudir para solventar cualquier apuro, con la tranquilidad de que él encontraría la solución. No pude evitar sentir un escalofrío al saberle en la lista negra del inspector Fumero, y me pregunté si debía avisarle, aunque no imaginaba cómo sin inmiscuirme en materias que no eran de mi incumbencia. Más confundido que nunca, entré en la relojería y le sonreí.
—¿Qué tal, Daniel? Menuda cara traes.
—Un mal día —dije—. ¿Qué tal todo, don Federico?
—Sobre ruedas. Los relojes cada vez están peor hechos y me harto a trabajar. Si esto sigue así, voy a tener que coger un ayudante. Tu amigo, el inventor, ¿no estaría interesado? Seguro que tiene buena mano para esto.
No me costó imaginar lo que opinaría el padre de Tomas Aguilar sobre la perspectiva de que su hijo aceptase un empleo en el establecimiento de don
Federico, mariquilla oficial del barrio.
—Ya se lo comentaré.
—Por cierto, Daniel. Tengo por aquí el despertador que me trajo tu padre hace dos semanas. No sé lo que le hizo, pero le valdría más comprar uno nuevo que arreglarlo.
Recordé que a veces, en las noches de verano asfixiantes, a mi padre le daba por salir a dormir al balcón.
—Se le cayó a la calle —dije.
—Ya me parecía a mí. Dile que me diga el qué. Yo le puedo conseguir un Radiant a muy buen precio. Si quieres, mira, te lo llevas y que lo pruebe. Si le gusta, ya me lo pagará. Y si no, me lo devuelves.
—Muchas gracias, don Federico.
El relojero procedió a envolverme el armatoste en cuestión.
—Alta tecnología —decía, complacido—. Por cierto, me encantó el libro que me vendió el otro día Fermín. Uno de Graham Greene. Ese Fermín es un fichaje de primera.
Asentí.
—Sí, vale un montón.
—Me he dado cuenta de que nunca lleva reloj. Dile que se pase por aquí y lo arreglamos.
—Así lo haré. Gracias, don Federico.
Al darme el despertador, el relojero me observó con detenimiento y arqueó las cejas.
—¿Seguro que no pasa nada, Daniel? ¿Sólo un mal día?
Asentí de nuevo, sonriendo.
—No pasa nada, don Federico. Cuídese.
—Tú también, Daniel.
Al llegar a casa encontré a mi padre dormido en el sofá con el periódico sobre el pecho. Dejé el despertador sobre la mesa con una nota que decía «de parte de don Federico: que tires el viejo», y me deslicé sigilosamente hasta mi habitación. Me tendí en la cama en la penumbra y me quedé dormido pensando en el inspector, en Fermín y en el relojero. Cuando me desperté eran ya las dos de la mañana. Me asomé al pasillo y vi que mi padre se había retirado a su habitación con el nuevo despertador. El piso estaba en tinieblas y el mundo me parecía un lugar mas oscuro y siniestro de lo que se me había antojado la noche anterior.
Comprendí que, en el fondo, nunca había llegado a creer que el inspector Fumero fuese real. Ahora me parecía uno entre mil. Fui a la cocina y me serví un vaso de leche fría. Me pregunté si Fermín estaría bien, sano y salvo en su pensión.
De vuelta a mi habitación intenté apartar del pensamiento la imagen del policía. Intenté conciliar de nuevo el sueño, pero comprendí que se me había escapado el tren. Encendí la luz y decidí examinar el sobre dirigido a Julián Carax que le había sustraído a doña Aurora aquella mañana y que todavía llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Lo dispuse sobre mi escritorio bajo el haz del flexo. Era un sobre apergaminado, de bordes serrados que amarilleaban y tacto arcilloso. El matasellos, apenas una sombra, decía «18 de octubre de 1919». El sello de lacre se había desprendido, probablemente merced a los buenos oficios de doña Aurora.
En su lugar quedaba una mancha rojiza como un roce de carmín que besaba el cierre sobre el que podía leerse el remite:
Penélope Aldaya
Avenida del Tibidabo, 32, Barcelona
Abrí el sobre y extraje la carta, una lámina de color ocre nítidamente doblada por la mitad. Un trazo de tinta azul se deslizaba con aliento nervioso, desvaneciéndose paulatinamente y volviendo a cobrar intensidad cada pocas palabras. Todo en aquella hoja hablaba de otro tiempo; el trazo esclavo del tintero, las palabras arañadas sobre el papel grueso por el filo de la plumilla, el tacto rugoso del papel. Alisé la carta sobre el mostrador y la leí, casi sin aliento.
Querido Julián:
Esta mañana me he enterado por Jorge de que realmente dejaste
Barcelona y te fuiste en busca de tus sueños. Siempre temí que esos sueños no te iban a dejar nunca ser mío, ni de nadie. Me hubiera gustado verte una última vez, poder mirarte a los ojos y decirte cosas que no sé contarle a una carta. Nada salió como lo habíamos planeado. Te conozco demasiado y sé que no me escribirás, que ni siquiera me enviarás tu dirección, que querrás ser otro. Sé que me odiarás por no haber estado allí como te prometí. Que creerás que te fallé. Que no tuve valor.
Tantas veces te he imaginado, solo en aquel tren, convencido de que te había traicionado. Muchas veces intenté encontrarte a través de Miquel, pero él me dijo que ya no querías saber nada de mí. ¿Qué mentiras le contaron,
Julián? ¿Qué te dijeron de mí? ¿Por qué les creíste?
Ahora ya sé que te he perdido, que lo he perdido lodo. Y aun así no puedo dejar que te vayas para siempre y me olvides sin que sepas que no te guardo rencor, que yo lo sabía desde el principio, que sabía que te iba a perder y que tú nunca ibas a ver en mí lo que yo en ti. Quiero que sepas que te quise desde el primer día y que te sigo queriendo, ahora más que nunca, aunque te pese.
Te escribo a escondidas, sin que nadie lo sepa. Jorge ha jurado que si vuelve a verte te matará. No me dejan ya salir de casa, ni asomarme a la ventana. No creo que me perdonen nunca. Alguien de confianza me ha prometido que te enviará esta carta. No menciono su nombre para no comprometerle. No sé si te llegarán mis palabras. Pero si así fuera y decidieses volver por mí, aquí encontrarás el modo de hacerlo. Mientras escribo, te imagino en aquel tren, cargado de sueños y con el alma rota de traición, huyendo de todos nosotros y de ti mismo. Hay tantas cosas que no puedo contarte, Julián. Cosas que nunca supimos y que es mejor que no sepas nunca.
No deseo nada más en el mundo que seas feliz, Julián, que todo a lo que aspiras se haga realidad y que, aunque me olvides con el tiempo, algún día llegues a comprender lo mucho que te quise.
Siempre,
Penélope.
17
Las palabras de Penélope Aldaya, que leí y releí aquella noche hasta aprendérmelas de memoria, borraron de un plumazo el mal sabor que me había dejado la visita del inspector Fumero. Tras pasar la noche en vela, absorto en aquella carta y en la voz que intuía en ella, salí de casa con la madrugada. Me vestí en silencio y le dejé a mi padre una nota sobre la cómoda del recibidor, diciéndole que tenía que hacer algunos recados y que estaría de vuelta en la librería a las nueve y media. Al asomarme al portal, las calles languidecían ocultas todavía bajo un manto azulado que lamía las sombras y los charcos que la llovizna había sembrado durante la noche. Me abroché el chaquetón hasta el cuello y me encaminé a paso ligero rumbo a la plaza de Cataluña. Las escaleras del metro exhalaban un lienzo de vapor tibio que ardía en luz de cobre. En las taquillas de los ferrocarriles catalanes compré un billete de tercera clase hasta la estación de Tibidabo. Hice el trayecto en un vagón, poblado de ordenanzas, criadas y jornaleros portando bocadillos del tamaño de un ladrillo envueltos en hojas de periódico. Me refugié en la negrura de los túneles y apoyé la cabeza en la ventana, entrecerrando los ojos mientras el tren recorría las entrañas de la ciudad hasta los pies del Tibidabo. Al emerger de nuevo a la calle me pareció redescubrir otra Barcelona.
Estaba amaneciendo y un filo de púrpura rasgaba las nubes y salpicaba las fachadas de los palacetes y caserones señoriales que flanqueaban la avenida del Tibidabo. El tranvía azul reptaba perezosamente entre neblinas. Corrí tras él y conseguí auparme en la plataforma trasera bajo la mirada severa del revisor. La cabina de madera estaba casi vacía. Un par de frailes y una dama enlutada de piel cenicienta se mecían adormecidos al vaivén del carruaje de caballos invisibles.
—Sólo voy hasta el número treinta y dos —le dije al revisor, ofreciendo mi mejor sonrisa. —Pues como si va hasta Finisterre —replicó, indiferente—. Aquí han pagado billete hasta los soldados de Cristo. O apoquina, o camina. Y el pareado no se lo cobro.
El dúo de frailes, que calzaba sandalias v un manto de saco marrón de austeridad franciscana, asintió, mostrando sendos billetes rosa a título de prueba.
—Pues entonces me bajo —dije—. Porque no llevo suelto.
—Como guste. Pero espere a la próxima parada, que yo no quiero accidentes.
El tranvía ascendía casi a ritmo de paseo, acariciando la sombra de la arboleda y oteando sobre los muros y jardines de mansiones con alma de castillo que yo imaginaba pobladas de estatuas, fuentes, caballerizas y capillas secretas.
Me asomé a un lado de la plataforma y distinguí la silueta de la torre de «El Frare Blanc» recortándose entre los árboles. Al acercarse a la esquina de Román Macaya, el tranvía disminuyó la marcha hasta detenerse casi por completo. El conductor hizo sonar su campanilla y el revisor me lanzó una mirada de censura.
—Venga, listillo. Aligere, que el número treinta y dos lo tiene ahí.
Me apeé y escuché el traqueteo del tranvía azul perderse en la bruma. La residencia de la familia Aldaya quedaba al cruzar la calle. Un portón de hierro forjado tramado de yedra y hojarasca la custodiaba. Recortada entre los barrotes se adivinaba una portezuela cerrada a cal y canto. Sobre las verjas, anudado en serpientes de hierro negro, se leía el número 32. Traté de atisbar el interior de la propiedad desde allí, pero apenas se adivinaban las aristas y los arcos de un torreón oscuro. Un rastro de herrumbre sangraba desde el orificio de la cerradura en la portezuela. Me arrodillé y traté de ganar una visión del patio desde allí. Apenas se vislumbraba una madeja de hierbas salvajes y el contorno de lo que me pareció una fuente o un estanque de la que emergía una mano extendida, señalando al cielo. Tardé unos instantes en comprender que se trataba de una mano de piedra, y que había otros miembros y siluetas que no acertaba a distinguir sumergidos en la fuente. Más allá, entre los velos de maleza, se adivinaba una escalinata de mármol quebrada y cubierta de escombros y hojarasca. La fortuna y gloria de los Aldaya habían cambiado de dirección hacía mucho tiempo. Aquel lugar era una tumba.
Me retiré unos pasos, rodeando la esquina para echar un vistazo al ala sur de la casa. Desde allí podía obtenerse una visión más clara de una de las torres del palacete. En aquel instante advertí por el rabillo del ojo la silueta de un individuo con aire famélico ataviado con una bata azul que blandía un escobón con el que martirizaba la hojarasca sobre la litera. Me observaba con cierto recelo y supuse que era el portero de una de las propiedades colindantes. Le sonreí como sólo quien ha pasado muchas horas tras un mostrador sabe hacerlo.
—Muy buenos días —entoné cordialmente—. ¿Sabe usted si la casa de los Aldaya lleva mucho tiempo cerrada
Me observó como si le hubiese interrogado acerca de la cuadratura del círculo. El hombrecillo se llevó a la barbilla unos dedos que amarilleaban y permitían suponer una debilidad por los Celtas sin filtro. Lamenté no llevar encima una cajetilla de tabaco para congraciarme con él. Hurgué en los bolsillos de la chaqueta, a ver qué ofrenda se propiciaba.
—Lo menos veinte o veinticinco años, y que siga así —dijo el portero en aquel tono aplastado y dócil de la gente condenada a servir a fuerza de palos.
—¿Hace mucho que está usted aquí?
El hombrecillo asintió.
—Servidor lleva empleado aquí con los señores Miravell endende el 20.
—No tendrá usted idea de qué se hizo de la familia Aldaya, ¿verdad?
—Bueno, ya sabrá usted que perdieron mucho cuando la República — dijo—. El que siembra cizaña... Yo lo poco que sé es lo que he oído en la casa de los señores Miravell, que antes eran amigos de la familia. Creo que el hijo mayor, Jorge, marchó al extranjero, a la Argentina. Se ve que tenían fábricas allí. Gente de mucho dinero. Ésos siempre caen de pie. ¿No tendrá usted un pitillo, por casualidad?
—Lo siento, pero puedo ofrecerle un caramelo Sugus, que está demostrado que lleva la misma nicotina que un Montecristo y además una barbaridad de vitaminas.
El portero frunció el ceño con cierta incredulidad, pero asintió. Le brindé el Sugus de limón que me había dado Fermín una eternidad atrás y que había descubierto dentro del doblez del forro de mi bolsillo. Confié en que no estuviese rancio.
—Está bueno —dictaminó el portero, rechupeteando el caramelo gomoso.
—Masca usted el orgullo de la industria confitera nacional. El
Generalísimo se los traga como peladillas. Y dígame, ¿oyó usted mencionar alguna vez a la hija de los Aldaya, Penélope?
El portero se apoyó en el escobón a modo de pensador erecto de Rodin.
—Me parece que se equivoca usted. Los Aldaya no tenían hijas. Eran todos muchachos.
—¿Está usted seguro? Me consta que allá por el año 19 vivía en esta casa una joven llamada Penélope Aldaya, que probablemente era hermana del tal Jorge.
—Podría ser, pero ya le digo que yo sólo estoy aquí desde el 20.
Y la finca, ¿a quién pertenece ahora?
—Que yo sepa está todavía en venta, aunque hablaban de tirarla y construir un colegio. Es lo mejor que pueden hacer, la verdad. Derribarla hasta los cimientos.
—¿Por qué lo dice?
El portero me miró con aire confidencial. Al sonreír observé que le faltaban al menos cuatro dientes de la encía superior.
—Esa gente, los Aldaya. No eran trigo limpio, ya sabe usted lo que se dice.
—Me temo que no. ¿Qué se dice?
—Ya sabe. Los ruidos y demás. Yo, creer en esos cuentos, no creo, ¿eh?, pero dicen que más de uno ha manchado los calzones ahí dentro.
—No me diga que la casa está encantada —dije, reprimiendo una sonrisa.
—Usted ríase. Pero cuando el río suena...
—¿Usted ha visto algo?
—Lo que se dice ver, no. Pero he oído.
—¿Ha oído? ¿El qué?
—Mire, una vez hará años, una noche que acompañé al Joanet, porque él insistió, ¿eh?, que a mí no se me había perdido nada allí... lo que decía, que oí algo raro allí. Como un llanto.
El portero me ofreció una imitación de viva voz del sonido al que se refería.
A mí me pareció la letanía de un tísico tarareando coplillas.
—Sería el viento —sugerí.
—Sería, pero a mí se me pusieron por corbata, la verdad. Oiga, no tendrá otro caramelillo de ésos, ¿verdad?
—Acépteme una pastilla Juanola. Tonifican muchísimo después del dulce.
—Venga —convino el portero, plantando la mano para recolectar.
Le entregué el estuche entero. El tirón del regaliz pareció lubricarle un poco más la lengua sobre aquella rocambolesca historia del palacete Aldaya.
—Entre usted y yo, aquí hay tela. Una vez el Joanet, el hijo del señor
Miravell, que es un tiarrón que hace dos de usted (con decirle que está en la selección nacional de balonmano)... pues unos amigotes del señorito Joanet habían oído hablar de la casa de los Aldaya, y lo liaron. Y él me lió a mí para que lo acompañase, porque mucho hablar pero no se atrevía a entrar solo. Ya sabe usted, niñatos. Se empeñó en meterse de noche allí dentro para hacerse el gallito con la novia y por poco se mea encima. Porque ahora la ve usted de día, pero de noche esta casa es otra, ¿eh? El caso es que el Joanet dice que subió al segundo piso (porque yo me negué a entrar, oiga, que eso no debe de ser legal, aunque por entonces la casa ya llevaba lo menos diez años abandonada) y dijo que allí había algo. Le pareció oír como una voz en una habitación pero, cuando quiso entrar, la puerta se le cerró en las narices. ¿Qué le parece?
—Me parece una corriente de aire —dije.
—O de otra cosa —apuntó el portero, bajando la voz—. El otro día venía en la radio: el universo está lleno de misterios. Fíjese usted que parece que han encontrado la verdadera sábana santa en pleno centro de Sardanyola. La habían cosido en la pantalla de un cine, para ocultarla de los musulmanes, que la quieren usar para decir que Jesucristo era negro. ¿Qué le parece?
—No tengo palabras.
—Lo que yo le diga. Mucho misterio. Esa finca la tendrían que tirar abajo y echar cal en el terreno.
Agradecí al señor Remigio la información y me dispuse a descender la avenida de vuelta hasta San Gervasio. Alcé la vista y vi que la montaña del Tibidabo amanecía entre nubes de gasa. Me apeteció de repente acercarme hasta el funicular y escalar la ladera hasta el antiguo parque de atracciones en su cima para perderme entre sus carruseles y sus salones de autómatas, pero había prometido estar a tiempo en la librería. De vuelta hacia la estación del metro imaginé a Julián Carax bajando por aquella misma acera y contemplando aquellas mismas fachadas solemnes que apenas habían cambiado desde entonces, con sus escalinatas y jardines de estatuas, quizá esperando aquel tranvía azul que trepaba de puntillas al cielo. Al llegar al pie de la avenida saqué la fotografía de Penélope Aldaya sonriendo en el patio del palacete familiar. Sus ojos prometían el alma limpia y un futuro por escribir. «Te quiere, Penélope.»
Imaginé a un Julián Carax con mis años sosteniendo aquella imagen en sus manos, tal vez a la sombra del mismo árbol que me amparaba a mí. Casi me parecía verle, sonriente, seguro de sí, contemplando un futuro tan amplio y luminoso como aquella avenida, y por un instante pensé que no había más fantasmas allí que los de la ausencia y la pérdida, y que aquella luz que me sonreía era de prestado y sólo valía mientras la pudiera sostener con la mirada, segundo a segundo.
18
Al regresar a casa comprobé que Fermín o mi padre ya habían abierto la librería. Subí un momento al piso a tomar un bocado rápido. Mi padre me había dejado tostadas, mermelada y un termo de café en la mesa del comedor. Di buena cuenta de todo ello y volví a bajaren menos de diez minutos. Entré a la librería por la puerta de la trastienda que daba al vestíbulo del edificio y acudí a mi armario. Me coloqué el delantal que solía utilizar en la tienda para proteger la ropa del polvo de cajas y estanterías. En el fondo del armario conservaba una caja de latón que todavía olía a galletas de Camprodón. Allí guardaba todo tipo de cachivaches inútiles pero de los que era incapaz de desprenderme: relojes y estilográficas dañadas sin remedio, monedas viejas, piezas de miniaturas, canicas, casquillos de bala que había encontrado en el parque del Laberinto y postales viejas de la Barcelona de principio de siglo. Entre toda aquella morralla flotaba todavía el viejo pedazo de diario donde Isaac Monfort me había anotado la dirección de su hija Nuria la noche que acudí al Cementerio de los Libros Olvidados para ocultar La Sombra del Viento. Lo estudié en la luz polvorienta que caía entre estantes y cajas apiladas. Cerré el estuche y me guardé la dirección en el monedero. Me asomé a la tienda, decidido a ocupar la mente y las manos en la tarea más banal que se pusiera a tiro.
—Buenos días —anuncié.
Fermín clasificaba el contenido de varias cajas que habían llegado de un coleccionista de Salamanca, y mi padre se las veía y deseaba para descifrar un catálogo alemán de apócrifa luterana que tenía nombre de embutido fino.
—Y mejores tardes nos dé Dios —canturreó Fermín, en velada alusión a mi cita con Bea.
No le di el gusto de responder y decidí encarar el inevitable trago mensual de poner al día el libro de la contabilidad, cotejando recibos y hojas de envío, cobros y pagos. Meciendo nuestra serena monotonía estaba la radio, que nos obsequiaba con una selección de momentos escogidos en la carrera de Antonio Machín, muy en boga por entonces. A mi padre los ritmos caribeños le soliviantaban un tanto los nervios, pero los toleraba porque a Fermín le recordaban su añorada Cuba. La escena se repetía cada semana: mi padre hacía oídos sordos y Fermín se abandonaba en un vago meneo al compás del danzón, puntuando los interludios comerciales con anécdotas de sus aventuras en La Habana. La puerta de la tienda estaba abierta y entraba un aroma dulce a pan fresco y a café que invitaba al optimismo. Al cabo de un rato nuestra vecina la Merceditas, que venía de hacer la compra en el mercado de la Boquería, se detuvo frente al escaparate y se asomó por la puerta.
—Buenas, señor Sempere —canturreó.
Mi padre le sonrió, sonrojado. A mí me daba la impresión de que la
Merceditas le gustaba, pero su ética de cartujo le confería un silencio inquebrantable. Fermín la miraba de refilón, relamiéndose y siguiendo el suave balanceo de caderas como si acabase de entrar un brazo de gitano por la puerta. La Merceditas abrió una bolsa de papel y nos obsequió con tres manzanas relucientes. Me imaginé que aún le rondaba por la cabeza la idea de trabajar en la librería y hacía pocos esfuerzos por ocultar la antipatía que parecía inspirarle
Fermín, el usurpador.
—Mire qué majas. Las he visto y me he dicho: éstas para los señores Sempere —dijo con tono melindroso—. Que yo sé que a ustedes los intelectuales las manzanas les gustan, como a Isaac Peral.
—Isaac Newton, capullito de alelí —precisó Fermín, solícito.
La Merceditas le lanzó una mirada asesina.
—Ya salió el listo. Pues agradezca usted que le haya traído también una, y no un pomelo que es lo que merece.
—Pero mujer, si para mí la ofrenda que sus manos núbiles me hacen de ésta, la fruta del pecado original, me inflama el cañamazo de...
—Fermín, haga el favor —atajó mi padre.
—Sí, señor Sempere —acató Fermín, batiéndose en retirada.
Estaba la Merceditas por replicarle a Fermín cuando se oyó un revuelo.
Nos quedamos todos en silencio, expectantes. En la calle se alzaban voces de indignación y se desataba una algarabía de murmuraciones. La Merceditas se asomó a la puerta, prudente. Vimos pasar a varios comerciantes azorados, negando por lo bajo. No tardó en presentarse don Anacleto Olmo, vecino del inmueble y portavoz oficioso de la Real Academia de la Lengua en la escalera.
Don Anacleto era catedrático de instituto, licenciado en Literatura Española y Humanidades varias, y compartía el segundo primera con siete gatos. En los ratos que le dejaba libre la docencia hacía doblete como redactor de textos de contraportada para una editorial de prestigio y, se rumoreaba, componía versos de erótica crepuscular que publicaba con el seudónimo de Rodolfo Pitón. En el trato personal, don Anacleto era un hombre afable y encantador, pero en público se sentía obligado a representar el papel de rapsoda y afectaba unos hablares que le habían granjeado el mote del Gongorino. Aquella mañana, el catedrático traía el rostro púrpura de congoja, y casi le temblaban las manos con que sostenía su bastón de marfil. Le miramos los cuatro, intrigados.
—Don Anacleto, ¿qué pasa? —preguntó mi padre.
—Franco ha muerto, diga que sí —apuntó Fermín, esperanzado.
—Usted calle, animal —cortó la Merceditas—. Y deje hablar al señor doctor.
Don Anacleto respiró hondo y, recuperando la compostura, pasó a referirnos el parte de acontecimientos con su acostumbrada majestuosidad.
—Amigos, la vida es drama y hasta las más nobles criaturas del señor saborean las hieles de un destino caprichoso y contumaz. Ayer noche, de madrugada, mientras la ciudad dormía ese sueño tan merecido de los pueblos laboriosos, don Federico Flaviá i Pujades, estimado vecino que tanto ha contribuido al enriquecimiento y solaz de esta barriada en su rol de relojero desde su establecimiento sito a apenas tres puertas de ésta, su librería, fue arrestado por las fuerzas de seguridad del Estado.
Sentí que se me caía el alma a los pies.
—Jesús, María y José —apostilló la Merceditas.
Fermín resopló, decepcionado, pues a la vista estaba que el jefe del Estado seguía gozando de excelente salud. Don Anacleto, ya embalado, tomó aire y se dispuso a continuar.
—Al parecer, y a fe del relato fidedigno que me ha sido revelado por fuentes próximas a la Dirección General de Policía, dos condecorados miembros de la
Brigada Criminal de incógnito sorprendieron a don Federico poco después de la medianoche de ayer ataviado de mujerona y entonando cuplés de letra picante en el escenario de un tugurio de la calle Escudillers, para mayor beneficio de una audiencia presuntamente compuesta por débiles mentales. Estas criaturas olvidadas de Dios, fugadas la misma tarde del Cotolengo de una orden religiosa, se habían bajado los pantalones en el frenesí del espectáculo y bailoteaban sin decoro dando palmas con la umbría enhiesta y los morros babeantes.
La Merceditas se santiguó, sobrecogida por el giro escabroso que adquirían los hechos.
—Las madres de algunos de los pobres inocentes, al ser informadas del latrocinio, presentaron denuncia por escándalo público y atentado a la moral más elemental. La prensa, ave rapaz que medra en la desgracia y el oprobio, no tardó en olfatear la carnaza y, merced a las argucias de un soplón profesional, no habían transcurrido ni cuarenta minutos de la llegada a la escena de los dos miembros de la autoridad cuando se personó en dicho local Kiko Calabuig, reportero as del diario El Caso, más conocido como remenamerda, dispuesto a cubrir los hechos que fueren menester para que su crónica negra llegase antes del cierre de la edición de hoy donde, huelga decirlo, se califica con chabacanería amarillista el espectáculo habido en el local de dantesco y escalofriante en titulares del cuerpo veinticuatro.
—No puede ser —dijo mi padre—. Pero si parecía que don Federico hubiera escarmentado.
Don Anacleto asintió con vehemencia pastoral.
—Sí, pero no olvide el refranero, acervo y voz de nuestro sentir más hondo, que ya lo dice: la cabra tira al monte, y no sólo de bromuro vive el hombre. Y aún no han oído ustedes lo peor.
—Pues vaya al grano vuesa merced, que con tanto vuelo metafórico me están entrando ganas de hacer de vientre —protestó Fermín.
—Ni caso le haga a este animal, que a mí me gusta mucho como habla usted. Es como el No-Do, señor doctor —intercedió la Merceditas.
—Gracias, hija, pero sólo soy un humilde maestro. Pero a lo que iba, sin más dilación, preámbulo ni floritura. Al parecer el relojero, que en el momento de su detención respondía al nombre artístico de La Niña er Peine, ha sido ya detenido en similares circunstancias en un par de ocasiones que constan en los anales del acontecer criminal de los guardianes de la paz.
—Diga mejor maleantes con placa —espetó Fermín.
—Yo en política no me meto. Pero puedo decirles que, tras derribar al pobre don Federico del escenario de un botellazo certero, los dos agentes lo condujeron a la comisaría de Vía Layetana. En otra coyuntura, con suerte, la cosa no hubiera pasado de chanza y a lo mejor un par de bofetadas y/o vejaciones menores, pero se dio la funesta circunstancia de que ayer noche andaba por allí el célebre inspector Fumero.
—Fumero —murmuró Fermín, a quien la sola mención de su némesis le había causado un estremecimiento.
—El mismo. Como iba diciendo, el adalid de la seguridad ciudadana, recién llegado de una redada triunfal en un local ilegal de apuestas y carreras de cucarachas ubicado en la calle Vigatans, fue informado de lo sucedido por la angustiada madre de uno de los muchachos extraviados del Cotolengo y presunto cerebro de la fuga, Pepet Guardiola. En éstas, el notable inspector, que al parecer llevaba entre pecho y espalda doce carajillos de Soberano desde la cena, decidió tomar cartas en el asunto. Tras estudiar los agravantes en danza, Fumero se aprestó a indicar al sargento de guardia que tanta (y cito el vocábolo en su más descarnada literalidad pese a la presencia de una señorita por su valor documental en relación al suceso) mariconada merecía escarmiento y que lo que el relojero, oséase don Federico Flaviá i Pujades, soltero y natural de la localidad de Ripollet, necesitaba, por su bien y por el del alma inmortal de los mozalbetes mongoloides cuya presencia era accesoria pero determinante en el caso, era pasar la noche en el calabozo común del subsótano de la institución en compañía de una selecta pléyade de hampones. Como probablemente sabrán ustedes, dicha celda es célebre entre el elemento criminal por lo inhóspito y precario de sus condiciones sanitarias, y la inclusión de un ciudadano de a pie en la lista de huéspedes es siempre motivo de jolgorio por lo que comporta de lúdico y de novedoso a la monotonía de la vida carcelaria.
Llegado este punto, don Anacleto procedió a esbozar una breve pero entrañable semblanza del carácter de la víctima, por otro lado de todos bien conocido.
—No es necesario que les recuerde que el señor Flaviá i Pujades ha sido bendecido con una personalidad frágil y delicada, todo bondad y piedad cristiana.
Si una mosca se cuela en la relojería, en vez de matarla a alpargatazos, abre la puerta y las ventanas de par en par para que al insecto, criatura del Señor, se lo lleve la corriente de vuelta al ecosistema. Don Federico, me consta, es hombre de fe, muy devoto e involucrado en las actividades de la parroquia que, sin embargo, ha tenido que convivir toda su vida con un tenebroso tirón al vicio que, en contadísimas ocasiones, le ha vencido y le ha echado a la calle disfrazado de mujeruca. Su habilidad para reparar desde relojes de pulsera hasta máquinas de coser siempre fue proverbial y su persona apreciada por todos quienes le conocimos y frecuentamos su establecimiento, incluso por aquellos que no veían con buenos ojos sus ocasionales escapadas nocturnas luciendo pelucón, peineta y vestido de lunares.
—Habla usted como si estuviese muerto —aventuró Fermín, consternado.
—Muerto no, gracias a Dios.
Suspiré, aliviado. Don Federico vivía con una madre octogenaria y totalmente sorda, conocida en el barrio como La Pepita y famosa por soltar unas ventosidades huracanadas que hacían caer aturdidos a los gorriones de su balcón.
—Poco imaginaba La Pepita que su Federico —continuó el catedrático— había pasado la noche en una celda cochambrosa, donde un orfeón de macarras
y navajeros se lo habían rifado cual putón verbenero para luego, una vez ahítos de sus carnes magras, propinarle una paliza de órdago mientras el resto de presos coreaban con alegría la «maricón, maricón, come mierda mariposón».
Se apoderó de nosotros un silencio sepulcral. La Merceditas sollozaba.
Fermín quiso consolarla con un tierno abrazo, pero ella se zafó de un brinco.
19
—Imagínense ustedes el cuadro —concluyó don Anacleto para consternación de todos.
El epílogo de la historia no mejoraba las expectativas. A media mañana, un furgón gris de jefatura había dejado tirado a don Federico a la puerta de su casa. Estaba ensangrentado, con el vestido hecho jirones, sin su peluca ni su colección de bisutería fina. Se le habían orinado encima y tenía la cara llena de magulladuras y cortes. El hijo de la panadera lo había encontrado acurrucado en el portal, llorando como un niño y temblando.
—No hay derecho, no señor —comentó la Merceditas, apostada a la puerta de la librería, lejos de las manos de Fermín—. Pobrecillo, si es más bueno que el pan y no se mete con nadie. ¿Que le gusta vestirse de faraona y salir a cantar? ¿Y qué más dará? Es que la gente es mala.
Don Anacleto callaba, con la mirada baja.
—Mala no —objetó Fermín—. Imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto, como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo bien sea por color, por creencia, por idioma, por nacionalidad o, como en el caso de don Federico, por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala de verdad y menos cazurros limítrofes.
—No diga usted majaderías. Lo que hace falta es un poco más de caridad cristiana y menos mala leche, que parece esto un país de alimañas — atajó la Merceditas—: Mucho ir a misa, pero a nuestro señor Jesucristo aquí no le hace caso ni Dios.
—Merceditas, no mentemos a la industria del misal, que es parte del problema y no de la solución. —Ya salió el ateo. ¿Y a usted el clero qué le ha hecho, si se puede saber?
—Venga, no se me peleen —interrumpió mi padre—. Y usted, Fermín, acérquese a lo de don Federico y vea si necesita algo, que se le vaya a la farmacia o que se le compre algo en el mercado.
—Sí, señor Sempere. Ahora mismo. A mí es que me pierde la oratoria, ya lo sabe usted.
—A usted lo que le pierde es la poca vergüenza y la irreverencia que lleva encima —apostilló la Merceditas—. Blasfemo. Que le tendrían que limpiar el alma con salfumán.
—Mire, Merceditas, porque me consta que es usted una buena persona (si bien algo estrecha de entendimiento y más ignorante que un zote), y en estos momentos se presenta una emergencia social en el barrio frente a la que hay que priorizar esfuerzos, porque si no, le iba yo a aclarar a usted un par de puntos cardinales.
—¡Fermín! —clamó mi padre.
Fermín cerró el pico y salió a escape por la puerta. La Merceditas le observaba con reprobación.
—Ese hombre les va a meter a ustedes en un lío el día menos pensado, fíjese lo que le digo. Lo menos es anarquista, masón, y hasta judío. Con ese narizón...
—No le haga usted ni caso. Todo lo hace por llevar la contraria.
La Merceditas negó en silencio, airada.
—Bueno, les dejo ya que una está pluriempleada y le falta el tiempo.
Buenos días.
Asentimos con reverencia y la vimos partir, erguida y castigando la calle a taconazos. Mi padre respiró hondo, como si quisiera inspirar la paz recuperada.
Don Anacleto languidecía a su lado, el rostro blanqueado por momentos y la mirada triste y otoñal.
—Este país se ha ido a la mierda —dijo, ya descabalgando de su oratoria colosal.
—Venga, anímese, don Anacleto. Que las cosas siempre han sido así, aquí y en todas partes, lo que pasa es que hay momentos bajos y cuando tocan de cerca todo se ve más negro. Ya verá cómo don Federico remonta, que es más fuerte de lo que todos nos pensamos.
El catedrático negaba por lo bajo.
—Es como la marea, ¿sabe usted? —decía, ido—. La barbarie, digo. Se va y uno se cree a salvo, pero siempre vuelve, siempre vuelve... y nos ahoga. Yo lo veo todos los días en el instituto. Válgame Dios. Simios es lo que llegan a las aulas. Darwin era un soñador, se lo aseguro. Ni evolución ni niño muerto. Por cada uno que razona, tengo que lidiar con nueve orangutanes.
Nos limitamos a asentir dócilmente. El catedrático se despidió con un saludo y partió, cabizbajo y cinco años más viejo de lo que había entrado. Mi padre suspiró. Nos miramos brevemente, sin saber qué decir. Me pregunté si debía referirle la visita del inspector Fumero a la librería. Esto ha sido un aviso, pensaba yo. Una advertencia. Fumero había utilizado al pobre don Federico de telegrama
—¿Te ocurre algo, Daniel? Estás blanco.
Suspiré y bajé la mirada. Procedí a relatarle el incidente con el inspector Fumero la otra noche, sus insinuaciones. Mi padre me escuchaba, tragándose la furia que le ardía en los ojos.
—Es culpa mía —dije—. Tenía que haber dicho algo...
Mi padre negó.
—No. No podías saberlo, Daniel.
—Pero...
—Ni se te ocurra pensarlo. Y a Fermín, ni una palabra. Sabe Dios cómo iba a reaccionar si supiera que ese individuo anda de nuevo tras él.
—Pero algo tendremos que hacer.
—Procurar que no se meta en líos.
Asentí, no muy convencido, y me dispuse a continuar la labor que había empezado Fermín mientras mi padre volvía a su correspondencia. Entre párrafo y párrafo, mi padre me lanzaba alguna mirada de soslayo. Fingí no darme cuenta.
—¿Qué tal con el profesor Velázquez ayer, todo bien? —preguntó, deseoso de cambiar de tema.
—Sí. Quedó contento con los libros. Me comentó que anda buscando un libro de cartas de Franco.
—El Matamoros. Pero si es apócrifo... un chiste de Madariaga. ¿Qué le dijiste?
—Que ya estábamos en ello y le decíamos algo en dos semanas máximo.
—Bien hecho. Pondremos a Fermín en el asunto y se lo cobraremos a precio de oro.
Asentí. Seguimos con la aparente rutina. Mi padre seguía mirándome. Ahí viene, pensé.
—Ayer se pasó por aquí una chica muy simpática. ¿Dice Fermín que es la hermana de Tomás Aguilar?
—Sí.
Mi padre asintió, ponderando la casualidad con gesto de mira-tú-pordónde.
Me concedió un minuto de tregua antes de volver al ataque, esta vez con aire de acordarse de repente de algo.
—Oye, por cierto, Daniel: hoy vamos a tener un día muy ligero y digo yo que a lo mejor te apetece tomártelo para ti y tus cosas. Además, últimamente me parece que trabajas demasiado.
—Estoy bien, gracias.
—Mira que hasta estaba pensando en dejar aquí a Fermín e irme al Liceo con Barceló. Esta tarde ponen Tannhäuser y me ha invitado, porque él tiene varias butacas de platea.
Mi padre hacía como que leía la correspondencia. Era un pésimo actor.
—¿Y a ti desde cuándo te gusta Wagner?
Se encogió de hombros.
—A caballo regalado... Además con Barceló da lo mismo la ópera que pongan, porque él se pasa toda la representación comentando la jugada y criticando el vestuario y el tempo. Me pregunta mucho por ti. A ver si vas a verle un día a la tienda.
—Un día de éstos.
—Entonces, si te parece hoy dejamos a Fermín al mando y nosotros nos vamos a divertir un rato, que ya toca. Y si necesitas algo de dinero...
—Papá, Bea no es mi novia.
—¿Y quién habla de novias? Lo dicho. Tú mismo. Si necesitas, coge de la caja, pero deja una nota para que luego Fermín no se asuste al cerrar el día.
Dicho esto, se hizo el despistado y se perdió por la trastienda con una sonrisa de oreja a oreja. Consulté el reloj. Eran las diez y media de la mañana.
Había quedado con Bea en el claustro de la universidad a las cinco y, muy a mi pesar, el día amenazaba con hacérseme más largo que Los hermanos Karamazov.
Al poco regresó Fermín del domicilio del relojero y nos informó de que un comando de vecinas había montado una guardia permanente para atender al pobre don Federico, al que el doctor le había encontrado tres costillas rotas, contusiones múltiples y un desgarro rectal de libro de texto.
—¿Ha hecho falta comprar algo? —preguntó mi padre.
—Medicinas y ungüentos ya tenían para abrir una botica, por lo cual me he permitido llevarle unas flores, una botella de colonia Nenuco y tres frascos de
Fruco de melocotón, que es el favorito de don Federico.
—Ha hecho usted bien. Ya me dirá lo que le debo —dijo mi padre—. Y a él, ¿cómo lo ha visto?
—Hecho una caquilla, para qué mentir. Sólo de verlo encogido en la cama como un ovillo, gimiendo que se quería morir, me entró un ansia asesina, fíjese usted. Me plantaba ahora mismo armado hasta el gaznate en la Brigada Criminal y me cepillaba a trabucazos a media docena de capullos, empezando por esa pústula supurante de Fumero.
—Fermín, tengamos la fiesta en paz. Le prohíbo terminantemente que haga nada.
—Lo que usted mande, señor Sempere.
—¿Y La Pepita cómo lo lleva?
—Con una presencia de ánimo ejemplar. Las vecinas la tienen dopada a base de lingotazos de brandy y cuando yo la vi había caído inerme de un sopor en el sofá, donde roncaba como un marraco y expelía unas llufas que perforaban la tapicería.
—Genio y figura. Fermín, le voy a pedir que se quede hoy usted en la tienda, que yo me voy a pasar un rato a ver a don Federico. Luego he quedado con Barceló. Y Daniel tiene cosas que hacer.
Alcé la vista justo a tiempo para sorprender a Fermín y a mi padre intercambiando una mirada de complicidad.
—Menudo par de casamenteras —dije.
Aún se reían de mí cuando salí por la puerta echando chispas. Barría las calles una brisa fría y cortante que sembraba a su paso pinceladas de vapor. Un sol acerado arrancaba ecos de cobre al horizonte de tejados y campanarios del barrio gótico. Faltaban todavía varias horas para mi cita con Bea en el claustro de la universidad y decidí tentar a la suerte y acercarme a visitar a Nuria Monfort, con la confianza de que todavía viviese en la dirección que su padre me había proporcionado tiempo atrás. La plaza de San Felipe Neri es apenas un respiradero en el laberinto de calles que traman el barrio gótico, oculta tras las antiguas murallas romanas. Los impactos del fuego de ametralladora en los días de la guerra salpican los muros de la iglesia. Aquella mañana, un grupo de chiquillos jugaba a soldados, ajenos a la memoria de las piedras. Una mujer joven, con el pelo marcado con mechas de plata, los contemplaba sentada en un banco, con un libro entreabierto en las manos y una sonrisa extraviada. Según las señas, Nuria Monfort vivía en un edificio el, el umbral de la plaza. La fecha de construcción aún podía leerse en el arco de piedra ennegrecida que coronaba el portal, 1801. El zaguán apenas dejaba adivinar una estancia de sombras por la que ascendía una escalera torcida en una suerte de espiral. Consulté la colmena de buzones de latón. Los nombres de los inquilinos podían leerse en unos pedazos de cartulina amarillenta insertados en una ranura al uso.
Miquel Moliner / Nuria Monfort 3.°— 2.°
Ascendí lentamente, casi temiendo que la finca se derribaría si me atrevía a pisar firme sobre aquellos peldaños diminutos, de casa de muñecas. Había dos puertas por rellano, sin número ni distinción. Al llegar al tercero escogí una al azar y llamé con los nudillos. La escalera olía a humedad, a piedra envejecida y a arcilla. Llamé varias veces sin obtener respuesta. Decidí probar suerte con la otra puerta. Golpeé la puerta con el puño tres veces. Dentro del piso podía oírse una radio a todo volumen transmitiendo el programa «Momentos para la Reflexión con el padre Martín Calzado». Me abrió la puerta una señora en bata acolchada a cuadros color turquesa, pantuflas y un casco de rulos. En la penuria de luz me pareció un buzo. A su espalda, la voz aterciopelada del padre Martín Calzado dedicaba unas palabras al patrocinador del programa, los productos de belleza Aurorín, predilectos de los peregrinos al santuario de Lourdes y verdadera mano de santo con pústulas y verrugones irreverentes.
—Buenas tardes. Estaba buscando a la señora Monfort.
—¿La Nurieta? Se equivoca usted de puerta, joven. Es ahí enfrente.
—Usted perdone. Es que he llamado y no había nadie.
—¿No será un acreedor, verdad? —preguntó de pronto la vecina con el recelo de la experiencia.
—No. Vengo de parte del padre de la señora Monfort.
—Ah, bueno. La Nurieta estará abajo, leyendo. ¿No la ha visto usted al subir?
Al bajar a la calle comprobé que la mujer de los cabellos plateados y el libro en las manos seguía varada en su banco de la plaza. La observé con detenimiento. Nuria Monfort era una mujer mas que atractiva, de rasgos tallados para figurines de moda y retratos de estudio, a la que la juventud parecía estar escapándosele por la mirada. Había algo de su padre en aquel talle frágil y pincelado. Supuse que debía de rondar los cuarenta y pocos, dejándome llevar, si acaso, por los trazos de cabello plateado y las líneas que ajaban un rostro que, a media luz, hubiera podido pasar por diez años más joven.
—¿Señora Monfort?
Me miró como quien despierta de un trance, sin verme.
—Mi nombre es Daniel Sempere. Su padre me dio sus señas hace algún tiempo y me dijo que tal vez usted podría hablarme sobre Julián Carax.
Al oír estas palabras, toda expresión de ensueño se desvaneció de su rostro. Intuí que mencionar a su padre no había sido un acierto.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó con recelo.
Sentí que si no ganaba su confianza en aquel mismo instante, habría perdido mi oportunidad. La única carta que podía jugar era decir la verdad.
—Permítame que me explique. Hace ocho años, casi por casualidad, encontré en el Cementerio de los Libros Olvidados una novela de Julián Carax que usted había ocultado allí para evitar que un hombre que se hace llamar Laín Coubert la destruyese —dije.
Me miró fijamente, inmóvil, como si temiese que el mundo fuera a desmoronarse a su alrededor.
—Sólo le voy a robar unos minutos —añadí—. Se lo prometo.
Asintió, abatida.
—¿Cómo está mi padre? —preguntó, rehuyéndome la mirada.
—Bien. Algo mayor ya. La extraña a usted mucho.
Nuria Monfort dejó escapar un suspiro que no supe descifrar.
—Mejor que suba usted a casa. No quiero hablar de esto en la calle.
Nuria Monfort vivía en sombras. Un angosto pasillo conducía a un comedor que hacía las veces de cocina, biblioteca y oficina. De camino pude entrever un dormitorio modesto, sin ventanas. Aquello era todo. El resto de la vivienda se reducía a un baño minúsculo, sin ducha ni pica, por el que penetraban toda suerte de aromas, desde los olores de las cocinas del bar de abajo al aliento de cañerías y tuberías que rondaban el siglo. Aquella casa yacía en perpetua penumbra, un balcón de oscuridades sostenido entre muros despintados. Olía a tabaco negro, a frío y a ausencias. Nuria Monfort me observaba mientras yo fingía no reparar en lo precario de su vivienda.
—Bajo a la calle a leer porque en el piso apenas hay luz —dijo—. Mi marido ha prometido regalarme un flexo cuando vuelva a casa.
—¿Está su esposo de viaje?
—Miquel está en la cárcel.
—Disculpe, no sabía...
—No tenía usted por qué saberlo. No me avergüenza decírselo, porque mi marido no es un criminal. Esta última vez se lo llevaron por imprimir octavillas para el sindicato de metalurgia. De eso hace ya dos años. Los vecinos creen que está en América, de viaje. Mi padre tampoco lo sabe, y no me gustaría que se enterase.
—Quede tranquila. Por mí no habrá de saberlo —dije.
Se tramó un silencio tenso y supuse que ella veía en mí a un espía de Isaac.
—Debe de ser duro sacar adelante la casa, sola —dije tontamente, por llenar aquel vacío.
—No es fácil. Saco lo que puedo con las traducciones, pero con un marido en prisión no da para mucho. Los abogados me han desangrado y estoy de deudas hasta el cuello. Traducir da casi tan poco como escribir.
Me observó como si esperase alguna respuesta. Me limité a sonreír dócilmente.
—¿Traduce usted libros?
—Ya no. Ahora he empezado a traducir impresos, contratos y documentos de aduanas, porque se paga mucho mejor. Traducir literatura da una miseria, aunque algo más que escribirla, la verdad. La comunidad de vecinos ya ha intentado echarme un par de veces. Lo de menos es que me retrase en los pagos de los gastos de la comunidad. Imagínese usted, hablando idiomas y llevando pantalones. Más de uno me acusa de tener en este piso una casa de citas. Otro gallo me cantaría...
Confié en que la penumbra ocultase mi sonrojo.
—Perdone. No sé por qué le cuento todo esto. Le estoy avergonzando.
—Es culpa mía. Yo he preguntado.
Se rió, nerviosa. La soledad que desprendía aquella mujer quemaba.
—Se parece usted un poco a Julián —dijo de repente—. En la manera de mirar y en los gestos. Él hacía como usted. Se quedaba callado, mirándote sin que pudieses saber lo que pensaba, y una iba y como una tonta le contaba cosas que más valdría callarse... ¿puedo ofrecerle algo?, ¿café con leche?
—Nada, gracias. No se moleste.
—No es molestia. Iba a hacerme uno para mí.
Algo me hizo sospechar que aquel café con leche era toda su comida del mediodía. Decliné de nuevo la invitación y la vi retirarse hasta un rincón del comedor donde había un hornillo eléctrico.
—Póngase cómodo —dijo, dándome la espalda.
Miré a mi alrededor y me pregunté cómo. Nuria Monfort tenía su despacho en un escritorio que ocupaba la esquina junto al balcón. Una máquina de escribir Underwood reposaba junto a un quinqué y una estantería repleta de diccionarios y manuales. No había fotos de familia, pero la pared frente al escritorio estaba recubierta de tarjetas postales, todas ellas estampas de un puente que recordaba haber visto en algún sitio pero que no pude identificar, quizá París o Roma. Al pie de este mural, el escritorio respiraba una pulcritud y una meticulosidad casi obsesiva.
Los lápices estaban afilados y alineados a la perfección. Los papeles y carpetas estaban ordenados y dispuestos en tres hileras simétricas. Cuando me volví me di cuenta de que Nuria Monfort me observaba desde el umbral del pasillo. Me contemplaba en silencio, como se mira a los extraños en la calle o en el metro.
Encendió un cigarrillo y permaneció donde estaba, su rostro velado en las volutas de humo azul. Pensé que Nuria Monfort destilaba, a su pesar, trazas de mujer fatal, de las que encandilaban a Fermín cuando aparecían entre las nieblas de una estación en Berlín envueltas en halos de luz imposible, y que tal vez su propio aspecto la aburría.
—No hay mucho que contar —empezó—. Conocí a Julián hace más de veinte años, en París. Por aquel entonces, yo trabajaba para la editorial Cabestany. El señor Cabestany había adquirido los derechos de las novelas de Julián por dos duros. Yo había empezado a trabajar en el departamento de administración, pero cuando el señor Cabestany se enteró de que hablaba francés, italiano y algo de alemán me puso al cargo de adquisiciones y me hizo su secretaria personal. Entre mis funciones estaba el mantener la correspondencia con autores y editores extranjeros con quienes la editorial tenía tratos, y así es cómo entré en contacto con Julián Carax.
—Su padre me contó que eran ustedes buenos amigos.
—Mi padre le diría que tuvimos una aventura o algo así. ¿No es verdad?
Según él, yo echo a correr detrás de cualquier par de pantalones como si fuese una perra en celo. La sinceridad y el desparpajo de aquella mujer me robaban las palabras. Tardé demasiado en urdir una respuesta aceptable. Para entonces, Nuria Monfort sonreía para sí y negaba con la cabeza.
—No le haga ni caso. Mi padre sacó esa idea de un viaje que tuve que hacer a París en el año 33 para resolver unos asuntos del señor Cabestany con Gallimard.
Estuve una semana en la ciudad y me hospedé en el apartamento de Julián por la sencilla razón de que el señor Cabestany prefería ahorrarse el hotel. Ya ve usted qué romántico. Hasta entonces había mantenido mi relación con Julián Carax estrictamente por carta, normalmente para tratar asuntos de derechos de autor, galeradas y temas de edición. Lo que sabía de él, o me imaginaba, lo había sacado de la lectura de los manuscritos que nos enviaba.
—¿Le contaba él algo acerca de su vida en París?
—No. A Julián no le gustaba hablar de sus libros o de sí mismo. No me pareció que fuese feliz en París, aunque me dio la impresión de que era de esas personas que no pueden ser felices en ninguna parte. La verdad es que nunca llegué a conocerle a fondo. No se dejaba. Era un hombre muy reservado y a veces me parecía que había dejado de interesarle el mundo y la gente. El señor Cabestany le tenía por muy tímido y un tanto lunático, pero a mí me pareció que Julián vivía en el pasado, encerrado con sus recuerdos. Julián vivía de puertas adentro, para sus libros y dentro de ellos, como un prisionero de lujo.
—Lo dice usted como si le envidiase.
—Hay peores cárceles que las palabras, Daniel.
Me limité a asentir, sin saber muy bien a qué se refería.
—¿Hablaba Julián alguna vez de esos recuerdos, de sus años en Barcelona?
—Muy poco. En la semana que estuve en su casa, en París, me contó algo de su familia. Su madre era francesa, profesora de música. Su padre tenía una sombrerería o algo así. Sé que era un hombre muy religioso, muy estricto.
—¿Le explicó Julián la clase de relación que tenía con él?
—Sé que se llevaban a morir. La cosa venía de largo. De hecho, la razón de que Julián marchase a París fue para evitar que su padre le metiese en el ejército.
Su madre le había prometido que antes de que eso sucediese, se lo llevaría lejos de aquel hombre.
—Aquel hombre era su padre, después de todo.
Nuria Monfort sonrió. Lo hacía apenas con una insinuación en la comisura de los labios y un brillo triste y cansino en la mirada.
—Aunque lo fuera, nunca se comportó como tal y Julián nunca lo consideró así. En una ocasión me confesó que, antes de casarse, su madre había tenido una aventura con un desconocido cuyo nombre nunca quiso revelar. Ese hombre era el verdadero padre de Julián.
—Eso parece el arranque de La Sombra del Viento. ¿Cree que le dijo la verdad?
Nuria Monfort asintió.
Julián me explicó que había crecido viendo cómo el sombrerero, porque así era como él le llamaba, insultaba y pegaba a su madre. Después entraba en el dormitorio de Julián para decirle que él era hijo del pecado, que había heredado el carácter débil y miserable de su madre y que iba a ser un desgraciado toda su vida, un fracasado en cualquier cosa que se propusiera...
—¿Sentía Julián rencor hacia su padre?
—El tiempo enfría estas cosas. Nunca me pareció que Julián le odiase. Quizá hubiera sido mejor así. Mi impresión es que le había perdido completamente el respeto al sombrerero a fuerza de tanto numerito. Julián hablaba de aquello como si no le importara, como si fuese parte de un pasado que había dejado atrás, pero esas cosas nunca se olvidan. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.
Me pregunté si hablaba por experiencia propia y me vino de nuevo a la mente la imagen de mi amigo Tomás Aguilar escuchando estoicamente las arengas de su augusto progenitor.
—¿Qué edad tenía entonces Julián?
—Ocho o diez años, imagino.
Suspiré.
—En cuanto tuvo edad de ingresar en el ejército, su madre se lo llevó a París.
No creo que ni se despidieran. El sombrerero nunca entendió que su familia le abandonase.
—¿Oyó mencionar alguna vez a Julián a una muchacha llamada Penélope?
—¿Penélope? Creo que no. Lo recordaría.
—Era una novia suya, de cuando todavía vivía en Barcelona.
Extraje la fotografía de Carax y Penélope Aldaya y se la tendí. Vi que se le iluminaba la sonrisa al ver a un Julián Carax adolescente. Se la comía la nostalgia, la pérdida.
—Qué jovencito estaba aquí... ¿es ésta la tal Penélope?
Asentí.
—Muy guapa. Julián siempre se las arreglaba para acabar rodeado de mujeres bonitas.
Como usted, pensé.
—¿Sabe usted si tenía muchas...?
Aquella sonrisa de nuevo, a mi costa.
—¿Novias? ¿Amigas? No lo sé. A decir verdad, nunca le oí hablar de ninguna mujer en su vida. Una vez, por pincharle, le pregunté. Sabrá usted que se ganaba la vida tocando el piano en una casa de alterne. Le pregunté si no se sentía tentado, todo el día rodeado de bellezas de virtud fácil. No le hizo gracia la broma.
Me respondió que él no tenía derecho a amar a nadie, que merecía estar solo.
—¿Dijo por qué?
—Julián nunca decía el porqué.
—Aun así, al final, poco antes de regresar a Barcelona en 1936, Julián Carax iba a casarse.
—Eso dijeron.
—¿Lo duda usted?
Se encogió de hombros, escéptica.
—Como le digo, en todos los años que nos conocimos, Julián nunca me había mencionado a ninguna mujer en especial, mucho menos a una con la que fuera a casarse. Lo de la supuesta boda me llegó de oídas más tarde. Neuval, el último editor de Carax, le contó a Cabestany que la novia era una mujer veinte años mayor que Julián, una viuda adinerada y enferma. Según Neuval, esta mujer lo había estado más o menos manteniendo durante años. Los médicos le daban seis meses de vida, como mucho un año. Según Neuval, ella quería casarse con Julián para que él fuese su heredero.
—Pero la ceremonia nunca llegó a celebrarse.
—Si es que alguna vez existió tal plan o tal viuda.
—Según tengo entendido, Carax se vio envuelto en un duelo, al amanecer del mismo día en que iba a contraer matrimonio. ¿Sabe con quién o por qué?
—Neuval supuso que se trataba de alguien relacionado con la viuda. Un pariente lejano y codicioso que temía ver la herencia ir a parar a manos de un advenedizo. Neuval publicaba sobre todo folletines, y me parece que el género se le había subido a la cabeza.
—Veo que no da usted mucho crédito a la historia de la boda y el duelo.
—No. Nunca la creí.
—¿Qué piensa usted que sucedió entonces? ¿Por qué regresó Carax a Barcelona?
Sonrió con tristeza.
—Hace diecisiete años que me hago esa pregunta.
Nuria Monfort encendió otro cigarrillo. Me ofreció uno. Me sentí tentado de aceptar, pero negué.
—Pero tendrá usted alguna sospecha —sugerí.
—Todo lo que sé es que en el verano de 1936, al poco de estallar la guerra, un empleado de la morgue municipal llamó a la editorial para decir que habían recibido el cadáver de Julián Carax tres días antes. Le habían encontrado muerto en un callejón del Raval, vestido con andrajos y una bala en el corazón. Llevaba encima un libro, un ejemplar de La Sombra del Viento, y su pasaporte. El sello indicaba que había cruzado la frontera con Francia un mes antes. Dónde había estado durante ese tiempo, nadie lo sabe. La policía contactó a su padre, pero éste se negó a hacerse cargo del cuerpo alegando que él no tenía hijo. Después de dos días sin que nadie reclamase el cadáver, fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Montjuïc. No pude ni llevarle unas flores, porque nadie supo decirme dónde había sido enterrado. Al empleado de la morgue, que se había quedado el libro que encontró en la chaqueta de Julián, se le ocurrió llamar a la editorial Cabestany días después. Así es como supe lo sucedido. No lo pude entender. Si a Julián le quedaba alguien a quien recurrir en Barcelona, era yo, o como mucho el señor Cabestany. Éramos sus únicos amigos, pero nunca nos dijo que había vuelto. Sólo supimos que había regresado a Barcelona después de muerto...
—¿Pudo averiguar algo más después de recibir la noticia de su muerte?
—No. Eran los primeros meses de la guerra y Julián no era el único que había desaparecido sin dejar ni rastro. Nadie habla de eso ya, pero hay muchas tumbas sin nombre como la de Julián. Preguntar era como darse con la cabeza contra la pared.
Con la ayuda del señor Cabestany, que por entonces ya estaba muy enfermo, presenté quejas a la policía y tiré de todos los hilos que pude. Lo único que conseguí fue recibir la visita de un inspector joven, un tipo siniestro y arrogante, que me dijo que me convenía dejar de hacer preguntas y concentrar mis esfuerzos en una actitud más positiva, porque el país estaba en plena cruzada. Ésas fueron sus palabras. Se llamaba Fumero, es todo lo que recuerdo. Ahora parece que es todo un personaje. Le mencionan mucho en los diarios. A lo mejor ha oído hablar usted de él.
Tragué saliva.
—Vagamente.
—No volví a oír hablar de Julián hasta que un individuo se puso en contacto con la editorial y se interesó por adquirir los ejemplares que quedasen en el almacén de las novelas de Carax.
—Laín Coubert.
Nuria Monfort asintió.
—¿Tiene idea de quién era ese hombre?
—Tengo una sospecha, pero no estoy segura. En marzo de 1936, me acuerdo porque por entonces estábamos preparando la edición de La Sombra del Viento, una persona llamó a la editorial pidiendo su dirección. Dijo que era un viejo amigo y que quería visitar a Julián en París. Darle una sorpresa. Me lo pasaron a mí y yo le dije que no estaba autorizada a darle esa información.
—¿Le dijo quién era?
—Un tal Jorge.
—¿Jorge Aldaya?
—Es posible. Julián le había mencionado en más de una ocasión. Me parece que habían estudiado juntos en el colegio de San Gabriel y que a veces se refería a él como si hubiera sido su mejor amigo.
—¿Sabía usted que Jorge Aldaya era el hermano de Penélope?
Nuria Monfort frunció el ceño, desconcertada.
—¿Le dio usted a Aldaya la dirección de Julián en París? —pregunté.
—No. Me dio mala espina.
—¿Qué dijo él?
—Se rió de mí, me dijo que ya la encontraría por otro conducto y me colgó el teléfono.
Algo parecía estar carcomiéndola. Empecé a sospechar adónde nos conducía la conversación.
—Pero usted volvió a oír hablar de él, ¿no es así?
Asintió nerviosamente.
—Como le decía, al poco de la desaparición de Julián, aquel hombre se presentó en la editorial Cabestany. Por entonces, el señor Cabestany ya no podía trabajar y su hijo mayor se había hecho cargo de la empresa. El visitante, Laín Coubert, se ofreció a comprar todos los restos de existencias que quedasen de las novelas de Julián. Yo pensé que debía de tratarse de un chiste de mal gusto. Laín Coubert era un personaje de La Sombra del Viento.
—El diablo.
Nuria Monfort asintió.
—¿Llegó usted a ver a Laín Coubert?
Negó y encendió su tercer cigarrillo.
—No. Pero oí parte de la conversación con el hijo en el despacho del señor Cabestany.
Dejó la frase colgada, como si temiese completarla o no supiera cómo hacerlo. El cigarrillo le temblaba en los dedos.
—Su voz —dijo—. Era la misma voz del hombre que llamó por teléfono diciendo ser Jorge Aldaya. El hijo de Cabestany, un imbécil arrogante, quiso pedirle más dinero. El tal Coubert dijo que tenía que pensar en la oferta. Aquella misma noche, el almacén de la editorial en Pueblo Nuevo ardió, y los libros de Julián con él.
—Menos los que usted rescató y escondió en el Cementerio de los Libros Olvidados.
—Así es.
—¿Tiene alguna idea de por qué motivo querría alguien quemar todos los libros de Julián Carax?
—¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio... vaya usted a saber
—¿Por qué cree usted? —insistí.
—Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo.
—Entonces, si alguien quisiera destruirle, tendría que destruir esas historias y esos personajes, ¿no es así? Afloró de nuevo aquella sonrisa abatida, de derrota y cansancio.
—Me recuerda usted a Julián —dijo—. Antes de que perdiera la fe.
—¿La fe en qué?
—En todo.
Se acercó en la penumbra y me tomó la mano. Me acarició la palma en silencio, como si quisiera leerme las líneas en la piel. La mano me temblaba bajo su tacto. Me sorprendí a mí mismo dibujando mentalmente el contorno de su cuerpo bajo aquellas ropas envejecidas, de prestado. Deseaba tocarla y sentir el pulso ardiéndole bajo la piel. Nuestras miradas se habían encontrado y tuve la certeza de que ella sabía lo que estaba pensando. La sentí más sola que nunca. Alcé los ojos y me encontré con su mirada serena, de abandono.
—Julián murió solo, convencido de que nadie iba a acordarse de él ni de sus libros y de que su vida no había significado nada —dijo—. A él le hubiera gustado saber que alguien le quería mantener vivo, que le recordaba. Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda. Me invadió el deseo casi doloroso de besar a aquella mujer, un ansia como no la había experimentado jamás, ni siquiera conciliando el fantasma de Clara Barceló.
Me leyó la mirada.
—Se le hace a usted tarde, Daniel —murmuró.
Una parte de mí deseaba quedarse, perderse en aquella rara intimidad de penumbras con aquella desconocida y escucharle decir cómo mis gestos y mis silencios le recordaban a Julián Carax.
—Sí —balbuceé.
Asintió sin decir nada y me acompañó hasta la puerta. El pasillo se me hizo eterno. Me abrió la puerta y salí al rellano.
—Si ve usted a mi padre, dígale que estoy bien. Miéntale.
Me despedí de ella a media voz, agradeciéndole su tiempo y ofreciéndole la mano cordialmente. Nuria Monfort ignoró mi gesto formal. Me puso las manos sobre los brazos, se inclinó y me besó en la mejilla. Nos miramos en silencio y esta vez me aventuré a buscar sus labios, casi temblando. Me pareció que se entreabrían y que sus dedos buscaban mi rostro. En el último instante, Nuria Monfort se retiró y bajó la mirada.
—Creo que es mejor que se vaya usted, Daniel —susurró.
Me pareció que iba a llorar, y antes de que yo pudiese decir nada me cerró la puerta. Me quedé en el rellano y sentí su presencia al otro lado de la puerta, inmóvil, preguntándome qué había sucedido allí dentro. Al otro lado del rellano, la mirilla de la vecina parpadeaba. Le dediqué un saludo y me lancé escaleras abajo. Cuando llegué a la calle todavía llevaba su rostro, su voz y su olor clavados en el almas Arrastré el roce de sus labios y de su aliento sobre la piel por calles repletas de gente sin rostro que escapaba de oficinas y comercios. Al enfilar la calle Canuda me embistió una brisa helada que cortaba el bullicio. Agradecí el aire frío en el rostro y me encaminé hacia la universidad. Al cruzar las Ramblas me abrí paso hasta la calle Tallers y me perdí en su angosto cañón de penumbras, pensando que había quedado atrapado en aquel comedor oscuro en el que ahora imaginaba a Nuria Monfort sentada a solas en la sombra, arreglando sus lápices, sus carpetas y sus recuerdos en silencio, con los ojos envenenados de lágrimas.
21
Se desplomó la tarde casi a traición, con un aliento frío y un manto púrpura que resbalaba entre los resquicios de las calles. Apreté el paso y veinte minutos más tarde la fachada de la universidad emergió como un buque ocre varado en la noche. El portero de la Facultad de Letras leía en su garita a las plumas más influyentes de la España del momento en la edición de tarde de El
Mundo Deportivo. Apenas parecían quedar ya estudiantes en el recinto. El eco de mis pasos me acompañó a través de los corredores y galerías que conducían al claustro, donde el rubor de dos luces amarillentas apenas inquietaban la penumbra. Me asaltó la idea de que Bea me había tomado el pelo y me había citado allí a aquella hora de nadie para vengarse de mi presunción. Las hojas de los naranjos del claustro parpadeaban como lágrimas de plata y el rumor de la fuente serpenteaba entre los arcos. Ausculté el patio con la mirada barajando decepción y, quizá, cierto alivio cobarde. Allí estaba.
Su silueta se recortaba frente a la fuente, sentada en uno de los bancos con la mirada escalando las bóvedas del claustro. Me detuve en el umbral para contemplarla y, por un instante, me pareció ver en ella el reflejo de Nuria Monfort soñando despierta en su banco de la plaza. Advertí que no llevaba su carpeta ni sus libros y sospeché que quizá no hubiese tenido clase aquella tarde. Tal vez había acudido allí tan sólo para encontrarse conmigo. Tragué saliva y me adentré en el claustro. Mis pasos en el empedrado me delataron y Bea alzó la vista, sonriendo sorprendida, como si mi presencia allí fuera una casualidad
—Creí que no ibas a venir —dijo Bea.
—Eso mismo pensaba yo —repuse.
Permaneció sentada, muy erguida, con las rodillas apretadas y las manos recogidas sobre el regazo. Me pregunté cómo era posible sentir a alguien tan lejos y, sin embargo, poder leer cada pliegue de sus labios.
—He venido porque quiero demostrarte que estabas equivocado en lo que me dijiste el otro día, Daniel. Que me voy a casar con Pablo y que no importa lo que me enseñes esta noche, me voy a El Ferrol con él tan pronto acabe el servicio.
La miré como se mira a un tren que se escapa. Me di cuenta de que había pasado dos días caminando sobre nubes y se me cayó el mundo de las manos.
—Y yo que pensaba que habías venido porque te apetecía verme. —
Sonreí sin fuerzas.
Observé que se le inflamaba el rostro de reparo.
—Lo decía en broma —mentí—. Lo que sí iba en serio era mi promesa de enseñarte una cara de la ciudad que no has visto todavía. Al menos, así tendrás un motivo para acordarte de mí, o de Barcelona, dondequiera que vayas. Bea sonrió con cierta tristeza y evitó mi mirada.
—He estado a punto de meterme en un cine, ¿sabes? Para no verte hoy
—dijo.
—¿Por qué?
Bea me observaba en silencio. Se encogió de hombros y alzó los ojos como si quisiera cazar palabras al vuelo que se le escapaban.
—Porque tenía miedo de que a lo mejor tuvieses razón —dijo finalmente.
Suspiré. Nos amparaba el anochecer y aquel silencio de abandono que une a los extraños, y me sentí con valor de decir cualquier cosa, aunque fuese por última vez.
—¿Le quieres o no?
Me ofreció una sonrisa que se deshacía por las costuras.
—No es asunto tuyo.
—Eso es verdad —dije—. Es asunto sólo tuyo.
Se le enfrió la mirada.
—¿Y a ti qué más te da?
—No es asunto tuyo —dije.
No sonrió. Le temblaban los labios.
—La gente que me conoce sabe que aprecio a Pablo. Mi familia y...
—Pero yo casi soy un extraño —interrumpí—. Y me gustaría oírlo de ti.
—¿Oír el qué?
—Que le quieres de verdad. Que no te casas con él para salir de tu casa, o para dejar Barcelona y a tu familia lejos, donde no puedan hacerte daño. Que te vas y no que huyes.
Los ojos le brillaban con lágrimas de rabia.
—No tienes derecho a decirme eso, Daniel. Tú no me conoces.
—Dime que estoy equivocado y me iré. ¿Le quieres? Nos miramos un largo rato en silencio.
—No lo sé —murmuró por fin—. No lo sé.
—Alguien dijo una vez que en el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle para siempre —dije.
Bea buscó la ironía en mi rostro.
—¿Quién dijo eso?
—Un tal Julián Carax.
—¿Amigo tuyo?
Me sorprendí a mí mismo asintiendo.
—Algo así.
—Vas a tener que presentármelo.
—Esta noche, si quieres.
Dejamos la universidad bajo un cielo encendido de moretones. Caminábamos sin rumbo fijo, más por acostumbrarnos al paso del otro que por llegar a algún sitio. Nos refugiamos en el único tema que teníamos en común, su hermano Tomás. Bea hablaba de él como de un extraño a quien se quiere, pero apenas se conoce. Rehuía mi mirada y sonreía nerviosamente. Sentí que se arrepentía de lo que me había dicho en el claustro de la universidad, que le dolían todavía las palabras que se la comían por dentro.
—Oye, de lo que te he dicho antes —dijo de repente, sin venir a cuento— no le dirás nada a Tomás, ¿verdad?
—Claro que no. A nadie.
Rió nerviosa.
—No sé qué me ha pasado. No te ofendas, pero a veces una se siente más libre de hablarle a un extraño que a la gente que conoce. ¿Por qué será?
Me encogí de hombros.
—Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere creer que somos.
—¿Es eso también de tu amigo Carax?
—No, eso me lo acabo de inventar para impresionarte.
—¿Y cómo me ves tú a mí?
—Como un misterio.
—Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
—No es un cumplido. Es una amenaza.
—¿Y eso?
—Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
—A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
—A lo mejor me sorprendo. Y tú también.
—Tomás no me había dicho que tuvieses tanta cara dura.
—Es que la poca que tengo, la reservo toda para ti.
—¿Por qué?
Porque me das miedo, pensé.
Nos refugiamos en un viejo café junto al teatro Poliorama. Nos retiramos a una mesa junto a la ventana, y pedimos unos bocadillos de jamón serrano y un par de cafés con leche para entrar en calor. Al poco, el encargado, un tipo escuálido con mueca de diablillo cojuelo, se acercó a la mesa con aire oficioso.
—¿Vosotro utede soy lo que habéi pedío lo entrepane de jamong?
Asentimos.
—Siento comunicarsus, en nombre de la diresión, que no queda ni veta de jamong. Pueo ofresele butifarra negra, blanca, mixta, arbóndiga o chitorra. Género de primera, frequísimo. Tamién tengo sardina en ecabexe, si no podéi utede ingerí produto cárnico por motivo de consiensia religiosa. Como e vierne...
—Yo con el café con leche ya estoy bien, de verdad —respondió Bea.
Yo me moría de hambre.
—¿Y si nos pone dos de bravas? —dije—. Y algo de pan también, por favor.
—Ora mimo, caballero. Y utede perdonen la caretía de género.
Normalmente tengo de to, hasta caviar borxevique. Pero esta tarde ha sío la semifinar de la Copa Europa y hemo tenío muchísimo personal. Qué partidaso.
El encargado partió con gesto ceremonioso. Bea lo observaba, divertida.
—¿De dónde es ese acento? ¿Jaén?
—Santa Coloma de Gramanet —precisé—. Tú coges poco el metro, ¿verdad?
—Mi padre dice que el metro va lleno de gentuza y que, si vas sola, te meten mano los gitanos.
Iba a decir algo, pero me callé. Bea rió. Tan pronto llegaron los cafés y la comida me lancé a dar cuenta de todo ello sin pretensiones de delicadeza. Bea no probó bocado. Con ambas manos en torno al tazón humeante me observaba con una media sonrisa, entre la curiosidad y el asombro.
—Y entonces, ¿qué es lo que me vas a enseñar hoy que no he visto todavía?
—Varias cosas. De hecho, lo que te voy a enseñar forma parte de una historia. ¿No me dijiste el otro día que a ti lo que te gustaba era leer? Bea asintió, arqueando las cejas.
—Pues bien, ésta es una historia de libros.
—¿De libros?
—De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.
—Hablas como la solapa de una novela de a duro, Daniel.
—Será porque trabajo en una librería y he visto demasiadas. Pero ésta es una historia real. Tan cierta como que este pan que nos han servido tiene por lo menos tres días. Y como todas las historias reales empieza y acaba en un cementerio, aunque no la clase de cementerio que te imaginas.
Sonrió como lo hacen los niños a los que se les promete un acertijo o un truco de magia.
—Soy toda oídos.
Apuré el último sorbo de café y la contemplé en silencio unos instantes.
Pensé en lo mucho que deseaba refugiarme en aquella mirada huidiza que se temía transparente, vacía. Pensé en la soledad que iba a asaltarme aquella noche cuando me despidiese de ella, sin más trucos ni historias con que engañar su compañía. Pensé en lo poco que tenía que ofrecerle y en lo mucho que quería recibir de ella.
—Te crujen los sesos, Daniel —dijo—. ¿Qué tramas?
Inicié mi relato con aquella alba lejana en que desperté sin poder recordar el rostro de mi madre y no me detuve hasta recordar el mundo de penumbras que había intuido aquella misma mañana en casa de Nuria Monfort. Bea me escuchaba en silencio con una atención que no revelaba juicio o presunción. Le hablé de mi primera visita al Cementerio de los Libros Olvidados y de la noche que pasé leyendo La Sombra del Viento. Le hablé de mi encuentro con el hombre sin rostro y de aquella carta firmada por Penélope Aldaya que llevaba siempre conmigo sin saber por qué. Le hablé de cómo nunca había llegado a besar a Clara Barceló, ni a nadie, y de cómo me habían temblado las manos al sentir el roce de los labios de Nuria Monfort en la piel apenas unas horas atrás. Le hablé de cómo hasta aquel momento no había comprendido que aquélla era una historia de gente sola, de ausencias y de pérdida, y que por esa razón me había refugiado en ella hasta confundirla con mi propia vida, como quien escapa a través de las páginas de una novela porque aquellos a quien necesita amar son sólo sombras que viven en el alma de un extraño.
—No digas nada —murmuró Bea—. Sólo llévame a ese lugar.
Era ya noche cerrada cuando nos detuvimos frente al portón del Cementerio de los Libros Olvidados en las sombras de la calle Arco del Teatro. Así el picaporte del diablillo y golpeé tres veces. Soplaba un viento frío impregnado de olor a carbón.
Nos resguardamos bajo el arco de la entrada mientras esperábamos. Encontré la mirada de Bea a apenas unos centímetros de la mía. Sonreía. Al poco se escucharon unos pasos leves acercándose al portón y nos llegó la voz cansina del guardián.
—¿Quién va? —preguntó Isaac.
—Soy Daniel Sempere, Isaac.
Me pareció oírle maldecir por lo bajo. Siguieron los mil crujidos y quejidos del cerrojo kafkiano. Finalmente, la puerta cedió unos centímetros, desvelando el rostro aguileño de Isaac Monfort a la lumbre de un candil. Al verme, el guardián suspiró y puso los ojos en blanco.
—Yo, también, no sé por qué pregunto —dijo—. ¿Quién más podría ser a estas horas?
Isaac iba enfundado en lo que me pareció un extraño mestizaje de bata, albornoz y abrigo del ejército ruso. Las pantuflas acolchadas combinaban a la perfección con una gorra de lana a cuadros, con borla y birrete.
—Espero no haberle sacado de la cama —dije.
—Qué va. Apenas había empezado a decir el Jesusito de mi vida.
Le lanzó una mirada a Bea como si acabase de ver un fajo de cartuchos de dinamita encendido a sus pies.
—Espero por su bien que esto no sea lo que parece —amenazó.
—Isaac, ésta es mi amiga Beatriz y, con su permiso, me gustaría mostrarle este lugar. No se preocupe, es de toda confianza.
—Sempere, he conocido lactantes con más sentido común que usted.
—Será sólo un momento.
Isaac dejó escapar un resoplido de derrota y examinó a Bea con detenimiento
y recelo policial.
—¿Ya sabe usted que anda en compañía de un débil mental? —preguntó.
Bea sonrió cortésmente.
—Empiezo a hacerme a la idea.
—Divina inocencia. ¿Sabe las reglas?
Bea asintió. Isaac negó por lo bajo y nos hizo pasar, auscultando como siempre las sombras de la calle.
—Visité a su hija Nuria —dejé caer casualmente—. Está bien. Trabajando mucho, pero bien. Le envía saludos.
—Sí, y dardos envenenados. Qué poca gracia tiene usted para el embuste, Sempere. Pero se agradece el esfuerzo. Venga, pasen.
Una vez dentro me tendió el candil y procedió a echar de nuevo el cerrojo sin prestarnos más atención.
—Cuando hayan acabado ya sabe dónde encontrarme.
El laberinto de los libros se adivinaba en ángulos espectrales que despuntaban bajo el manto de tiniebla. El candil proyectaba una burbuja de claridad vaporosa a nuestros pies. Bea se detuvo en el umbral del laberinto, atónita. Sonreí, reconociendo en su rostro la misma expresión que mi padre debía de haber visto en el mío años atrás. Nos adentramos en los túneles y galerías del laberinto, que crujía a nuestro paso. Las marcas que había dejado en mi última incursión seguían allí.
—Ven, quiero enseñarte algo —dije.
Más de una vez perdí mi propio rastro y tuvimos que desandar un trecho en busca de la última señal. Bea me observaba con una mezcla de alarma y fascinación. Mi brújula mental sugería que nuestra ruta se había perdido en un lazo de espirales que ascendía lentamente hacia las entrañas del laberinto. Finalmente conseguí rehacer mis pasos en la maraña de pasillos y túneles hasta enfilar un angosto corredor que parecía una pasarela tendida hacia la negrura. Me arrodillé junto a la última estantería y busqué a mi viejo amigo oculto tras la fila de tomos sepultados por una capa de polvo que brillaba como escarcha a la luz del candil.
Tomé el libro en mis manos y se lo tendí a Bea.
—Te presento a Julián Carax.
—La Sombra del Viento —leyó Bea acariciando las letras desvaídas de la cubierta.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó.
—Cualquiera menos ése.
—Pero eso no es justo. Después de lo que me has contado éste es precisamente el que quiero.
—Algún día, quizá. Pero no hoy.
Se lo tomé de las manos y volví a ocultarlo en su lugar.
—Volveré sin ti y me lo llevaré sin que tú te enteres —dijo, burlona.
—No lo encontrarías en mil años.
—Eso es lo que tú te crees. Ya he visto tus marcas y yo también me sé el cuento del Minotauro.
—Isaac no te dejaría entrar.
—Te equivocas. Le caigo mejor que tú.
—¿Y tú qué sabes?
—Sé leer miradas.
A mi pesar, la creí y escondí la mía.
—Escoge cualquier otro. Mira, éste de aquí promete. El cerdo mesetario, ese desconocido: En busca de las raíces del tocino ibérico, por Anselmo Torquemada.
Seguro que vendió más ejemplares que cualquiera de Julián Carax. Del cerdo se aprovecha todo.
—Este otro me tira más.
—Tess d'Ubervilles. Es la versión original. ¿Te atreves con Thomas Hardy en inglés?
Me miró de reojo.
—Adjudicado entonces.
—¿No lo ves? Si parece que me estuviese esperando a mí. Como si hubiera estado aquí escondido para mí desde antes de que yo naciese.
La miré, atónito. Bea arrugó la sonrisa.
—¿Qué he dicho?
Entonces, sin pensarlo, con apenas un roce en los labios, la besé. Era ya casi medianoche cuando llegamos al portal de casa de Bea. Habíamos hecho casi todo el camino en silencio, sin atrevernos a decir lo que pensábamos. Caminábamos separados, escondiéndonos el uno del otro. Bea caminaba erguida con su Tess bajo el brazo y yo la seguía a un palmo, con su sabor en los labios. Arrastraba todavía la mirada de soslayo que me había propinado Isaac al dejar el Cementerio de los Libros Olvidados. Era una mirada que conocía bien y que había visto mil veces en mi padre, una mirada que me preguntaba si tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Las últimas horas habían transcurrido en otro mundo, un universo de roces, de miradas que no entendía y que se comían la razón y la vergüenza. Ahora, de regreso a aquella realidad que siempre acechaba en las sombras del ensanche, el embrujo se desprendía y apenas me quedaba el deseo doloroso y una inquietud que no tenía nombre. Una simple mirada a Bea me bastó para comprender que mis reservas apenas eran un soplo en la ventisca que se la comía por dentro. Nos detuvimos frente al portal y nos miramos sin hacer ni amago por fingir. Un sereno tonadillero se aproximaba sin prisa, canturreando boleros acompañándose del tintineo sabrosón de sus arbustos de llaves.
—A lo mejor prefieres que no volvamos a vernos —ofrecí sin convicción.
—No sé, Daniel. No sé nada. ¿Es eso lo que tú quieres?
—No. Claro que no. ¿Y tú?
Se encogió de hombros, esbozando una sonrisa sin fuerza.
—¿Tú qué crees? —preguntó—. Antes te he mentido, ¿sabes? En el claustro.
—¿En qué?
—En que no quería verte hoy.
El sereno nos rondaba blandiendo una sonrisilla de refilón, obviamente indiferente a aquella mi primera escena de portal y susurros que a él, en su veteranía, se le debía de antojar banal y trillada.
—Por mí no hay prisa —dijo—. Voy a hacer un cigarrito a la esquina y ya me dirán.
Esperé a que el sereno se hubiese alejado.
—¿Cuándo voy a verte otra vez?
—No lo sé, Daniel.
—¿Mañana?
—Por favor, Daniel. No lo sé.
Asentí. Me acarició la cara.
—Ahora es mejor que te vayas.
—¿Sabes al menos dónde encontrarme, no? Asintió.
—Estaré esperando.
—Yo también.
Me alejé con la mirada prendida de la suya. El sereno, experto en estos lances, ya acudía a abrirle el portal.
—Sinvergüenza —me susurró de pasada, no sin cierta admiración—. Menudo bombonazo.
Esperé hasta que Bea hubo entrado en el edificio y partí a paso ligero, volviendo la vista atrás a cada paso. Lentamente, me invadió la certeza absurda de que todo era posible y me pareció que hasta aquellas calles desiertas y aquel viento hostil olían a esperanza. Al llegar a la plaza Cataluña advertí que una bandada de palomas se había congregado en el centro de la plaza. Lo cubrían todo, como un manto de alas blancas que se mecía en silencio. Pensé en rodear el recinto, pero justo entonces advertí que la bandada me abría paso sin alzar el vuelo. Avancé a tientas, observando cómo las palomas se apartaban a mi paso y volvían a cerrar filas tras de mí. Al llegar al centro de la plaza escuché el rumor de las campanas de la catedral repicando la medianoche. Me detuve un instante, varado en un océano de aves plateadas, y pensé que aquél había sido el día más extraño y maravilloso de mi vida.