Carlos Ruiz Zafón
La sombra del viento
EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS
Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
— ¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.
Recuerdo que aquél alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió azorado a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.
—No puedo acordarme de su cara. No puedo acordarme de la cara de mamá —murmuré sin aliento.
Mi padre me abrazó con fuerza.
—No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos.
Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían.
Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.
—Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo —dijo.
— ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?
— Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas —insinuó mi padre blandiendo una sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.
Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi
padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el
reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se
filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a
rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera
labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo
que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y
sombras.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu
amigo Tomás. A nadie.
Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la
puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.
—Buenos días, Isaac. Este es mi hijo Daniel —anunció mi padre—.
Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene
edad de conocer este lugar.
El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra
azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol
y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas.
Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una
gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula
acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y
estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando
una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban
adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre,
boquiabierto. El me sonrió, guiñándome el ojo.
—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados.
Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una
docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí
los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis
ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de
alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y,
sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las
confidencias.
—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que
ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y
vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que
alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace
ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era
viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde
cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando
una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro
se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos
aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los
libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún
día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los
vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro
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que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros,
Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada.
Asentí y mi padre sonrió.
—¿Y sabes lo mejor? —preguntó.
Negué en silencio.
—La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que
escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca
desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante.
De por vida —explicó mi padre—. Hoy es tu turno.
Por espacio de casi media hora deambulé entre los entresijos de aquel
laberinto que olía a papel viejo, a polvo y a magia. Dejé que mi mano rozase las
avenidas de lomos expuestos, tentando mi elección. Atisbé, entre los títulos
desdibujados por el tiempo, palabras en lenguas que reconocía y decenas de otras
que era incapaz de catalogar. Recorrí pasillos y galerías en espiral pobladas por
cientos, miles de tomos que parecían saber más acerca de mí que yo de ellos. Al
poco, me asaltó la idea de que tras la cubierta de cada uno de aquellos libros se
abría un universo infinito por explorar y de que, más allá de aquellos muros, el
mundo dejaba pasar la vida en tardes de fútbol y seriales de radio, satisfecho con
ver hasta allí donde alcanza su ombligo y poco más. Quizá fue aquel pensamiento,
quizá el azar o su pariente de gala, el destino, pero en aquel mismo instante supe
que ya había elegido el libro que iba a adoptar. O quizá debiera decir el libro que me
iba a adoptar a mí. Se asomaba tímidamente en el extremo de una estantería,
encuadernado en piel de color vino y susurrando su título en letras doradas que
ardían a la luz que destilaba la cúpula desde lo alto. Me acerqué hasta él y acaricié
las palabras con la yema de los dedos, leyendo en silencio.
La Sombra del Viento
Julián CARAX
Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La
decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo
hojeé, dejando aletear sus páginas. Liberado de su celda en el estante, el libro
exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehice mis pasos en
el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal
vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la
seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años,
probablemente desde antes de que yo naciese.
Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi
habitación y decidí leer las primeras líneas de mi nuevo amigo. Antes de darme
cuenta, me había caído dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un
hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y
cuya existencia sólo descubría merced a las últimas palabras que pronunciaba su
madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en
una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una
infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubríamos la sombra
de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus días. A
medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas
muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de sí mismas en su interior.
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Paso a paso, la narración se descomponía en mil historias, como si el relato hubiese
penetrado en una galería de espejos y su identidad se escindiera en docenas de
reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como
un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advertí las
campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a lo lejos. Enterrado en la
luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumergí en un mundo de imágenes y
sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan
reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio
del que no quería escapar. Página a página, me dejé envolver por el sortilegio de la
historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos
cansados se deslizaron por la última página. Me tendí en la penumbra azulada del
alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando
sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta,
pero me resistí a rendirme. No quería perder el hechizo de la historia ni todavía decir
adiós a sus personajes.
En una ocasión oí comentar a un cliente habitual en la librería de mi padre
que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se
abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas
palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen
un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros
leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos
a regresar. Para mí, esas páginas embrujadas siempre serán las que encontré entre
los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.
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DÍAS DE CENIZA
1945-1949
1
Un secreto vale lo que aquellos de quienes tenemos que guardarlo. Al
despertar, mi primer impulso fue hacer partícipe de la existencia del Cementerio de
los Libros Olvidados a mi mejor amigo. Tomás Aguilar era un compañero de
estudios que dedicaba su tiempo libre y su talento a la invención de artilugios
ingeniosísimos pero de escasa aplicación práctica, como el dardo aerostático o la
peonza dinamo. Nadie mejor que Tomás para compartir aquel secreto. Soñando
despierto me imaginaba a mi amigo Tomás y a mí pertrechados ambos de linternas
y brújula prestos a desvelar los secretos de aquella catacumba bibliográfica. Luego,
recordando mi promesa, decidí que las circunstancias aconsejaban lo que en las
novelas de intriga policial se denominaba otro modus operandi. Al mediodía abordé
a mi padre para cuestionarle acerca de aquel libro y de Julián Carax, que en mi
entusiasmo había imaginado célebres en todo el mundo. Mi plan era hacerme con
todas sus obras y leérmelas de cabo a rabo en menos de una semana. Cuál fue mi
sorpresa al descubrir que mi padre, librero de casta y buen conocedor de los
catálogos editoriales, jamás había oído hablar de La Sombra del Viento o de Julián
Carax. Intrigado, mi padre inspeccionó la página con los datos de la edición.
—Según esto, este ejemplar forma parte de una edición de dos mil quinientos
ejemplares impresa en Barcelona, por Cabestany Editores, en diciembre de 1935.
—¿Conoces esa editorial?
—Cerró hace años. Pero la edición original no es ésta, sino otra de
noviembre del mismo año, pero impresa en París... La editorial es Galliano &
Neuval. No me suena.
—Entonces, ¿el libro es una traducción? —pregunté, desconcertado.
—No menciona que lo sea. Por lo que aquí se ve, el texto es original.
—¿Un libro en castellano, editado primero en Francia?
—No será la primera vez, con los tiempos que corren —adujo mi padre—. A
lo mejor Barceló nos puede ayudar...
Gustavo Barceló era un viejo colega de mi padre, dueño de una librería
cavernosa en la calle Fernando que capitaneaba la flor y nata del gremio de libreros
de viejo. Vivía perpetuamente adherido a una pipa apagada que desprendía efluvios
de mercado persa y se describía a sí mismo como el último romántico. Barceló
sostenía que en su linaje había un lejano parentesco con lord Byron, pese a que él
era natural de la localidad de Caldas de Montbuy. Quizá con ánimo de evidenciar
esta conexión, Barceló vestía invariablemente al uso de un dandi decimonónico,
luciendo fular, zapatos de charol blanco y un monóculo sin graduación que según
las malas lenguas no se quitaba ni en la intimidad del retrete. En realidad, el
parentesco más significativo en su haber era el de su progenitor, un industrial que
se había enriquecido por medios más o menos turbios a finales del siglo XIX. Según
me explicó mi padre, Gustavo Barceló estaba, técnicamente, forrado, y lo de la
librería era más pasión que negocio. Amaba los libros sin reserva y, aunque él lo
negaba rotundamente, si alguien entraba en su librería y se enamoraba de un
ejemplar cuyo precio no podía costearse, lo rebajaba hasta donde fuese necesario,
o incluso lo regalaba si estimaba que el comprador era un lector de casta y no un
diletante mariposón. Al margen de estas peculiaridades, Barceló poseía una
memoria de elefante y una pedantería que no desmerecía en porte o sonoridad,
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pero si alguien sabía de libros extraños, era él. Aquella tarde, después de cerrar la
tienda, mi padre sugirió que nos acercásemos hasta el café de Els Quatre Gats en
la calle Montsió, donde Barceló y sus compinches mantenían una tertulia bibliófila
sobre poetas malditos, lenguas muertas y obras maestras abandonadas a merced
de la polilla.
Els Quatre Gats quedaba a tiro de piedra de casa y era uno de mis rincones
predilectos de toda Barcelona. Allí se habían conocido mis padres en el año 32, y yo
atribuía en parte mi billete de ida por la vida al encanto de aquel viejo café.
Dragones de piedra custodiaban la fachada enclavada en un cruce de sombras y
sus farolas de gas congelaban el tiempo y los recuerdos. En el interior, las gentes se
fundían con los ecos de otras épocas. Contables, soñadores y aprendices de genio
compartían mesa con el espejismo de Pablo Picasso, Isaac Albéniz, Federico García
Lorca o Salvador Dalí. Allí, cualquier pelagatos podía sentirse por unos instantes
figura histórica por el precio de un cortado.
—Hombre, Sempere —proclamó Barceló al ver entrar a mi padre—, el hijo
pródigo. ¿A qué se debe el honor?
—El honor se lo debe usted a mi hijo Daniel, don Gustavo, que acaba de
hacer un descubrimiento.
—Pues vengan a sentarse con nosotros, que esta efemérides hay que
celebrarla —proclamó Barceló.
—¿Efemérides? —le susurré a mi padre.
—Barceló se expresa sólo en esdrújulas —respondió mi padre a media
voz—. Tú no digas nada, que se envalentona.
Los contertulios nos hicieron sitio en su círculo y Barceló, que gustaba de
mostrarse espléndido en público, insistió en invitarnos.
—¿Qué edad tiene el mozalbete? —inquirió Barceló, mirándome de reojo.
—Casi once años —declaré. Barceló me sonrió, socarrón.
—O sea, diez. No te pongas años de más, sabandijilla, que ya te los
pondrá la vida.
Varios de los contertulios murmuraron su asentimiento. Barceló hizo
señas a un camarero con aspecto inminente de ser declarado monumento
histórico para que se acercase a tomar nota.
—Un coñac para mi amigo Sempere, del bueno, y para el retoño una
leche merengada, que tiene que crecer. Ah, y traiga unos taquitos de jamón,
pero que no sean como los de antes, ¿eh?, que para caucho ya está la casa
Pirelli —rugió el librero.
El camarero asintió y partió, arrastrando los pies y el alma.
—Lo que yo digo —comentó el librero—. Cómo va a haber trabajo? Si en
este país no se jubila la gente ni después de muerta. Mire usted al Cid. Si es
que no hay remedio.
Barceló saboreó su pipa apagada, su mirada aguileña escrutando con
interés el libro que yo sostenía en las manos. Pese a su fachada farandulera y a
tanta palabrería, Barceló podía oler una buena presa como un lobo huele la
sangre.
—A ver —dijo Barceló, fingiendo desinterés—. ¿Qué me traen ustedes?
Le dirigí una mirada a mi padre. Él asintió. Sin más preámbulo, le tendí el
libro a Barceló. El librero lo tomó con mano experta. Sus dedos de pianista
rápidamente exploraron textura, consistencia y estado. Exhibiendo su sonrisa
florentina, Barceló localizó la página de edición y la inspeccionó con intensidad
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policial por espacio de un minuto. Los demás le observaban en silencio, como si
esperasen un milagro o permiso para respirar de nuevo.
—Carax. Interesante —murmuró con tono impenetrable.
Tendí de nuevo mi mano para recuperar el libro. Barceló arqueó las
cejas, pero me lo devolvió con una sonrisa glacial.
—¿Dónde lo has encontrado, chavalín?
—Es un secreto —repliqué, sabiendo que mi padre debía de estar
sonriendo por dentro.
Barceló frunció el ceño y desvió la mirada hacia mi padre.
—Amigo Sempere, porque es usted y por todo el aprecio que le tengo y
en honor a la larga y profunda amistad que nos une como a hermanos,
dejémoslo en cuarenta duros y no se hable más.
—Eso lo va a tener que discutir con mi hijo —adujo mi padre—. El libro es
suyo.
Barceló me ofreció una sonrisa lobuna.
—¿Qué me dices, muchachete? Cuarenta duros no está mal para una
primera venta... Sempere, este chico suyo hará carrera en este negocio.
Los contertulios le rieron la gracia. Barceló me miró complacido, sacando
su billetero de piel. Contó los cuarenta duros, que para aquel entonces eran
toda una fortuna, y me los tendió. Yo me limité a negar en silencio. Barceló
frunció el ceño.
—Mira que la codicia es pecado mortal de necesidad, ¿eh? —adujo—.
Venga, sesenta duros y te abres una cartilla de ahorro, que a tu edad ya hay
que pensar en el futuro.
Negué de nuevo. Barceló le lanzó una mirada airada a mi padre a través
de su monóculo.
—A mí no me mire —dijo mi padre—. Yo aquí sólo vengo de
acompañarte.
Barceló suspiró y me observó detenidamente. A ver, niño, pero ¿tú qué
es lo que quieres?
—Lo que quiero es saber quién es Julián Carax, y dónde puedo encontrar
otros libros que haya escrito.
Barceló rió por lo bajo y enfundó de nuevo su billetera, reconsiderando a
su adversario.
—Vaya, un académico. Sempere, pero ¿qué le da usted de comer a este
crío? —bromeó.
El librero se inclinó hacia mí con tono confidencial y, por un instante, me
pareció entrever en su mirada un cierto respeto que no había estado allí
momentos atrás.
—Haremos un trato —me dijo—. Mañana domingo, por la tarde, te pasas
por la biblioteca del Ateneo y preguntas por mí. Tú te traes tu libro para que lo
pueda examinar bien, y yo te cuento lo que sé de Julián Carax. Quid pro quo.
—¿Quid pro qué?
—Latín, chaval. No hay lenguas muertas, sino cerebros aletargados.
Parafraseando, significa que no hay duros a cuatro pesetas, pero que me has
caído bien y te voy a hacer un favor.
Aquel hombre destilaba una oratoria capaz de aniquilar las moscas al
vuelo, pero sospeché que si quería averiguar algo sobre Julián Carax, más me
valdría quedar en buenos términos con él. Le sonreí beatíficamente, mostrando
mi deleite con los latinajos y su verbo fácil.
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—Recuerda, mañana, en el Ateneo —sentenció el librero—. Pero trae el
libro, o no hay trato.
—De acuerdo.
La conversación se desvaneció lentamente en el murmullo de los demás
contertulios, derivando hacia la discusión de unos documentos encontrados en
los sótanos de El Escorial que sugerían la posibilidad de que don Miguel de
Cervantes no había sido sino el seudónimo literario de una velluda mujerona
toledana. Barceló, ausente, no participó en el debate bizantino y se limitó a
observarme desde su monóculo con una sonrisa velada. O quizá tan sólo
miraba el libro que yo sostenía en las manos.
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Aquel domingo, las nubes habían resbalado del cielo y las calles yacían
sumergidas bajo una laguna de neblina ardiente que hacía sudar los
termómetros en las paredes. A media tarde, rondando ya los treinta grados,
partí rumbo a la calle Canuda para mi cita con Barceló en el Ateneo con mi libro
bajo el brazo y un lienzo de sudor en la frente. El Ateneo era —y aún es— uno
de los muchos rincones de Barcelona donde el siglo XIX todavía no ha recibido
noticias de su jubilación. La escalinata de piedra ascendía desde un patio
palaciego hasta una retícula fantasmal de galerías y salones de lectura donde
invenciones como el teléfono, la prisa o el reloj de muñeca resultaban
anacronismos futuristas. El portero, o quizá tan sólo fuera una estatua de
uniforme, apenas pestañeó a mi llegada. Me deslicé hasta el primer piso,
bendiciendo las aspas de un ventilador que susurraba entre lectores
adormecidos derritiéndose como cubitos de hielo sobre sus libros y diarios.
La silueta de don Gustavo Barceló se recortaba junto a las cristaleras de
una galería que daba al jardín interior del edificio. Pese a la atmósfera casi
tropical, el librero vestía sus habituales galas de figurín y su monóculo brillaba
en la penumbra como una moneda en el fondo de un pozo. junto a él distinguí
una figura enfundada en un vestido de alpaca blanca que se me antojó un ángel
esculpido en brumas. Al eco de mis pasos, Barceló entornó la mirada y me hizo
un ademán para que me aproximase.
—Daniel, ¿verdad? —preguntó el librero—. ¿Has traído el libro?
Asentí por duplicado y acepté la silla que Barceló me brindaba junto a él
y a su misteriosa acompañante. Durante varios minutos, el librero se limitó a
sonreír plácida mente, ajeno a mi presencia. Al poco abandoné toda esperanza
de que me presentase a quien fuera que fuese la dama de blanco. Barceló se
comportaba como si ella no estuviese allí y ninguno de los dos pudiese verla.
La observé de reojo, temeroso de encontrar su mirada, que seguía perdida en
ninguna parte. Su rostro y sus brazos vestían una piel pálida, casi traslúcida.
Tenía los rasgos afilados, dibujados a trazo firme bajo una cabellera negra que
brillaba como piedra humedecida. Le calculé unos veinte años a lo sumo, pero
algo en su porte y en el modo en que el alma parecía caerle a los pies, como
las ramas de un sauce, me hizo pensar que no tenía edad. Parecía atrapada en
ese estado de perpetua juventud reservado a los maniquíes en los escaparates
de postín. Estaba intentando leerle el pulso bajo aquella garganta de cisne
cuando advertí que Barceló me observaba fijamente.
—Entonces, ¿vas a decirme dónde encontraste ese libro? —preguntó.
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—Lo haría, pero prometí a mi padre guardar el secreto —aduje.
—Ya veo. Sempere y sus misterios —dijo Barceló—. Ya me figuro yo
dónde. Menuda potra has tenido, chaval. A eso le llamo yo encontrar una aguja
en un campo de azucenas. A ver, ¿me lo dejas ver?
Le tendí el libro, y Barceló lo tomó en sus manos con infinita delicadeza.
—Lo has leído, supongo.
—Sí, señor.
—Te envidio. Siempre me ha parecido que el momento para leer a Carax
es cuando todavía se tiene el corazón joven y la mente limpia. ¿Sabías que
ésta fue la última novela que escribió?
Negué en silencio.
—¿Sabes cuántos ejemplares como éste hay en el mercado, Daniel?
—Miles, supongo.
—Ninguno —precisó Barceló—. Excepto el tuyo. El resto fueron
quemados.
—¿Quemados?
Barceló se limitó a ofrecer su sonrisa hermética, pasando hojas del libro y
acariciando el papel como si fuese una seda única en el universo. La dama de
blanco se volvió lentamente. Sus labios esbozaron una sonrisa tímida y
temblorosa. Sus ojos palpaban el vacío, pupilas blancas como el mármol.
Tragué saliva. Estaba ciega.
—Tú no conoces a mi sobrina Clara, ¿verdad? —preguntó Barceló.
Me limité a negar, incapaz de quitar la mirada de aquella criatura con
tez de muñeca de porcelana y ojos blancos, los ojos más tristes que he visto
jamás.
—En realidad, la experta en Julián Carax es Clara, por eso la he traído
—dijo Barceló.
—Es más, pensándolo bien, creo que con vuestro permiso yo me voy a
retirar a otra sala a inspeccionar este volumen mientras vosotros habláis de
vuestras cosas. ¿Os parece?
Le miré, atónito. El librero, pirata hasta la sepultura y ajeno a mis
reservas, se limitó a darme una palmadita en la espalda y partió con mi libro
bajo el brazo.
—Le has impresionado, ¿sabes? —dijo la voz a mi espalda.
Me volví para descubrir la sonrisa leve de la sobrina del librero,
tanteando en el vacío. Tenía la voz de cristal, transparente y tan frágil que me
pareció que sus palabras se quebrarían si la interrumpía a media frase.
—Mi tío me ha dicho que te ofreció una buena suma por el libro de
Carax, pero que tú la rechazaste —añadió Clara—.Te has ganado su respeto.
—Cualquiera lo diría —suspiré.
Observé que Clara ladeaba la cabeza al sonreír y que sus dedos
jugueteaban con un anillo que parecía una guirnalda de zafiros.
—¿Qué edad tienes? —preguntó.
—Casi once años —respondí—. ¿Y usted?
Clara rió ante mi insolente inocencia.
—Casi el doble, pero tampoco es como para que me trates de usted.
—Parece usted más joven —apunté, intuyendo que aquello podía ser
una buena salida a mi indiscreción.
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—Me fiaré de ti entonces, porque yo no sé qué aspecto tengo —repuso,
sin abandonar su sonrisa a media vela—. Pero si te parezco más joven, razón
de más para que me trates de tú.
—Lo que usted diga, señorita Clara.
Observé detenidamente sus manos abiertas como alas sobre su regazo,
su talle frágil insinuándose bajo los pliegues de alpaca, el dibujo de sus
hombros, la extrema palidez de si garganta y el cierre de sus labios, que
hubiera querido acariciar con la yema de los dedos. Nunca antes había tenido
la oportunidad de examinar a una mujer tan de cerca y con tanta precisión sin
temor a encontrarme con su mirada.
—¿Qué miras? —preguntó Clara, no sin cierta malicia.
—Su tío dice que es usted una experta en Julián Carax —improvisé, con
la boca seca.
—Mi tío sería capaz de decir cualquier cosa con tal de pasar un rato a
solas con un libro que le fascine —adujo Clara—. Pero tú debes preguntarte
cómo alguien que está ciego puede ser experto en libros si no los puede leer.
—No se me había ocurrido, la verdad.
—Para tener casi once años no mientes mal. Vigila, o acabarás como mi
tío.
Temiendo meter la pata por enésima vez, me limité a permanecer
sentado en silencio, contemplándola embobado.
—Anda, acércate —dijo ella.
—¿Perdón?
—Acércate sin miedo. No te voy a comer.
Me incorporé de la silla y me aproximé hasta donde Clara estaba
sentada. La sobrina del librero alzó la mano derecha, buscándome a tientas.
Sin saber bien cómo debía proceder, hice otro tanto y le ofrecí mi mano. La
tomó en su mano izquierda, y Clara me ofreció en silencio su derecha.
Comprendí instintivamente lo que me pedía, y la guié hasta mi rostro. Su tacto era
firme y delicado a un tiempo. Sus dedos me recorrieron las mejillas y los pómulos.
Permanecí inmóvil, casi sin atreverme a respirar, mientras Clara leía mis facciones
con sus manos. Mientras lo hacía, sonreía para sí y pude advertir que sus labios se
entrecerraban, como murmurando en silencio. Sentí el roce de sus manos en la
frente, en el pelo y en los párpados. Se detuvo sobre mis labios, dibujándolos en
silencio con el índice y el anular. Los dedos le olían a canela. Tragué saliva, notando
que el pulso se me lanzaba a la brava y agradeciendo a la divina providencia que no
hubiera testigos oculares para presenciar mi sonrojo, que hubiera bastado para
prender un habano a un palmo de distancia.
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Aquella tarde de brumas y llovizna, Clara Barceló me robó el corazón, la
respiración y el sueño. Al amparo de la luz embrujada del Ateneo, sus manos
escribieron en mi piel una maldición que habría de perseguirme durante años.
Mientras yo la contemplaba embelesado, la sobrina del librero me explicó su historia
y cómo ella había tropezado, también por casualidad, con las páginas de Julián
Carax. El accidente había tenido lugar en un pueblo de la Provenza. Su padre,
abogado de prestigio vinculado al gabinete del presidente Companys, había tenido
la clarividencia de enviar a su hija y a su esposa a vivir con su hermana al otro lado
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de la frontera al inicio de la guerra civil. No faltó quien opinase que aquello era una
exageración, que en Barcelona no iba a pasar nada y que en España, cuna y
pináculo de la civilización cristiana, la barbarie era cosa de los anarquistas, y éstos,
en bicicleta y con parches en los calcetines, no podían llegar muy lejos. Los pueblos
no se miran nunca en el espejo, decía siempre el padre de Clara, y menos con una
guerra entre las cejas. El abogado era un buen lector de la historia y sabía que el
futuro se leía en las calles, las factorías y los cuarteles con más claridad que en la
prensa de la mañana. Durante meses les escribió todas las semanas. Al principio lo
hacía desde el bufete de la calle Diputación, luego sin remite y, finalmente, a
escondidas, desde una celda en el castillo de Montjuïc donde, como a tantos, nadie
le vio entrar y de donde nunca volvió a salir.
La madre de Clara leía las cartas en voz alta, disimulando mal el llanto y
saltándose los párrafos que su hija intuía sin necesidad de leerlos. Más tarde, a
medianoche, Clara convencía a su prima Claudette para que le leyese de nuevo las
cartas de su padre en su integridad. Así era cómo Clara leía, con ojos de prestado.
Nadie la vio nunca derramar una lágrima, ni cuando dejaron de recibir
correspondencia del abogado ni cuando las noticias de la guerra hicieron suponer lo
peor.
—Mi padre sabía desde el principio lo que iba a pasar —explicó Clara—.
Permaneció al lado de sus amigos porque pensaba que ésa era su obligación. Le
mató la lealtad a gentes que, cuando les llegó la hora, le traicionaron. Nunca te fíes
de nadie, Daniel, especialmente de la gente a la que admiras. Ésos son los que te
pegarán las peores puñaladas.
Clara pronunciaba estas palabras con una dureza que parecía forjada en
años de secreto y sombra. Me perdí en su mirada de porcelana, ojos sin lágrimas ni
engaños, escuchándola hablar de cosas que por entonces yo no entendía. Clara
describía personas, escenarios y objetos que nunca había visto con sus propios
ojos con un detalle y una precisión de maestro de la escuela flamenca. Su idioma
eran las texturas y los ecos, el color de las voces, el ritmo de los pasos. Me explicó
cómo, durante los años del exilio en Francia, ella y su prima Claudette habían
compartido un tutor y maestro particular, un cincuentón borrachín con ínfulas de
literato que alardeaba de poder recitar la Eneida de Virgilio en latín sin acento y al
que habían apodado como Monsieur Roquefort en virtud del peculiar aroma que su
persona destilaba pese a los baños romanos de colonia y perfume con que
adobaba su pantagruélica persona. Monsieur Roquefort, pese a sus notables
peculiaridades (entre las que destacaba una firme y militante convicción de que el
embutido y en particular las morcillas que Clara y su madre recibían de los
parientes de España eran mano de santo para la circulación y el mal de gota), era
hombre de gustos refinados. Desde joven viajaba a París una vez al mes para
enriquecer su acervo cultural con las últimas novedades literarias, visitar museos
y, se rumoreaba, pasar una noche de asueto en brazos de una nínfula a la que
había bautizado como madame Bovary pese a que se llamaba Hortense y tenía
cierta propensión al vello facial. En sus excursiones culturales, Monsieur Roquefort
solía frecuentar un puesto de libros usados apostado frente a Notre-Dame y fue
allí donde, por casualidad, se tropezó una tarde de 1929 con una novela de un
autor desconocido, un tal Julián Carax. Siempre abierto a las novedades, Monsieur
Roquefort adquirió el libro más que nada porque el título le resultaba sugerente y
él siempre acostumbraba a leer algo ligero en el tren de vuelta. La novela llevaba
por título La casa roja, y en la contraportada aparecía una imagen borrosa del
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autor, quizá una fotografía o un apunte al carbón. Según el texto biográfico, Julián
Carax era un joven de veintisiete años que había nacido con el siglo en la ciudad
de Barcelona y ahora vivía en París, escribía en francés y ejercía profesionalmente
como pianista nocturno en un local de alterne. El texto de la sobrecubierta,
pomposo y apolillado al gusto de la época, proclamaba en prosa prusiana que
aquélla era la primera obra de un valor deslumbrante, un talento proteico e insigne,
promesa de futuro para las letras europeas sin parangón en el mundo de los vivos.
Con todo, la sinopsis referida a continuación daba a entender que la historia
contenía elementos vagamente siniestros y de tono folletinesco, lo cual a ojos de
Monsieur Roquefort siempre era un punto a favor, porque a él, después de los
clásicos, lo que más le gustaba eran las intrigas de crimen y alcoba.
La casa roja relataba la atormentada vida de un misterioso individuo que
asaltaba jugueterías y museos para robar muñecos y títeres, a los que
posteriormente arrancaba los ojos y llevaba a su vivienda, un fantasmal
invernadero abandonado a orillas del Sena. Al irrumpir una noche en una mansión
suntuosa de la avenue Foix para diezmar la colección privada de muñecos de un
magnate enriquecido a través de turbias artimañas durante la revolución industrial,
su hija, una señorita de la buena sociedad parisina, muy leída y fina ella, se
enamoraba del ladrón. A medida que avanzaba el tortuoso romance, plagado de
incidencias escabrosas y episodios a media luz, la heroína desentrañaba el
misterio que llevaba al enigmático protagonista, que nunca revelaba su nombre, a
cegar a los muñecos, descubría un horrible secreto sobre su propio padre y su
colección de figuras de porcelana y se hundía inevitablemente en un final de
tragedia gótica sin cuento.
Monsieur Roquefort, que era un corredor de fondo en las lides literarias y
que se enorgullecía de poseer una amplia colección de cartas firmadas por todos
los editores de París rechazando los tomos de verso y prosa que él les enviaba sin
tregua, identificó la editorial que había publicado la novela como una casa del tres
al cuarto, conocida, si acaso, por sus tomos de cocina, costura y otras artes del
hogar. El dueño del puesto de libros usados le contó que la novela había salido
apenas y que había conseguido arrancar un par de reseñas en dos diarios de
provincias, junto a las notas necrológicas. En pocas líneas, los críticos se habían
despachado a gusto y habían recomendado al novel Carax que no dejase su
empleo de pianista, porque en la literatura estaba claro que no iba a dar la nota.
Monsieur Roquefort, a quien se le ablandaba el corazón y el bolsillo ante las
causas perdidas, decidió invertir medio franco y se llevó la novela del tal Carax
junto con una edición exquisita del gran maestro, de quien se sentía heredero por
reconocer, Gustave Flaubert.
El tren a Lyon iba repleto hasta los topes y Monsieur Roquefort no tuvo más
remedio que compartir su cabina de segunda clase con un par de religiosas que,
tan pronto dejaron atrás la estación de Austerlitz, no cesaron de lanzarle miradas
de reprobación, murmurando por lo bajo. Ante semejante escrutinio, el maestro
optó por rescatar aquella novela de su cartera y parapetarse tras sus páginas.
Cuál fue su sorpresa cuando, cientos de kilómetros más tarde, descubrió que
había olvidado a las hermanas, el vaivén del tren y el paisaje que se deslizaba
como un mal sueño de los hermanos Lumiére tras las ventanas del tren. Leyó toda
la noche, ajeno a los ronquidos de las religiosas y a las estaciones fugaces en la
niebla. Girando la última página al despuntar el alba, Monsieur Roquefort
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descubrió que tenía lágrimas en los ojos y el corazón envenenado de envidia y
asombro.
Aquel mismo lunes, Monsieur Roquefort llamó a la editorial de París para
solicitar información sobre el tal Julián Carax. Tras mucha insistencia, una
telefonista de tono asmático y disposición virulenta le respondió que el señor
Carax no tenía dirección conocida, que de todos modos ya no estaba en tratos con
la editorial en cuestión y que la novela La casa roja había vendido exactamente
setenta y siete ejemplares desde el día de su publicación, presumiblemente
adquiridos en su mayoría por las señoritas de virtud fácil y otros habituales del
local donde el autor desgranaba nocturnos y polonesas por unas monedas. El
resto de ejemplares habían sido devueltos y transformados en pasta de papel para
imprimir misales, multas y billetes de lotería. La mísera fortuna del misterioso autor
acabó por conquistar las simpatías de Monsieur Roquefort. Durante los siguientes
diez años, en cada una de sus visitas a París, recorrería librerías de viejo en busca
de más obras de Julián Carax. Nunca encontró ninguna. Casi nadie había oído
hablar del autor, y a los que les sonaba, poco sabían. Había quien afirmaba que
había publicado algunos libros más, siempre en editoriales de poca monta y con
tirajes irrisorios. Esos libros, si realmente existían, eran imposibles de encontrar.
Un librero afirmó una vez haber tenido en sus manos un ejemplar de una novela
de Julián Carax llamada El ladrón de catedrales pero de eso hacía ya tiempo y no
estaba del todo seguro. A finales (le 1935 le llegaron noticias de que una nueva
novela de Julián Carax, La Sombra del Viento, había sido publicada por una
pequeña editorial de París. Escribió a la editorial para adquirir varios ejemplares.
Nunca recibió contestación. Al año siguiente, en la primavera del 36, su antiguo
amigo en el puesto de libros en la orilla sur del Sena le preguntó si seguía
interesado en Carax. Monsieur Roquefort afirmó que él nunca se rendía. Era ya
cuestión de tozudez: si el mundo se empeñaba en enterrar a Carax en el olvido, a
él no le daba la gana de pasar por el aro. Su amigo le explicó que semanas atrás
había circulado un rumor acerca de Carax. Parecía que por fin su suerte había
cambiado. Iba a contraer matrimonio con una dama de buena posición y había
publicado una nueva novela después de varios años de silencio que, por primera
vez, había recibido una reseña favorable en Le Monde. Pero justo cuando parecía
que los vientos iban a cambiar de rumbo, explicó el librero, Carax se había visto
complicado en un duelo en el cementerio de Pére Lachaise. Las circunstancias
que rodearon este suceso no estaban claras. Cuanto se sabía era que el duelo
había tenido lugar al alba del día en que Carax tenía que contraer matrimonio, y
que el novio nunca se presentó en la iglesia.
Había opiniones para todos los gustos: unos le hacían muerto en aquel
duelo y su cadáver abandonado en una tumba anónima; otros, más optimistas,
preferían creer que Carax, complicado en algún asunto turbio, había tenido que
abandonar a su prometida en el altar y huir de París para regresar a Barcelona. La
tumba sin nombre nunca fue encontrada y poco después había circulado otra
versión: Julián Carax, perseguido por la desgracia, había muerto en su ciudad
natal en la más absoluta de las miserias. Las chicas del burdel donde tocaba el
piano habían hecho una colecta para pagarle un entierro decente. Cuando llegó el
giro, el cadáver ya había sido enterrado en una fosa común, junto con los cuerpos
de mendigos y gente sin nombre que aparecían flotando en el puerto o que morían
de frío en la escalera del metro.
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Aunque sólo fuese por llevar la contraria, Monsieur Roquefort no olvidó a
Carax. Once años después de haber descubierto La casa roja, decidió prestar la
novela a sus dos alumnas con la esperanza de que tal vez aquel extraño libro las
animase a adquirir el hábito de la lectura. Clara y Claudette eran por entonces dos
quinceañeras con las venas ardiendo de hormonas y con el mundo guiñándoles el
ojo desde las ventanas de la sala de estudio. Pese a los esfuerzos de su tutor,
hasta el momento habían demostrado ser inmunes al encanto de los clásicos, las
fábulas de Esopo o el verso inmortal de Dante Alighieri. Monsieur Roquefort,
temiendo que su contrato fuese rescindido al descubrir la madre de Clara que sus
labores docentes estaban formando dos analfabetas con la cabeza llena de
pájaros, optó por pasarles la novela de Carax con el pretexto de que era una
historia de amor de las que hacían llorar a moco tendido, lo cual era una verdad a
medias.
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—Jamás me había sentido atrapada, seducida y envuelta por una historia
como la que narraba aquel libro —explicó Clara—. Hasta entonces para mí las
lecturas eran una obligación, una especie de multa a pagar a maestros y tutores
sin saber muy bien para qué. No conocía el placer de leer, de explorar puertas que
se te abren en el alma, de abandonarse a la imaginación, a la belleza y al misterio
de la ficción y del lenguaje. Todo eso para mí nació con aquella novela. ¿Has
besado alguna vez a una chica, Daniel?
Se me atragantó el cerebelo y la saliva se me transformó en serrín.
—Bueno, eres muy joven todavía. Pero es esa misma sensación, esa chispa
de la primera vez que no se olvida. Éste es un mundo de sombras, Daniel, y la
magia es un bien escaso. Aquel libro me enseñó que leer podía hacerme vivir más
y más intensamente, que podía devolverme la vista que había perdido. Sólo por
eso, aquel libro que a nadie importaba cambió mi vida.
Llegado a este punto, yo había quedado reducido a pasmarote, a merced de
aquella criatura cuyas palabras y cuyos encantos no tenía yo modo, ni ganas, de
resistir. Deseé que nunca dejase de hablar, que su voz me envolviese para
siempre y que su tío no regresara jamás a quebrar aquel instante que me
pertenecía sólo a mí.
—Durante años busqué otros libros de Julián Carax —continuó Clara—.
Preguntaba en bibliotecas, en librerías, en escuelas... siempre en vano. Nadie
había oído hablar de él o de sus libros. No podía entenderlo. Más adelante llegó a
oídos de Monsieur Roquefort una extraña historia acerca de un individuo que se
dedicaba a recorrer librerías y bibliotecas en busca de obras de Julián Carax y
que, si las encontraba, las compraba, robaba o conseguía por cualquier medio;
acto seguido les prendía fuego. Nadie sabía quién era, ni por qué lo hacía. Un
misterio más que sumar al propio enigma de Carax. Con el tiempo, mi madre
decidió que quería regresar a España. Estaba enferma y su hogar y su mundo
siempre habían sido Barcelona. Secretamente, yo albergaba la esperanza de
poder averiguar algo sobre Carax aquí, puesto que al fin y al cabo Barcelona había
sido la ciudad donde había nacido y donde había desaparecido para siempre al
principio de la guerra. Lo único que encontré fueron vías muertas, y eso contando
con la ayuda de mi tío. A mi madre, en su propia búsqueda, le ocurrió otro tanto.
La Barcelona que encontró a su regreso ya no era la que había dejado atrás. Se
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encontró con una ciudad de tinieblas, en la que mi padre ya no vivía, pero que
seguía embrujada por su recuerdo y su memoria en cada rincón. Como si no le
bastase con aquella desolación, se empeñó en contratar a un individuo para que
averiguase qué había sido exactamente de mi padre. Tras meses de
investigaciones, todo lo que el investigador consiguió recuperar fue un reloj de
pulsera roto y el nombre del hombre que había matado a mi padre en los fosos del
castillo de Montjuïc. Se llamaba Fumero, Javier Fumero. Nos dijeron que este
individuo, y no era el único, había empezado como pistolero a sueldo de la FAI y
había flirteado con anarquistas, comunistas y fascistas, engañándolos a todos,
vendiendo sus servicios al mejor postor y que, tras la caída de Barcelona, se había
pasado al bando vencedor e ingresado en el cuerpo de policía. Hoy es un
inspector famoso y condecorado. A mi padre no le recuerda nadie. Como puedes
imaginarte, mi madre se apagó en apenas unos meses. Los médicos dijeron que
era el corazón, y yo creo que por una vez acertaron. A la muerte de mi madre me
fui a vivir con mi tío Gustavo, que era el único pariente que le quedaba a mi madre
en Barcelona. Yo le adoraba, porque siempre me traía libros de regalo cuando
venía a visitarnos. Él ha sido mi única familia, y mi mejor amigo, todos estos años.
Aunque le veas así, un poco arrogante, en realidad tiene el alma de pan bendito.
Todas las noches sin falta, aunque se caiga de sueño, me lee un rato.
—Si quiere usted, yo podría leer para usted —apunté solícito,
arrepintiéndome al instante de mi osadía, convencido de que para Clara mi
compañía sólo podía suponer un engorro, cuando no un chiste.
—Gracias, Daniel —repuso ella—. Me encantaría.
—Cuando usted quiera.
Asintió lentamente, buscándome con su sonrisa.
—Lamentablemente, no conservo aquel ejemplar de La casa roja —dijo—.
Monsieur Roquefort se negó a desprenderse de él. Podría intentar contarte el
argumento, pero sería como describir una catedral diciendo que es un montón
de piedras que acaban en punta.
—Estoy seguro de que usted lo contaría mucho mejor que eso —
murmuré.
Las mujeres tienen un instinto infalible para saber cuándo un hombre se
ha enamorado de ellas perdidamente, especialmente si el varón en cuestión es
tonto de capirote y menor de edad. Yo cumplía todos los requisitos para que
Clara Barceló me enviase a paseo, pero preferí creer que su condición de
invidente me garantizaba cierto margen de seguridad y que mi crimen, mi total y
patética devoción por una mujer que me doblaba en edad, inteligencia y
estatura, permanecería en la sombra. Me preguntaba qué podía ella ver en mí
como para ofrecerme su amistad, sino acaso un pálido reflejo de ella misma, un
eco de soledad y pérdida. En mis sueños de colegial siempre seríamos dos
fugitivos cabalgando a lomos de un libro, dispuestos a escaparse a través de
mundos de ficción y sueños de segunda mano.
Cuando Barceló regresó arrastrando una sonrisa felina habían pasado
dos horas que a mí me habían sabido a dos minutos El librero me tendió el libro
y me guiñó el ojo.
—Míralo bien, albondiguilla, que luego no quiero que me vengas con que
te he pegado el cambiazo, ¿eh?
—Me fío de usted —apunté.
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—Valiente bobada. Al último interfecto que me vino con eso (turista
yanqui él, convencido de que la fabada la había inventado Hemingway en los
San Fermines) le ven di un Fuenteovejuna firmado por Lope de Vega a
bolígrafo, fíjate tú, así que ándate con ojo, que en este negocio de los libros no
te puedes fiar ni del índice.
Anochecía cuando salimos de nuevo a la calle Canuda. Una brisa fresca
peinaba la ciudad, y Barceló se quitó el gabán para ponérselo sobre los
hombros a Clara. No viendo oportunidad más idónea en ciernes, dejé caer
como quien no quiere la cosa que si les parecía bien, podía pasarme al día
siguiente por su domicilio a leer en voz alta algunos capítulos de La Sombra del
Viento para Clara. Barceló me miró de reojo y soltó una carcajada seca a mi
costa.
—Chaval, que te embalas —masculló, aunque su tono delataba su
beneplácito.
—Bueno, si no les va bien, quizá otro día o...
—Clara tiene la palabra —dijo el librero—. En el piso ya tenemos siete
gatos y dos cacatúas. No vendrá de una alimaña más o menos.
—Te espero entonces mañana a eso de las siete —concluyó Clara—.
¿Sabes la dirección?
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Hubo un tiempo, de niño, en que quizá por haber crecido rodeado de
libros y libreros, decidí que quería ser novelista y llevar una vida de melodrama
La raíz de mi ensoñación literaria, además de esa maravillosa simplicidad con
que todo se ve a los cinco años, era una prodigiosa pieza de artesanía y precisión
que estaba expuesta en una tienda de plumas estilográficas en la calle de
Anselmo Clavé, justo detrás del Gobierno Militar. El objeto de mi devoción, una
suntuosa pluma negra ribeteada con sabía Dios cuántas exquisiteces y rúbricas,
presidía el escaparate como si se tratase de una de las joyas de la corona. El
plumín, un prodigio en sí mismo, era un delirio barroco de plata, oro y mil pliegues
que relucía como el faro de Alejandría. Cuando mi padre me sacaba de paseo, yo
no callaba hasta que me llevaba a ver la pluma. Mi padre decía que aquélla debía
de ser, por lo menos, la pluma de un emperador. Yo, secretamente, estaba
convencido de que con semejante maravilla se podía escribir cualquier cosa,
desde novelas hasta enciclopedias, e incluso cartas cuyo poder tenía que estar por
encima de cualquier limitación postal. En mi ingenuidad, creía que lo que yo
pudiese escribir con aquella pluma llegaría a todas partes, incluido aquel sitio
incomprensible al que mi padre decía que mi madre había ido y del que no volvía
nunca.
Un día se nos ocurrió entrar en la tienda a preguntar por el dichoso artilugio.
Resultó ser que aquélla era la reina de las estilográficas, una Montblanc
Meinsterstück de serie numerada, que había pertenecido, o eso aseguraba el
encargado con solemnidad, nada menos que a Víctor Hugo. De aquel plumín de
oro, fuimos informados, había brotado el manuscrito de Los miserables.
—Tal y como el Vichy Catalán brota del manantial de Caldas —atestiguó el
encargado.
Según nos dijo, la había adquirido personalmente a un coleccionista venido
de París y se había asegurado de la autenticidad de la pieza.
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—¿Y qué precio tiene este caudal de prodigios, si no es mucho preguntar?
—inquirió mi padre.
La sola mención de la cifra le quitó el color de la cara, pero yo estaba ya
encandilado de remate. El encargado, tomándonos quizá por catedráticos de
física, procedió a endosarnos un galimatías incomprensible sobre las aleaciones
de metales preciosos, esmaltes del Lejano Oriente y una revolucionaria teoría
sobre émbolos y vasos comunicantes, todo ello parte de la ignota ciencia teutona
que sostenía el trazo glorioso de aquel adalid de la tecnología gráfica. En su favor
tengo que decir que, pese a que debíamos tener pinta de pelagatos, el encargado
nos dejó manosear la pluma cuanto quisimos, la llenó de tinta para nosotros y me
ofreció un pergamino para que pudiese anotar mi nombre y así iniciar mi carrera
literaria a la zaga de Víctor Hugo. Luego, tras darle con un paño para sacarle de
nuevo el lustre, la devolvió a su trono de honor.
—Quizá otro día —musitó mi padre.
Una vez en la calle, me dijo con voz mansa que no nos podíamos permitir
su precio. La librería daba lo justo para mantenernos y enviarme a un buen
colegio. La pluma Montblanc del augusto Víctor Hugo tendría que esperar. Yo no
dije nada, pero mi padre debió de leer la decepción en mi rostro.
—Haremos una cosa —propuso—. Cuando ya tengas edad de empezar a
escribir, volvemos y la compramos.
—¿Y si se la llevan antes?
—Ésta no se la lleva nadie, créeme. Y si no, le pedimos a don Federico que
nos haga una, que ese hombre tiene las manos de oro.
Don Federico era el relojero del barrio, cliente ocasional de la librería y
probablemente el hombre más educado y cortés de todo el hemisferio occidental.
Su reputación de manitas llegaba desde el barrio de la Ribera hasta el mercader
del Ninot Otra reputación le acechaba, ésta de índole menos decorosa y relativa
a su predilección erótica por efebos musculados del lumpen más viril y a cierta
afición por vestirse de Estrellita Castro.
—¿Y si a don Federico no se le da lo de la pluma? —inquirí con divina
inocencia.
Mi padre enarcó una ceja, quizá temiendo que aquellos rumores
maledicentes me hubiesen maleado la inocencia.
—Don Federico de todo lo que sea alemán entiende un rato y es capaz
de hacer un Volkswagen, si hace falta. Además, habría que ver si ya existían
las estilográficas en tiempos de Víctor Hugo. Hay mucho vivo suelto.
A mí, el escepticismo historicista de mi padre me resbalaba. Yo creía la
leyenda a pies juntillas, aunque no veía con malos ojos que don Federico me
fabricase un sucedáneo. Tiempo habría para ponerse a la altura de Víctor
Hugo. Para mi consuelo, y tal como había predicho mi padre, la pluma
Montblanc permaneció durante años en aquel escaparate, que visitábamos
religiosamente cada sábado por la mañana.
—Aún esta ahí —decía yo, maravillado.
—Te espera —decía mi padre—. Sabe que algún día será tuya y que
escribirás una obra maestra con ella.
—Yo quiero escribir una carta. A mamá. Para que no se sienta sola.
Mi padre me observó sin pestañear.
—Tu madre no está sola, Daniel. Está con Dios. Y con nosotros, aunque
no podamos verla.
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Esa misma teoría me había expuesto en el colegio el padre Vicente, un
jesuita veterano que tenía la mano rota para explicar todos los misterios del
universo —desde el gramófono hasta el dolor de muelas— citando el Evangelio
según san Mateo, pero en boca de mi padre sonaba a que aquello no se lo
creían ni las piedras.
—¿Y Dios para qué la quiere?
—No lo sé. Si algún día le vemos, se lo preguntaremos.
Con el tiempo deseché la idea de la carta y supuse que, ya puestos, sería
más práctico empezar con la obra maestra. A falta de la pluma, mi padre me
prestó un lápiz Staedtler del número dos con el que garabateaba en un
cuaderno. Mi historia, casualmente, giraba en torno a una prodigiosa pluma
estilográfica de pasmoso parecido con la de la tienda y que, además, estaba
embrujada. Más concretamente, la pluma estaba poseída por el alma torturada
de un novelista que había muerto de hambre y frío, y que había sido su dueño.
Al caer en manos de un aprendiz, la pluma se empeñaba en plasmar en el
papel la última obra que el autor no había podido terminar en vida. No recuerdo
de dónde la copié o de dónde vino, pero lo cierto es que nunca volví a tener una
idea semejante. Mis intentos de plasmarla en la página, sin embargo, resultaron
desastrosos. Una anemia de invención plagaba mi sintaxis y mis vuelos
metafóricos me recordaban a los de los anuncios de baños efervescentes para
pies que acostumbraba a leer en las paradas de los tranvías. Yo culpaba al
lápiz y ansiaba la pluma que habría de convertirme en un maestro. Mi padre
seguía mis accidentados progresos con una mezcla de orgullo y preocupación.
—¿Qué tal tu historia, Daniel?
—No sé. Supongo que si tuviese la pluma todo sería distinto.
Según mi padre, aquél era un razonamiento que sólo se le podría haber
ocurrido a un literato en ciernes.
—Tú sigue dándole, que antes de que termines tu opera prima, yo te la
compro.
—¿Lo prometes?
Siempre respondía con una sonrisa. Para fortuna de mi padre, mis
aspiraciones literarias pronto se desvanecieron y quedaron relegadas al terreno de
la oratoria. A ello contribuyó el descubrimiento de los juguetes mecánicos y de todo
tipo de artilugios de latón que se podían encontrar en el mercado de Los Encantes a
precios más acordes con nuestra economía familiar. La devoción infantil es amante
infiel y caprichosa, y pronto sólo tuve ojos para los mecanos y los barcos de cuerda.
No volví a pedirle a mi padre que me llevase a visitar la pluma de Víctor Hugo, y él
no volvió a mencionarla. Aquel mundo parecía haberse esfumado para mí, pero
durante mucho tiempo la imagen que tuve de mi padre, y que aún hoy conservo, fue
la de aquel hombre flaco enfundado en un traje viejo que le venía grande y con un
sombrero de segunda mano que había comprado en la calle Condal por siete
pesetas, un hombre que no podía permitirse regalarle a su hijo una dichosa pluma
que no servía para nada pero que parecía significarlo todo. Aquella noche, a mi
regreso del Ateneo, le encontré esperándome en el comedor, luciendo aquella
misma cara de derrota y anhelo.
—Ya pensaba que te habías perdido por ahí —dijo—. Llamó Tomás Aguilar.
Dice que habíais quedado. ¿Te olvidaste?
—Barceló, que se enrolla como una persiana —dije yo, asintiendo—. Ya no
sabía cómo quitármelo de encima.
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—Es buen hombre, pero un poco plomo. Tendrás hambre. La Merceditas nos
ha bajado algo de sopa que había hecho para su madre. Esa muchacha vale un
montón.
Nos sentamos a la mesa a degustar la limosna de la Merceditas, la hija de la
vecina del tercero, que según todos iba para monja y santa, pero a la que yo había
visto más de un par de veces asfixiando a besos a un marinero de manos hábiles
que a veces la acompañaba hasta el portal.
—Esta noche tienes aire meditabundo —dijo mi padre, buscando la
conversación.
—Será la humedad, que dilata el cerebro. Eso dice Barceló.
—Será algo más. ¿Te preocupa algo, Daniel?
—No. Sólo pensaba.
—¿En qué?
—En la guerra.
Mi padre asintió con gesto sombrío y sorbió su sopa en silencio. Era un
hombre reservado y, aunque vivía en el pasado, casi nunca lo mencionaba. Yo
había crecido en el convencimiento de que aquella lenta procesión de la posguerra,
un mundo de quietud, miseria y rencores velados, era tan natural como el agua del
grifo, y que aquella tristeza muda que sangraba por las paredes de la ciudad herida
era el verdadero rostro de su alma. Una de las trampas de la infancia es que no
hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de
entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas.
Aquella noche primeriza de verano, caminando por ese anochecer oscuro y
traicionero de Barcelona, no conseguía borrar de mi pensamiento el relato de Clara
en torno a la desaparición de su padre. En mi mundo, la muerte era una mano
anónima e incomprensible, un vendedor a domicilio que se llevaba madres,
mendigos o vecinos nonagenarios como si se tratase de una lotería del infierno. La
idea de que la muerte pudiera caminar a mi lado, con rostro humano y corazón
envenenado de odio, luciendo uniforme o gabardina, que hiciese cola en el cine,
riese en los bares o llevase a los niños de paseo al parque de la Ciudadela por la
mañana y por la tarde hiciese desaparecer a alguien en las mazmorras del castillo
de Montjuïc, o en una fosa común sin nombre ni ceremonial, no me cabía en la
cabeza. Dándole vueltas, se me ocurrió que tal vez aquel universo de cartón
piedra que yo daba por bueno no fuese más que un decorado. En aquellos años
robados, el fin de la infancia, como la Renfe, llegaba cuando llegaba.
Compartimos aquella sopa de caldo de sobras con pan, rodeados por el
murmullo pegajoso de los seriales de radio que se colaban a través de las
ventanas abiertas a la plaza de la iglesia.
—Entonces, ¿qué tal todo hoy con don Gustavo?
—Conocí a su sobrina, Clara.
—¿La ciega? Dicen que es una belleza.
—No sé. Yo no me fijo.
—Más te vale.
—Les dije que a lo mejor me pasaba mañana por su casa, al salir del
colegio, para leerle algo a la pobre, que está muy sola. Si tú me das permiso.
Mi padre me examinó de reojo, como si se preguntase si estaba él
envejeciendo prematuramente o yo creciendo demasiado rápido. Decidí cambiar
de tema, y el único que pude encontrar era el que me consumía las entrañas.
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—En la guerra, ¿es verdad que se llevaban a la gente al castillo de Montjuïc
y no se les volvía a ver?
Mi padre apuró la cucharada de sopa sin inmutarse y me miró
detenidamente, la sonrisa breve resbalándole de los labios.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Barceló?
—No. Tomás Aguilar, que a veces cuenta historias en el colegio.
Mi padre asintió lentamente
—En tiempos de guerra ocurren cosas que son muy difíciles de explicar,
Daniel. Muchas veces, ni yo sé lo que significan de verdad. A veces es mejor dejar
las cosas como están.
Suspiró y sorbió la sopa sin ganas. Yo le observaba, callado.
—Antes de morir, tu madre me hizo prometer que nunca te hablaría de la
guerra, que no dejaría que recordases nada de lo que sucedió.
No supe qué contestar. Mi padre entornó la mirada, como si buscase algo
en el aire. Miradas o silencios, o quizá a mi madre para que corroborase sus
palabras.
—A veces pienso que me he equivocado al hacerle caso. No lo sé.
—Es igual, papa...
—No, no es igual, Daniel. Nada es igual después de una guerra. Y sí, es
cierto que hubo mucha gente que entró en ese castillo y nunca salió.
Nuestras miradas se encontraron brevemente. Al poco, mi padre se levantó
y se refugió en su habitación, herido de silencio. Retiré los platos y los deposité en
la pequeña pila de mármol de la cocina para fregarlos. Al volver al salón, apagué
la luz y me senté en el viejo butacón de mi padre. El aliento de la calle aleteaba en
las cortinas. No tenía sueño, ni ganas de tentarlo. Me acerqué al balcón y me
asomé hasta ver el reluz vaporoso que vertían las farolas en la Puerta del Ángel.
La figura se recortaba en un retazo de sombra tendido sobre el empedrado de la
calle, inerte. El tenue parpadeo ámbar de la brasa de un cigarrillo se reflejaba en
sus ojos. Vestía de oscuro, una mano enfundada en el bolsillo de la chaqueta, la
otra acompañando al cigarro que tejía una telaraña de humo azul en torno a su
perfil. Me observaba en silencio, el rostro velado al contraluz del alumbrado de la
calle. Permaneció allí por espacio de casi un minuto fumando con abandono, la
mirada fija en la mía. Luego, al escucharse las campanadas de medianoche en la
catedral, la figura hizo un leve asentimiento con la cabeza, un saludo tras el cual
intuí una sonrisa que no podía ver. Quise corresponder, pero me había quedado
paralizado. La figura se volvió y le vi alejarse cojeando ligeramente. Cualquier otra
noche apenas hubiese reparado en la presencia de aquel extraño, pero tan pronto
le perdí de vista en la neblina sentí un sudor frío en la frente y me faltó el aliento.
Había leído una descripción idéntica de aquella escena en La Sombra del Viento.
En el relato, el protagonista se asomaba todas las noches al balcón a medianoche
y descubría que un extraño le observaba desde las sombras, fumando con
abandono. Su rostro siempre quedaba velado en la oscuridad y sólo sus ojos se
insinuaban en la noche, ardiendo como brasas. El extraño permanecía allí, con la
mano derecha enfundada en el bolsillo de una chaqueta negra, para luego
alejarse, cojeando. En la escena que yo acababa de presenciar, aquel extraño
hubiera podido ser cualquier trasnochador, una figura sin rostro ni identidad. En la
novela de Carax, aquel extraño era el diablo.
22
6
Un sueño espeso de olvido y la perspectiva de que aquella tarde volvería a
ver a Clara me persuadieron de que la visión no había sido más que una
casualidad. Quizá aquel inesperado brote de imaginación febril fuera sólo presagio
del prometido y ansiado estirón que, según todas las vecinas de la escalera, iba a
hacer de mí un hombre, si no de provecho, al menos de buena planta. A las siete
en punto, vistiendo mis mejores galas y destilando vapores de colonia Varón
Dandy que había tomado prestada de mi padre, me planté en la vivienda de don
Gustavo Barceló dispuesto a estrenarme como lector a domicilio y moscón de
salón. El librero y su sobrina compartían un piso palaciego en la plaza Real. Una
criada de uniforme, cofia y una vaga expresión de legionario me abrió la puerta
con reverencia teatral.
—Usted debe de ser el señorito Daniel —dijo—. Yo soy la Bernarda, para
servirle a usted.
La Bernarda afectaba un tono ceremonioso que navegaba con acento
cacereño cerrado a cal y canto. Con pompa y circunstancia, la Bernarda me guió a
través de la residencia de los Barceló. El piso, un principal, rodeaba la finca y
describía un círculo de galerías, salones y pasillos que a mí, acostumbrado a la
modesta vivienda familiar en la calle Santa Ana, me semejaba una miniatura de El
Escorial. A la vista estaba que don Gustavo, amén de libros, incunables y todo tipo
de arcana bibliografía, coleccionaba estatuas, cuadros y retablos, por no decir
abundante fauna y flora. Seguí a la Bernarda a través de una galería rebosante de
follaje y especímenes del trópico que constituían un verdadero invernadero. El
acristalado de la galería tamizaba una luz dorada de polvo y vapor. El aliento de
un piano flotaba en el aire, lánguido y arrastrando las notas con desabrigo. La
Bernarda se abría paso entre la espesura blandiendo sus brazos de descargador
portuario a modo de machetes. Yo la seguía de cerca, estudiando el entorno y
reparando en la presencia de media docena de felinos y un par de cacatúas de
color rabioso y tamaño enciclopédico a las que, según me explicó la criada,
Barceló había bautizado como Ortega y Gasset, respectivamente. Clara me
esperaba en un salón al otro lado de este bosque que miraba sobre la plaza.
Enfundada en un vaporoso vestido de algodón azul turquesa, el objeto de mis
turbios anhelos tocaba el piano al amparo de un soplo de luz que se prismaba
desde el rosetón. Clara tocaba mal, a destiempo y equivocando la mitad de las
notas, pero a mí su serenata me sonaba a gloria y el verla erguida frente al teclado,
con una media sonrisa y la cabeza ladeada, me inspiraba una visión celestial. Iba a
carraspear para denotar mi presencia, pero los efluvios de Varón Dandy me
delataron. Clara cesó su concierto de súbito y una sonrisa avergonzada le salpicó el
rostro.
—Por un momento había pensado que eras mi tío —dijo—. Me tiene
prohibido que toque a Mompou, porque dice que lo que hago con él es un sacrilegio.
El único Mompou que yo conocía era un cura macilento y de propensión
flatulenta que nos daba clases de física y química, y la asociación de ideas se me
apareció grotesca, cuando no improbable.
—Pues a mí me parece que tocas de maravilla —apunté.
—Qué va. Mi tío, que es un melómano de pro, hasta me ha puesto un
maestro de música para enmendarme. Es un compositor joven que promete mucho.
Se llama Adrián Neri y ha estudiado en París y en Viena. Tengo que presentártelo.
23
Está componiendo una sinfonía que le va a estrenar la orquesta Ciudad de
Barcelona, porque su tío está en la junta directiva. Es un genio.
—¿El tío o el sobrino?
—No seas malicioso, Daniel. Seguro que Adrián te cae divinamente.
Como un piano de cola desde un séptimo piso, pensé.
—¿Te apetece merendar algo? —ofreció Clara—. Bernarda hace unos
bizcochos de canela que quitan el hipo.
Merendamos como la realeza, devorando cuanto la criada nos ponía a tiro.
Yo ignoraba el protocolo de estas ocasiones y no sabía muy bien cómo proceder.
Clara, que siempre parecía leer mis pensamientos, me sugirió que cuando quisiera
podía leer La Sombra del Viento y que, ya puestos, podía empezar por el principio.
De esta guisa, emulando aquellas voces de Radio Nacional que recitaban viñetas de
corte patriótico poco después de la hora del ángelus con prosopopeya ejemplar, me
lancé a revisitar el texto de la novela una vez más. Mi voz, un tanto envarada al
principio, se fue relajando paulatinamente y pronto me olvidé de que estaba
recitando para volver a sumergirme en la narración, descubriendo cadencias y giros
en la prosa que fluían como motivos musicales, acertijos de timbre y pausa en los
que no había reparado en mi primera lectura. Nuevos detalles, briznas de imágenes
y espejismos despuntaron entre líneas, como el tramado de un edificio que se
contempla desde diferentes ángulos. Leí por espacio de una hora, atravesando
cinco capítulos hasta que sentí la voz seca y media docena de relojes de pared
resonaron en todo el piso recordándome que ya se me estaba haciendo tarde. Cerré
el libro y observé a Clara, que me sonreía serenamente.
—Me recuerda un poco a La casa roja —dijo—. Pero ésta parece una historia
menos sombría.
—No te confíes —dije—. Es sólo el principio. Luego las cosas se complican.
—Tienes que irte ya, ¿verdad? —preguntó Clara.
—Me temo que sí. No es que quiera, pero...
—Si no tienes otra cosa que hacer, puedes volver mañana —sugirió Clara—.
Pero no quiero abusar de...
—¿A las seis? —ofrecí—. Lo digo porque así tendremos más tiempo.
Aquel encuentro en la sala de música del piso de la plaza Real fue el primero
entre muchos más a lo largo de aquel verano de 1945 y de los años que siguieron.
Pronto mis visitas al piso de los Barceló se hicieron casi diarias, menos los martes
y jueves, días en que Clara tenía clase de música con el tal Adrián Neri. Pasaba
horas allí y con el tiempo me aprendí de memoria cada sala, cada corredor y cada
planta del bosque de don Gustavo. La Sombra del Viento nos duró un par de
semanas, pero no nos costó trabajo encontrar sucesores con que llenar nuestras
horas de lectura. Barceló disponía de una fabulosa biblioteca y, a falta de más
títulos de Julián Carax, nos paseamos por docenas de clásicos menores y de
frivolidades mayores. Algunas tardes apenas leíamos, y nos dedicábamos sólo a
conversar o incluso a salir a dar un paseo por la plaza o a caminar hasta la
catedral. A Clara le encantaba sentarse a escuchar los murmullos de la gente en el
claustro y adivinar el eco de los pasos en los callejones de piedra. Me pedía que le
describiese las fachadas, las gentes, los coches, las tiendas, las farolas y los
escaparates a nuestro paso. A menudo, me tomaba del brazo y yo la guiaba por
nuestra Barcelona particular, una que sólo ella y yo podíamos ver. Siempre
acabábamos en una granja de la calle Petritxol, compartiendo un plato de nata o
un suizo con melindros. A veces la gente nos miraba de refilón, y más de un
camarero listillo se refería a ella como «tu hermana mayor», pero yo hacía caso
24
omiso de burlas e insinuaciones. Otras veces, no sé si por malicia o por
morbosidad, Clara me hacía confidencias extravagantes que yo no sabía bien
cómo encajar. Uno de sus temas favoritos era el de un extraño, un individuo que
se le acercaba a veces cuando ella estaba a solas en la calle, y le hablaba con voz
quebrada. El misterioso individuo, que nunca mencionaba su nombre, le hacía
preguntas sobre don Gustavo, e incluso sobre mí. En una ocasión le había
acariciado la garganta. A mí, estas historias me martirizaban sin piedad. En otra
ocasión, Clara aseguró que le había rogado al supuesto extraño que la dejase leer
su rostro con las manos. Él guardó silencio, lo que ella interpretó como un sí.
Cuando alzó las manos hasta la cara del extraño, él la detuvo en seco, no sin
antes darle oportunidad a Clara de palpar lo que le pareció cuero.
—Como si llevase una máscara de piel —decía.
—Eso te lo estás inventando, Clara.
Clara juraba y perjuraba que era cierto, y yo me rendía, atormentado por la
imagen de aquel desconocido de dudosa existencia que se complacía en acariciar
ese cuello de cisne, y a saber qué más, mientras a mí sólo me estaba permitido
anhelarlo. Si me hubiese parado a pensarlo, hubiera comprendido que mi devoción
por Clara no era más que una fuente de sufrimiento. Quizá por eso la adoraba
más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño. A lo largo
de aquel verano, yo sólo temía el día en que volviesen a empezar las clases y no
dispusiera de todo el día para pasarlo con Clara.
La Bernarda, que ocultaba una naturaleza de madraza bajo su severo
semblante, acabó por tomarme cariño a fuerza de tanto verme y, a su modo y
manera, decidió adoptarme.
—Se conoce que este muchacho no tiene madre, fíjese usted —solía decirle
a Barceló—. A mí es que me da una pena, pobrecillo.
La Bernarda había llegado a Barcelona poco después de la guerra, huyendo
de la pobreza y de un padre que a las buenas le pegaba palizas y la trataba de
tonta, fea y guarra, y a las malas la acorralaba en las porquerizas, borracho, para
manosearla hasta que ella lloraba de terror y él la dejaba ir, por mojigata y
estúpida, como su madre. Barceló se la había tropezado por casualidad cuando la
Bernarda trabajaba en un puesto de verduras del mercado del Borne y,
siguiendo una intuición, le había ofrecido empleo a su servicio.
—Lo nuestro será como en Pigmalión —anunció—. Usted será mi Eliza y yo
su profesor Higgins.
La Bernarda, cuyo apetito literario se saciaba con la Hoja Dominical, le miró
de reojo.
—Oiga, que una será pobre e ignorante, pero muy decente.
Barceló no era exactamente George Bernard Shaw, pero aunque no había
conseguido dotar a su pupila de la dicción y el duende de, don Manuel Azaña, sus
esfuerzos habían acabado por refinar a la Bernarda y enseñarle maneras y hablares
de doncella de provincias. Tenía veintiocho años, pero a mí siempre me pareció que
arrastraba diez más, aunque sólo fuera en la mirada. Era muy de misa y devota de
la virgen de Lourdes hasta el punto del delirio. Acudía a diario a la basílica de Santa
María del Mar a oír el servicio de las ocho y se confesaba tres veces por semana
como mínimo. Don Gustavo, que se declaraba agnóstico (lo cual la Bernarda
sospechaba era una afección respiratoria, como el asma, pero de señoritos),
opinaba que era matemáticamente imposible que la criada pecase lo suficiente
como para mantener semejante ritmo de confesión.
25
—Si tú eres más buena que el pan, Bernarda —decía, indignado—. Esta
gente que ve pecado en todas partes está enferma del alma y, si me apuras, de los
intestinos. La condición básica del beato ibérico es el estreñimiento crónico.
Al oír tamañas blasfemias, la Bernarda se santiguaba por quintuplicado. Más
tarde, por la noche, decía una oración extra por el alma poluta del señor Barceló,
que tenía buen corazón, pero a quien de tanto leer se le habían podrido los sesos,
como a Sancho Panza. De Pascuas a Ramos, a la Bernarda le salían novios que le
pegaban, le sacaban los pocos cuartos que tenía en una cartilla de ahorros, y tarde
o temprano la dejaban tirada. Cada vez que se producía una de estas crisis, la
Bernarda se encerraba en el cuarto que tenía en la parte de atrás del piso a llorar
durante días y juraba que se iba a matar con el veneno para las ratas o a beberse
una botella de lejía. Barceló, tras agotar todas sus artimañas de persuasión, se
asustaba de veras y tenía que llamar al cerrajero de guardia para que abriese la
puerta de la habitación y a su médico de cabecera para que le administrase a la
Bernarda un sedante de caballo. Cuando la pobre despertaba dos días después, el
librero le compraba rosas, bombones, un vestido nuevo y la llevaba al cine a ver una
de Cary Grant, que según ella, después de José Antonio, era el hombre más guapo
de la historia.
—Oiga, y dicen que Cary Grant es de la acera de enfrente —murmuraba ella,
atiborrándose de chocolatinas—. ¿Será posible?
—Sandeces —sentenciaba Barceló—. El cazurro y el zoquete viven en un
estado de perenne envidia.
—Qué bien habla el señor. Se conoce que ha ido a la universidad esa del
sorbete.
—Sorbona —corregía Barceló, sin acritud.
Era muy difícil no querer a la Bernarda. Sin habérselo pedido nadie, cocinaba
y cosía para mí. Me arreglaba la ropa, los zapatos, me peinaba, me cortaba el pelo,
me compraba vitaminas y dentífrico, e incluso llegó a regalarme una medallita con
un frasco de cristal que contenía agua bendita traída desde Lourdes en autobús por
una hermana suya que vivía en San Adrián del Besós. A veces, mientras se
empeñaba en examinarme el pelo en busca de liendres y otros parásitos, me
hablaba en voz baja.
—La señorita Clara es lo más grande del mundo, y quiera Dios que me caiga
muerta si algún día se me ocurre criticarla, pero no está bien que el señorito se
obsesione mucho con ella, si me entiende usted lo que quiero decir.
—No te preocupes, Bernarda, si sólo somos amigos.
—Pues eso mismo digo yo.
Para ilustrar sus argumentos, la Bernarda procedía entonces a relatarme
alguna historia que había oído por la radio en torno a un muchacho que se había
enamorado indebidamente de su maestra y al que, por obra de algún sortilegio
justiciero, se le había caído el pelo y los dientes al tiempo que la cara y las manos
se le recubrían de hongos recriminatorios, una suerte de lepra del libidinoso.
—La lujuria es muy mala cosa —concluía la Bernarda—. Se lo digo yo.
Don Gustavo, pese a los chistes que se marcaba a mi costa, veía con
buenos ojos mi devoción por Clara y mi entusiasta entrega de acompañante. Yo
atribuía su tolerancia al hecho de que probablemente me consideraba inofensivo.
De tarde en tarde, seguía dejándome caer ofertas suculentas para adquirir la
novela de Carax. Me decía que había comentado el tema con algunos colegas del
gremio de libros de anticuario y todos coincidían que un Carax ahora podía valer
una fortuna, especialmente en Francia. Yo siempre le decía que no y él se limitaba
26
a sonreír, ladino. Me había entregado una copia de las llaves del piso para que
entrase y saliese sin estar pendiente de si él o la Bernarda estaban en casa para
abrirme. Mi padre era harina de otro costal. Con el paso de los años había
superado su reparo innato a abordar cualquier tema que le preocupase de veras.
Una de las primeras consecuencias de este progreso fue que empezó a mostrar su
clara desaprobación de mi relación con Clara.
—Tendrías que ir con amigos de tu edad, como Tomás Aguilar, que lo
tienes olvidado y es un muchacho estupendo, y no con una mujer que ya tiene
años de casarse.
—¿Qué más dará la edad que tenga cada uno si somos buenos amigos?
Lo que más me dolió fue la alusión a Tomás, porque era cierta. Hacía
meses que no salía por ahí con él, cuando antes habíamos sido inseparables. Mi
padre me observó con reprobación.
—Daniel, tú no sabes nada de las mujeres, y ésa juega contigo como un
gato con un canario.
—Eres tú el que no sabe nada de mujeres —replicaba yo, ofendido—. Y de
Clara, menos.
Nuestras conversaciones sobre el tema rara vez iban más allá de un
intercambio de reproches y miradas. Cuando no estaba en el colegio o con Clara,
todo mi tiempo lo dedicaba a ayudar a mi padre en la librería. Ordenando el
almacén de la trastienda, llevando pedidos, haciendo recados o atendiendo a los
clientes habituales. Mi padre se quejaba de que no ponía la cabeza ni el corazón
en el trabajo. Yo, a mi vez, replicaba que me pasaba la vida entera allí y que no
entendía de qué tenía que quejarse. Muchas noches, sin poder conciliar el sueño,
recordaba aquella intimidad, aquel pequeño mundo que ambos habíamos
compartido en los años que siguieron a la muerte de mi madre, los años de la
pluma de Víctor Hugo y las locomotoras de latón. Los recordaba como años de
paz y tristeza, un mundo que se desvanecía, que se había venido evaporando
desde aquel amanecer en que mi padre me había llevado a visitar el Cementerio
de los Libros Olvidados. Un día mi padre descubrió que yo había regalado el libro
de Carax a Clara y montó en cólera.
—Me has decepcionado, Daniel —me dijo—. Cuando te llevé a aquel
lugar secreto, te dije que el libro que escogieras era algo especial, que tú lo
ibas a adoptar y que debías responsabilizarte de él.
—Entonces tenía diez años, papá, y aquello era un juego de niños.
Mi padre me miró como si le hubiese apuñalado.
—Y ahora tienes catorce, y no sólo sigues siendo un niño, eres un niño
que se cree un hombre. Vas a llevarte muchos disgustos en la vida, Daniel. Y
muy pronto.
En aquellos días yo quería creer que a mi padre le dolía que pasase tanto
tiempo con los Barceló. El librero y su sobrina vivían en un mundo de lujos que
mi padre apenas podía olfatear. Pensaba que le molestaba que la criada de don
Gustavo se comportase conmigo como si fuese mi madre y que le ofendía que
yo aceptase que alguien pudiera desempeñar aquel papel. A veces, mientras yo
andaba por la trastienda haciendo paquetes o preparando un envío, oía a algún
cliente bromear con mi padre.
—Sempere, usted lo que tiene que hacer es buscarse una buena chavala,
que ahora sobran viudas de buen ver y en la flor de la vida, ya me entiende
usted. Una buena moza le arregla a uno la vida, amigo mío, y le quita veinte
años de encima. Lo que no puedan un par de tetas...
27
Mi padre nunca respondía a estas insinuaciones, pero a mí cada vez me
parecían más sensatas. En una ocasión, en una de nuestras cenas que se
habían transformado en combates de silencios y miradas robadas, saqué el
tema a relucir. Creía que si era yo quien lo sugería, facilitaría las cosas. Mi
padre era un hombre bien parecido, de aspecto pulcro y cuidado, y me
constaba que más de una mujer en el barrio lo veía con buenos ojos.
—A ti te ha resultado muy fácil encontrar una sustituta para tu madre —
replicó con amargura—. Pero para mí no la hay y no tengo interés alguno en
buscarla.
A medida que pasaba el tiempo, las insinuaciones de mi padre y de la
Bernarda, e incluso de Barceló, empezaron a hacer mella en mí. Algo en mi
interior me decía que estaba metiéndome en un camino sin salida, que no podía
esperar que Clara viese en mí más que a un muchacho al que llevaba diez
años. Sentía que cada día se me hacía más difícil estar junto a ella, sufrir el
roce de sus manos o llevarla del brazo cuando paseábamos. Llegó un punto en
que la mera proximidad con ella se traducía en casi un dolor físico. A nadie se
le escapaba este hecho, y menos que a nadie a Clara.
—Daniel, creo que tenemos que hablar —me decía—. Yo creo que no me
he portado bien contigo...
Nunca le dejaba acabar sus frases. Salía de la habitación con cualquier
excusa y huía. Eran días en que creí estar enfrentándome al calendario en una
carrera imposible. Temía que el mundo de espejismos que había construido en
torno a Clara se acercase a su fin. Poco imaginaba yo que mis problemas
apenas habían empezado.
28
MISERIA Y COMPAÑÍA
(1950—1952)
7
El día de mi dieciséis cumpleaños conjuré la peor de cuantas ocurrencias
funestas había alumbrado a lo largo de mi corta existencia. Por mi cuenta y riesgo,
había decidido organizar una cena de cumpleaños e invitar a Barceló, a la
Bernarda y a Clara. Mi padre opinaba que aquello era un error.
—Es mi cumpleaños —repliqué cruelmente—. Trabajo para ti todos los
demás días del año. Al menos por una vez, dame el gusto.
—Haz lo que quieras.
Los meses precedentes habían sido los más confusos de mi extraña
amistad con Clara. Ya casi nunca leía para ella. Clara rehuía sistemáticamente
cualquier ocasión que implicase quedarse a solas conmigo. Siempre que la
visitaba, su tío estaba presente fingiendo leer el diario, o la Bernarda se
materializaba trajinando por el foro y lanzándome miradas de soslayo. Otras
veces, la compañía venía en forma de una o varias de las amigas de Clara. Yo las
llamaba las Hermanas Anisete, siempre tocadas de un recato y un semblante
virginal, patrullando las proximidades de Clara con un misal en la mano y una
mirada policial que mostraba sin tapujos que yo estaba de sobra, que mi presencia
avergonzaba a Clara y al mundo. El peor de todos, sin embargo, era el maestro
Neri, cuya infausta sinfonía seguía inconclusa. Era un tipo atildado, un niñato de
San Gervasio que pese a dárselas de Mozart, a mí, rezumando brillantina, me
recordaba más a Carlos Gardel. De genio yo sólo le encontraba la mala baba. Le
hacía la rosca a don Gustavo sin dignidad ni decoro, y flirteaba con la Bernarda en
la cocina, haciéndola reír con sus ridículos regalos de bolsas de peladillas y
pellizcos en el culo. Yo, en pocas palabras, le detestaba a muerte. La antipatía era
mutua. Neri siempre aparecía por allí con sus partituras y su arrogante ademán,
mirándome como si fuese un grumetillo indeseable y poniendo toda clase de
reparos a mi presencia.
—Niño, ¿tú no tienes que irte a hacer los deberes?
—¿Y usted, maestro, no tenía una sinfonía que acabar?
Al final, entre todos podían conmigo y yo me largaba cabizbajo y derrotado,
deseando haber tenido la labia de don Gustavo para poner a aquel engreído en su
sitio.
El día de mi cumpleaños, mi padre bajó al horno de la esquina y compró el
mejor pastel que encontró. Dispuso la mesa en silencio, colocando la plata y la
vajilla buena. Encendió velas y preparó una cena con los platos que suponía mis
favoritos. No cruzamos palabra en toda la tarde. Al anochecer, mi padre se retiró a
su habitación, se enfundó su mejor traje y regresó con un paquete envuelto en
papel de celofán que colocó en la mesita del comedor. Mi regalo. Se sentó a la
mesa, se sirvió una copa de vino blanco, y esperó. La invitación decía que la cena
era a las ocho y media. A las nueve y media todavía estábamos esperando. Mi
padre me observaba con tristeza sin decir nada. A mí me ardía el alma de rabia.
—Estarás contento —dije—. ¿Es esto lo que querías?
—No.
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La Bernarda se presentó media hora más tarde. Traía una cara de funeral y
un recado de la señorita Clara. Me deseaba muchas felicidades, pero sentía no
poder asistir a mi cena de cumpleaños. El señor Barceló se había tenido que
ausentar de la ciudad durante unos días por asuntos de negocios y Clara se había
visto obligada a cambiar la hora de su clase de música con el maestro Neri. Ella
había venido porque era su tarde libre.
—¿Clara no puede venir porque tiene una clase de música? —pregunté,
atónito.
La Bernarda bajó la vista. Estaba casi llorando cuando me tendió un
pequeño paquete que contenía su regalo y me besó ambas mejillas.
—Si no le gusta, se puede cambiar —dijo.
Me quedé a solas con. mi padre, contemplando la vajilla buena, la plata y
las velas consumiéndose en silencio.
—Lo siento, Daniel —dijo mi padre.
Asentí en silencio, encogiéndome de hombros.
—¿No vas a abrir tu regalo? —preguntó.
Mi única respuesta fue el portazo que di al salir. Bajé las escaleras con furia,
sintiendo los ojos rebosando lágrimas de ira al salir a la calle desolada, bañada de
luz azul y de frío. Llevaba el corazón envenenado y la mirada me temblaba. Eché a
andar sin rumbo, ignorando al extraño que me observaba inmóvil desde la Puerta
del Ángel. Vestía el mismo traje oscuro, su mano derecha enfundada en el bolsillo
de la chaqueta. Sus ojos dibujaban briznas de luz a la lumbre de un cigarro.
Cojeando levemente, empezó a seguirme.
Anduve callejeando sin rumbo durante más de una hora hasta llegar a los
pies del monumento a Colón. Crucé hasta los muelles y me senté en los peldaños
que se hundían en las aguas tenebrosas junto al muelle de las golondrinas. Alguien
había fletado una excursión nocturna y se podían oír las risas y la música flotando
desde la procesión de luces y reflejos en la dársena del puerto. Recordé los días en
que mi padre y yo hacíamos la travesía en las golondrinas hasta la punta del
espigón. Desde allí podía verse la ladera del cementerio en la montaña de Montjuïc
y la ciudad de los muertos, infinita. A veces yo saludaba con la mano, creyendo que
mi madre seguía allí y nos veía pasar. Mi padre repetía mi saludo. Hacía ya años
que no embarcábamos en una golondrina, aunque yo sabía que él a veces iba solo.
—Una buena noche para el remordimiento, Daniel —dijo la voz desde las
sombras—. ¿Un cigarrillo?
Me incorporé de un brinco, con un frío súbito en el cuerpo. Una mano me
ofrecía un pitillo desde la oscuridad.
—¿Quién es usted?
El extraño se adelantó hasta el umbral de la oscuridad, dejando su rostro
velado. Un hálito de humo azul brotaba de su cigarrillo. Reconocí al instante el traje
negro y aquella mano oculta en el bolsillo de la chaqueta. Los ojos le brillaban como
cuentas de cristal.
—Un amigo —dijo—. O eso aspiro a ser. ¿Cigarrillo?
—No fumo.
—Bien hecho. Lamentablemente, no tengo nada más que ofrecerte, Daniel.
Su voz era arenosa, herida. Arrastraba las palabras y sonaba apagada y
remota, como los discos de setenta y ocho revoluciones por minuto que
coleccionaba Barceló.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Sé muchas cosas de ti. El nombre es lo de menos.
30
—¿Qué más sabe?
—Podría avergonzarte, pero no tengo ni el tiempo ni las ganas. Baste decir
que sé que tienes algo que me interesa. Y estoy dispuesto a pagarte bien por ello.
—Me parece que se equivoca usted de persona.
—No, yo nunca me equivoco de persona. Para otras cosas sí, pero nunca de
persona. ¿Cuánto quieres por él?
—¿Por el qué?
—La Sombra del Viento.
—¿Qué le hace pensar que lo tengo?
—Eso está fuera de la discusión, Daniel. Es sólo una cuestión de precio.
Hace mucho que sé que lo tienes. La gente habla. Yo escucho.
—Pues debe de haber oído mal. Yo no tengo ese libro. Y si lo tuviera, no lo
vendería.
—Tu integridad es admirable, sobre todo en esta época de monaguillos y
lameculos, pero conmigo no hace falta que hagas comedia. Dime cuánto. ¿Mil
duros? A mí el dinero me trae sin cuidado. El precio lo pones tú.
—Ya se lo he dicho: ni está en venta, ni lo tengo —repliqué—. Se ha
equivocado usted, ya lo ve.
El extraño permaneció en silencio, inmóvil, envuelto en el humo azul de aquel
cigarrillo que nunca parecía acabarse. Noté que no olía a tabaco, sino a papel
quemado. Papel bueno, de libro.
—Quizá seas tú el que se esté equivocando ahora —sugirió.
—¿Me está amenazando? —Probablemente.
Tragué saliva. Pese a mi bravata, aquel individuo me tenía totalmente
aterrorizado.
—¿Y puedo saber por qué está usted tan interesado?
—Eso es asunto mío.
—Mío también, si me amenaza usted para que le venda un libro que no
tengo.
—Me caes bien, Daniel. Tienes agallas y pareces listo. ¿Mil duros? Con eso
puedes comprar muchísimos libros. Libros buenos, no esa basura que guardas con
tanto celo. Venga, mil duros y quedamos tan amigos.
—Usted y yo no somos amigos.
—Sí lo somos, pero tú no te has dado cuenta todavía. No te culpo, con tantas
cosas en la cabeza. Como tu amiga, Clara. Por una mujer así, cualquiera pierde el
sentido común.
La mención a Clara me heló la sangre.
—¿Qué sabe usted de Clara?
—Me atrevería a decir que sé más que tú, y que te convendría olvidarla,
aunque ya sé que no lo harás. Yo también he tenido dieciséis años...
Una terrible certeza me golpeó de súbito. Aquel hombre era el extraño que
abordaba a Clara por la calle, de incógnito. Era real. Clara no había mentido. El
individuo dio un paso al frente. Me retiré. No había sentido tanto miedo en la vida.
—Clara no tiene el libro, más vale que lo sepa. No se atreva a tocarla otra
vez.
—Tu amiga me trae sin cuidado, Daniel, y algún día compartirás mi sentir. Lo
que quiero es el libro. Prefiero obtenerlo por las buenas y que nadie salga
perjudicado. ¿Me explico?
A falta de mejores ideas me lancé a mentir como un bellaco.
—Lo tiene un tal Adrián Neri. Músico. A lo mejor le suena.
31
—No me suena de nada, y eso es lo peor que se puede decir de un músico.
¿Seguro que no te has inventado a este tal Adrián Neri?
—Qué más quisiera yo.
—Entonces, ya que parece que sois tan buenos amigos, a lo mejor tú puedes
persuadirle para que te lo devuelva. Estas cosas, entre amigos, se solucionan sin
problemas. ¿O prefieres que se lo pida a tu amiga Clara? Negué.
—Hablaré con Neri, pero no creo que me lo devuelva, o que lo tenga todavía
—improvisé—. ¿Y usted para qué quiere el libro? No me diga que para leerlo.
—No. Me lo sé de memoria.
—¿Es usted un coleccionista?
—Algo parecido.
—¿Tiene usted más libros de Carax?
—Los he tenido en algún momento. Julián Carax es mi especialidad, Daniel.
Recorro el mundo buscando sus libros.
—¿Y qué hace con ellos si no los lee?
El extraño emitió un sonido sordo, agónico. Tardé unos segundos en
comprender que se estaba riendo.
—Lo único que debe hacerse con ellos, Daniel —replicó.
Extrajo entonces una cajetilla de fósforos del bolsillo. Tomó uno y lo prendió.
La llama iluminó por primera vez su semblante. Se me heló el alma. Aquel personaje
no tenía nariz, ni labios, ni párpados. Su rostro era apenas una máscara de piel
negra y cicatrizada, devorada por el fuego. Aquélla era la tez muerta que había
rozado Clara.
—Quemarlos —susurró, la voz y la mirada envenenadas de odio.
Un soplo de brisa apagó la cerilla que sostenía en los dedos, y su rostro
quedó de nuevo oculto en la oscuridad.
—Volveremos a vernos, Daniel. A mí nunca se me olvida una cara y creo que
a ti, desde hoy, tampoco —dijo pausadamente—. Por tu bien, y por el de tu amiga
Clara, confío en que tomes la decisión correcta y aclares este tema con el tal señor
Neri, que por cierto tiene nombre de niñato. Yo no me fiaría ni un pelo de él.
Sin más, el extraño se dio la vuelta y partió hacia los muelles, una silueta
evaporándose en la oscuridad envuelta en su risa de trapo.