Bienvenida

Este blog ha sido creado para que puedas expresar tus ideas, opiniones, comentarios indicadas por tu maestra del Círculo de Lectura.
Te recomendamos que cuides el lenguaje que utilices en este espacio, cuyo objetivo es compartir con los demás lo que esta experiencia te va dejando.
Respeta los comentarios de tus compañeros, y en dado caso que quieras responder alguno de ellos a través de este medio, sólo recuerda usar un lenguaje apropiado.
¡Qué disfrutes está aventura llamada LECTURA!



La sombra del viento - Segunda parte

8
Un manto de nubes chispeando electricidad cabalgaba desde el mar. Hubiera echado a correr para guarecerme del aguacero que se avecinaba, pero las palabras de aquel individuo empezaban a hacer su efecto. Me temblaban las manos y las ideas. Alcé la vista y vi el temporal derramarse como manchas de sangre negra entre las nubes, cegando la luna y tendiendo un manto de tinieblas sobre los tejados y fachadas de la ciudad. Intenté apretar el paso, pero la inquietud me carcomía por dentro y caminaba perseguido por el aguacero con pies y piernas de plomo. Me cobijé bajo la marquesina de un quiosco de prensa, intentando ordenar mis pensamientos y decidir cómo proceder. Un trueno descargó cerca, rugiendo como un dragón enfilando la bocana del puerto, y sentí el suelo temblar bajo mis pies. El pulso frágil del alumbrado eléctrico que dibujaba fachadas y ventanas se desvaneció unos segundos más tarde. En las aceras encharcadas, las farolas parpadeaban, extinguiéndose como velas al viento. No se veía un alma en las calles y la negrura del apagón se esparció con un aliento fétido que ascendía de los desagües que vertían al alcantarillado. La noche se hizo opaca e impenetrable, la lluvia una mortaja de vapor. «Por una mujer así, cualquiera pierde el sentido común...» Eché a correr Ramblas arriba con un solo pensamiento en la cabeza: Clara.
La Bernarda había dicho que Barceló estaba fuera de la ciudad por asuntos de negocios. Aquél era su día libre, y tenía por costumbre ir a pasar esa noche en casa de su tía Reme y sus primas en San Adrián del Besós. Eso dejaba a Clara sola en el piso cavernoso de la plaza Real y a aquel individuo sin rostro y sus amenazas sueltos en la tormenta con sabe Dios qué ideas. Mientras me apresuraba bajo el aguacero hacia la plaza Real, no podía quitarme del pensamiento la idea de que había puesto en peligro a Clara al regalarle el libro de Carax. Llegué a la entrada de la plaza empapado hasta los huesos. Corrí a cobijarme bajo los arcos de la calle Fernando. Me pareció ver contornos de sombra reptando a mis espaldas. Mendigos.
El portal estaba cerrado. Busqué en mi manojo de llaves el juego que Barceló me había dado. Llevaba conmigo las llaves de la tienda, del piso de Santa Ana y de la vivienda de los Barceló. Uno de los vagabundos se me acercó, murmurando si podía dejarle pasar la noche en el vestíbulo. Cerré la puerta antes de que pudiese acabar su frase.
La escalera era un pozo de sombra. El aliento de los relámpagos se filtraba entre las comisuras del portón y salpicaba los contornos de los peldaños. Avancé a tientas y encontré el primer peldaño de un tropezón. Sujeté la barandilla y ascendí lentamente la escalera. Al poco, los peldaños se deshicieron en una planicie y comprendí que había llegado al rellano del principal. Palpé los muros de mármol frío, hostil, y encontré los relieves de la puerta de roble y los picaportes de aluminio.
Busqué el orificio de la cerradura e introduje la llave a tientas. Al abrirse la puerta del piso, una franja de claridad azul me cegó momentáneamente y un soplo de aire cálido me acarició la piel. El cuarto de la Bernarda estaba situado en la parte posterior del piso, junto a la cocina. Me dirigí allí primero, aunque tenía la seguridad de que la criada estaba ausente. Golpeé con los nudillos en su puerta y, al no obtener respuesta, me permití abrir la alcoba. Era una habitación sencilla, con una cama grande, un armario oscuro con espejos ahumados y una cómoda sobre la que la Bernarda había colocado suficientes santos, vírgenes y estampas para abrir un santuario. Cerré la puerta y, al volverme, casi se me para el corazón al vislumbrar una docena de ojos azules y escarlata avanzando desde el fondo del pasillo. Los gatos de Barceló ya me conocían de sobra y toleraban mi presencia.
Me rodearon, maullando suavemente, y al comprobar que mis ropas empapadas de lluvia no desprendían el calor deseado, me abandonaron con indiferencia.
La habitación de Clara estaba situada en el otro extremo del piso, junto a la biblioteca y la sala de música. Los pasos invisibles de los gatos me seguían a través del corredor, expectantes. En la penumbra intermitente de la tormenta, el piso de Barceló se me antojaba cavernoso y siniestro, distinto del que había aprendido a considerar mi segunda casa. Alcancé la parte delantera del piso que daba a la plaza. El invernadero de Barceló se abrió ante mí, denso e impenetrable.
Me adentré en la espesura de hojas y ramas. Por un instante me asaltó la idea de que, si el extraño sin rostro se había infiltrado en el piso, probablemente ése era el lugar que habría escogido para ocultarse. Para esperarme. Casi me pareció percibir aquel olor a papel quemado que desprendía en el aire, pero comprendí que lo que mi olfato había detectado era sencillamente tabaco. Me asaltó un amago de pánico. En aquella casa nadie fumaba, y la pipa de Barceló, siempre extinta, era puro atrezzo.
Llegué a la sala de música y el reluz de un relámpago encendió las volutas de humo que flotaban en el aire como guirnaldas de vapor. El teclado del piano formaba una sonrisa interminable junto a la galería. Crucé la sala de música y llegué hasta la puerta de la biblioteca. Estaba cerrada. La abrí y la claridad de la glorieta que rodeaba la biblioteca personal del librero me ofreció una cálida bienvenida. Las paredes recubiertas de estanterías repletas formaban un óvalo en cuyo centro descansaba una mesa de lectura y dos butacas de mariscal de campo. Sabía que Clara guardaba el libro de Carax en una vitrina junto al arco de la glorieta. Me dirigí hasta allí con sigilo. Mi plan, o la ausencia de uno, había sido hacerme con el libro, sacarlo de allí, entregárselo a aquel lunático y perderlo de vista para siempre. Nadie repararía en la ausencia del libro, excepto yo.
El libro de Julián Carax me esperaba como siempre, asomando el lomo al fondo de un estante. Lo tomé en mis manos y lo apreté contra el pecho, como si abrazase a un viejo amigo al que estuviese a punto de traicionar. Judas, pensé.
Me dispuse a salir de allí sin dejar saber a Clara de mi presencia. Me llevaría el libro y desaparecería de la vida de Clara Barceló para siempre. Salí de la biblioteca con paso leve. La puerta de la habitación de Clara se adivinaba al fondo del corredor. La imaginé tendida en su lecho, dormida. Imaginé mis dedos acariciando su garganta, explorando un cuerpo que había memorizado de pura ignorancia. Me volví, dispuesto a abandonar seis años de quimeras, pero algo detuvo mis pasos antes de alcanzar la sala de música. Una voz silbando a mi espalda, tras la puerta. Una voz profunda, que susurraba y reía. En la habitación de Clara. Avancé hacia la puerta lentamente. Posé los dedos sobre el pomo de la puerta. Los dedos me temblaban. Había llegado tarde. Tragué saliva y abrí la puerta.
9
El cuerpo desnudo de Clara yacía sobre sábanas blancas que brillaban como seda lavada. Las manos del maestro Neri se deslizaban sobre sus labios, su cuello y su pecho. Sus ojos blancos se alzaban hacia el techo, estremeciéndose bajo las embestidas con que el profesor de música la penetraba entre sus muslos pálidos y temblorosos. Las mismas manos que habían leído mi rostro seis años atrás en las tinieblas del Ateneo aferraban ahora las nalgas del maestro, relucientes de sudor, clavándole las uñas y guiándole hacia sus entrañas con un ansia animal, desesperada. Sentí que me faltaba el aire. Debí de permanecer allí, paralizado, observándolos por espacio de casi medio minuto, hasta que la mirada de Neri, incrédula al principio, encendida de ira después, reparó en mi presencia. Jadeando todavía, atónito, se detuvo. Clara le aferró sin comprender, restregando su cuerpo contra el suyo, lamiéndole el cuello.
—¿Qué pasa? —gimió—. ¿Por qué te paras?
Los ojos de Adrián Neri ardían de furia.
—Nada —murmuró—. Ahora vuelvo.
Neri se incorporó y se lanzó hacia mí como un obús, apretando los puños. Ni le vi venir. No podía apartar los ojos de Clara, envuelta en sudor, sin aliento, las costillas dibujándose bajo su piel y los pechos temblando de anhelo. El profesor de música me agarró del cuello y me arrastró afuera de la habitación. Sentí que mis pies apenas rozaban el suelo, y por mucho que lo intenté no pude zafarme de la presa de Neri, que me llevaba como un fardo a través del invernadero
—El alma te voy a romper yo a ti, desgraciado —mascullaba entre dientes.
Me llevó a rastras hasta la puerta del piso y una vez allí la abrió y me lanzó con fuerza al rellano. El libro de Carax se me había caído de las manos. Lo recogió y me lo tiró a la cara con rabia.
—Si te vuelvo a ver por aquí, o me entero de que te has acercado a Clara en la calle, te juro que te envío al hospital de la paliza que te doy, sin importarme una mierda la edad que tengas —dijo fríamente—. ¿Estamos?
Me incorporé trabajosamente, y descubrí que en el forcejeo Neri me había desgarrado la chaqueta y el orgullo.
—¿Cómo has entrado?
No contesté. Neri suspiró, sacudiendo la cabeza.
—Venga, dame las llaves —espetó Neri, conteniendo su furia.
—¿Qué llaves?
De la bofetada que me propinó, me caí al suelo. Me levanté con sangre en la boca y un silbido en el oído izquierdo que me taladraba la cabeza como el silbato de un urbano. Me palpé la cara y sentí el corte que me había partido los labios ardiendo bajo los dedos. Un anillo de sello brillaba en el dedo anular del profesor de música, ensangrentado.
—Las llaves, te he dicho.
—Váyase usted a la mierda —escupí.
No vi venir el puñetazo. Tan sólo sentí como si un martillo pilón me hubiese arrancado el estómago de cuajo. Me doblé en dos como un títere roto, sin respiración, tambaleándome contra la pared. Neri me agarró de un tirón por el pelo y hurgó en mis bolsillos hasta dar con las llaves. Me deslicé hasta el suelo, sujetándome el estómago, lloriqueando de agonía, o de rabia.
—Dígale a Clara que...
Me cerró la puerta en las narices, y quedé en la oscuridad absoluta. Busqué el libro a tientas en la negrura. Lo encontré y me deslicé con él escaleras abajo, apoyándome contra los muros, jadeando. Salí al exterior escupiendo sangre y respirando por la boca a borbotones. El frío y el viento me ciñeron las ropas empapadas, mordientes. El corte en la cara me quemaba.
—¿Está usted bien? —preguntó una voz en la sombra.
Era el mendigo al que había negado mi ayuda un rato antes. Asentí, evitando su mirada, avergonzado. Eché a andar.
—Espere un poco, al menos hasta que amaine la lluvia —sugirió el mendigo.
Me tomó del brazo y me guió hasta un rincón bajo los arcos donde guardaba un fardo y una bolsa con ropa vieja y sucia.
—Tengo un poco de vino. No es malo. Beba un poco. Le irá bien para entrar en calor. Y para desinfectar eso...
Bebí un trago de la botella que me ofrecía. Sabía a gasoil esclarecido con vinagre, pero su calor me calmó el estómago y los nervios. Unas gotas me salpicaron la herida y vi estrellas en la noche más negra de mi vida.
—Bueno, ¿eh? —Sonrió el mendigo—. Hala, échele un traguillo más, que esto levanta a los muertos.
—No, gracias. Para usted —musité.
El mendigo bebió un largo trago. Le observé detenidamente. Parecía un contable gris de ministerio que no se hubiese cambiado de traje en quince años. Me ofreció su mano y la estreché.
—Fermín Romero de Torres, cesante. Mucho gusto en conocerle.
—Daniel Sempere, tonto de remate. El gusto es mío.
—No se venda barato, que en noches así todo se ve peor de lo que es. Ahí donde me ve, yo soy un optimista nato. No me cabe la menor duda de que el régimen tiene los días contados. Según todos los indicios, los americanos nos van a invadir el día menos pensado y a Franco le pondrán un puesto de chufas en Melilla.
Y yo recuperaré el puesto, la reputación y la honra perdida.
—¿A qué se dedicaba usted?
—Servicio de inteligencia. Alto espionaje —dijo Fermín Romero de Torres—. Sólo le diré que yo era el hombre de Maciá en La Habana.
Asentí. Otro loco. La noche de Barcelona los coleccionaba a puñados. Y a los idiotas como yo, también.
—Oiga, ese corte tiene mala pinta. Le han zurrado a base de bien, ¿eh?
Me llevé los dedos a la boca. Sangraba todavía.
—¿Asunto de faldas? —inquirió—. Se lo podía haber usted ahorrado. Las mujeres de este país, se lo digo yo que he visto mundo, son unas mojigatas y unas frígidas. Así como suena. Me acuerdo yo de una mulatita que dejé en Cuba.  Óigame, otro mundo, ¿eh?, otro mundo. Y es que la hembra caribeña se te arrima al cuerpo con ese ritmo isleño y te susurra «ay, papito, dame plaser, dame plaser», y un hombre de verdad, con sangre en las venas, qué le voy yo a contar...
Me pareció que Fermín Romero de Torres, o cualquiera que fuese su verdadero nombre, anhelaba la anodina conversación casi tanto como un baño caliente, un plato de lentejas con chorizo y una muda limpia. Le di cuerda durante un rato, esperando a que se me calmase el dolor. No me costó gran esfuerzo, porque aquel hombrecillo sólo necesitaba algún asentimiento puntual y alguien que hiciese como que le escuchaba. Estaba el mendigo por relatarme los pormenores y tecnicismos de un plan secreto para secuestrar a doña Carmen Polo de Franco cuando advertí que ya llovía con menos fuerza y que la tormenta parecía alejarse lentamente hacia el norte.
—Se me hace tarde —murmuré, incorporándome.
Fermín Romero de Torres asintió con cierta tristeza y me ayudó a levantarme, haciendo como que me quitaba el polvo de la ropa empapada.
—Otro día será, entonces —dijo, resignado—. A mí es que me pierde la boca. Empiezo a hablar y... oiga, de lo del secuestro, que quede entre usted y yo, ¿eh?
—No se preocupe. Soy una tumba. Y gracias por el vino.
Me alejé hacia las Ramblas. Me detuve en el umbral de la plaza y volví la vista hacia el piso de los Barceló. Las ventanas permanecían oscuras, llorando de lluvia. Quise odiar a Clara, pero fui incapaz. Odiar de veras es un talento que se aprende con los años.
Me juré que no volvería a verla, que no volvería a mencionar su nombre, o a recordar el tiempo que había perdido a su lado. Por alguna extraña razón, me sentí en paz. La ira que me había sacado de casa se había evaporado. Temí que volviese, y con saña renovada, al día siguiente. Temí que los celos y la vergüenza me consumiesen lentamente una vez las piezas de cuanto había vivido aquella noche cayesen por su propio peso. Faltaban varias horas para el alba y todavía me quedaba una cosa que hacer antes de poder volver a casa con la conciencia limpia.
La calle Arco del Teatro seguía allí, apenas una brecha de penumbra. Un riachuelo de agua negra se había formado en el centro del callejón y se adentraba en procesión funeraria hacia el corazón del Raval. Reconocí el viejo portón de madera y la fachada barroca a la que me había conducido mi padre un amanecer seis años atrás. Ascendí los peldaños y me resguardé de la lluvia bajo la arcada del portal que olía a orines y a madera podrida. El Cementerio de los Libros Olvidados olía más a muerto que nunca. No recordaba que el picaporte era un rostro de diablillo. Lo así por los cuernos y golpeé tres veces la puerta. El eco cavernoso se esparció en el interior.
Al rato volví a llamar, seis golpes esta vez, más fuertes, hasta que me dolió el puño. Pasaron otros tantos minutos y empecé a pensar que no debía de haber ya nadie en aquel lugar. Me acurruqué contra la puerta y saqué el libro de Carax del interior de la chaqueta. Lo abrí y leí de nuevo aquella primera frase que me había capturado años atrás.
Aquel verano llovió todos los días, y aunque muchos decían que era castigo de Dios porque habían abierto en el pueblo un casino junto a la iglesia, yo sabía que la culpa era mía y sólo mía porque había aprendido a mentir y guardaba todavía en los labios las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte:
nunca quise al hombre con quien me casé, sino a otro que me dijeron que había muerto en la guerra; búscale y dile que morí pensando en él, porque él es tu verdadero padre.
Sonreí, recordando aquella primera noche de lectura febril seis años atrás.
Cerré el libro y me dispuse a llamar por tercera y última vez. Antes de que pudiera rozar con los dedos el picaporte, el portón se abrió lo suficiente para insinuar el perfil del guardián portando un candil de aceite.
—Buenas noches —musité—. Isaac, ¿verdad?
El guardián me observó sin pestañear. El reluz del candil esculpía sus rasgos angulosos en ámbar y escarlata, y le confería una inequívoca semejanza con el diablillo del picaporte.
—Usted es Sempere hijo —murmuró con voz cansina.
—Tiene usted una excelente memoria.
—Y usted un sentido de la oportunidad que da asco. ¿Sabe qué hora es?
Su mirada acerada ya había detectado el libro bajo mi chaqueta. Isaac hizo un gesto inquisitivo con la cabeza. Extraje el libro y se lo mostré.
—Carax —dijo—. Debe de haber diez personas como mucho en esta ciudad que sepan quién es o que hayan leído ese libro.
—Pues una de ellas anda empeñada en prenderle fuego. No se me ocurre mejor escondite que éste.
—Esto es un cementerio, no una caja fuerte.
—Precisamente. Lo que este libro necesita es que lo entierren donde nadie pueda encontrarlo.
Isaac lanzó una mirada recelosa hacia el callejón. Abrió un poco la puerta y me hizo señas para que me colase dentro. El vestíbulo oscuro e insondable olía a cera quemada y a humedad. Se podía oír un goteo intermitente en la oscuridad.
Isaac me tendió el candil para que lo sostuviese mientras él extraía de su abrigo un manojo de llaves que hubiera sido la envidia de un carcelero. Conjurando alguna ciencia ignota, acertó cuál era la que buscaba y la introdujo en un cerrojo protegido por una carcasa de cristal repleta de relés y ruedas dentadas que sugería una caja de música a escala industrial. A una vuelta de muñeca, el mecanismo chasqueó como las entrañas de un autómata y vi las palancas y los fulcros deslizarse en un ballet mecánico asombroso hasta trabar el portón con una araña de barras de acero que se hundió en una estrella de orificios en los muros de piedra.
—Ni el Banco de España —comenté impresionado—. Parece algo sacado de Julio Verne.
—Kafka —matizó Isaac, recuperando el candil y encaminándose hacia las profundidades del edificio—. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos.
Lo seguí a través de los corredores que recordaba con frescos de ángeles y quimeras. Isaac sostenía el candil en alto, proyectando una burbuja intermitente de luz rojiza y evanescente. Cojeaba vagamente, y el abrigo de franela deshilachado que vestía semejaba un manto fúnebre. Se me ocurrió que aquel individuo, a medio camino entre Caronte y el bibliotecario de Alejandría, se sentiría a gusto en las páginas de Julián Carax.
—¿Sabe usted algo de Carax? —pregunté.
Isaac se detuvo al final de una galería y me miró, indiferente.
—No mucho. Lo que me contaron.
—¿Quién?
—Alguien que le conoció bien, o eso creía.
Me dio el corazón un vuelco.
—¿Cuándo fue eso?
—Cuando aún me peinaba. Usted debía de andar en pañales, y no parece que haya evolucionado mucho, la verdad. Mírese: está usted temblando —dijo.
—Es por la ropa mojada, y el frío que hace aquí dentro.
—Otro día me avisa y enciendo la calefacción central para recibirle en volandas, capullito de alelí. Venga, sígame. Aquí está mi oficina, que tiene estufa y algo que echarle a usted encima mientras le secamos la ropa. Y algo de mercurocromo y agua oxigenada tampoco le irían mal, que me trae un careto que parece salido de la comisaría de Vía Layetana.
—No se moleste, de verdad.
—No me molesto. Lo hago por mí, no por usted. Pasada esa puerta, yo pongo las reglas y aquí los únicos muertos son los libros. A ver si me va usted a pillar una neumonía y tengo que llamar a los del depósito. Ya nos encargaremos del libro ese más tarde. En treinta y ocho años todavía no he visto ninguno que echase a correr.
—No sabe cómo se lo agradezco...
—Sin pamplinas. Si le he dejado pasar, es por respeto al padre de usted, de lo contrario le hubiese dejado en la calle. Haga el favor de seguirme. Y si se comporta, a lo mejor le cuento lo que sé de su amigo Julián Carax De refilón, cuando creyó que no podía verle, advertí que se le escapaba una sonrisa de pillo redomado. Isaac estaba claramente disfrutando de su papel de siniestro cancerbero. Yo también sonreí para mis adentros. Ya no me cabía la menor duda de a quién pertenecía el rostro del diablillo del picaporte.
10
Isaac me echó un par de mantas finas por los hombros y me ofreció una taza con un mejunje humeante que olía a chocolate caliente con ratafía.
—Me contaba usted de Carax...
—No hay mucho que contar. Al primero que oí mencionar a Carax fue a Toni Cabestany, el editor. Le hablo de veinte años atrás, cuando aún existía la editorial. Siempre que volvía de sus viajes a Londres, París o Viena, Cabestany se dejaba caer por aquí y charlábamos un rato. Los dos nos habíamos quedado viudos y él se lamentaba de que ahora estábamos casados con los libros, yo con los viejos y él con los de la contabilidad. Éramos buenos amigos. En una de sus visitas me contó que acababa de adquirir por cuatro chavos los derechos en castellano de las novelas de un tal Julián Carax, un barcelonés que vivía en París. Eso debió de ser en el año 28 o 29. Al parecer, Carax trabajaba de pianista en un burdel de poca monta en Pigalle por las noches y escribía de día en un ático miserable en la barriada de Saint Germain.
París es la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte. Carax había publicado un par de novelas en Francia que habían resultado ser un absoluto fracaso de ventas. Nadie daba un duro por él en París, y a Cabestany siempre le gustó comprar barato.
—¿Entonces, Carax escribía en castellano o en francés?
—A saber. Probablemente las dos cosas. Su madre era francesa, maestra de música, creo, y él había vivido en París desde que tenía diecinueve o veinte años.
Cabestany decía que recibían de Carax los manuscritos en castellano. Si eran una traducción o el original, tanto le daba. El idioma favorito de Cabestany era el de la peseta, lo demás le traía al pairo. Cabestany había pensado que tal vez, con un golpe de suerte, conseguir colocar unos miles de ejemplares de Carax en el mercado español.
—¿Y lo consiguió?
Isaac frunció el ceño, escanciándome un poco más de su brebaje reparador.
—Me parece que de la que más, La casa roja, vendió unos noventa.
—Pero siguió publicando a Carax, aunque perdiese dinero —apunté.
—Así es. No sé por qué, la verdad. Cabestany no era un romántico, precisamente. Pero quizá todo hombre tiene sus secretos... Entre el 28 y el 36 le publicó ocho novelas. Donde Cabestany hacía de verdad el dinero era en los catecismos y en una serie de folletines rosa protagonizados por una heroína de provincias, Violeta LaFleur, que se vendían muy bien en quioscos. Las novelas de Carax, supongo, las editaba por gusto y por llevarle la contraria a Darwin.
—¿Qué fue del señor Cabestany?
Isaac suspiró, alzando la mirada.
—La edad, que a todos nos pasa factura. Cayó enfermo y tuvo algunos problemas de dinero. En 1936, el hijo mayor se hizo cargo de la editorial, pero era de los que no saben ni leerse la talla de los calzoncillos. La empresa se vino abajo en menos de un año. Afortunadamente, Cabestany no llegó a ver lo que sus herederos hacían con el fruto de toda una vida de trabajo ni lo que la guerra hacía con el país. Se lo llevó una embolia la noche de Todos los Santos, con un Cohiba en la boca y una niña de veinticinco años en las rodillas. El hijo estaba hecho de otra pasta. Arrogante como sólo los imbéciles pueden serlo. Su primera gran idea fue intentar vender el stock de libros del catálogo de la editorial, el legado de su padre, para transformarlos en pasta de papel o algo así. Un amigo, otro niñato con casa en Caldetas y un Bugatti, le había convencido de que las fotonovelas de amor y el Mein Kampf se iban a vender de miedo y que haría falta celulosa a mansalva para satisfacer la demanda.
—¿Llegó a hacerlo?
—No le dio tiempo. Al poco de tomar las riendas de la editorial, un individuo se presentó en su casa y le hizo una oferta muy generosa. Quería adquirir todo el stock de novelas de Julián Carax que todavía quedasen en existencias, y se ofrecía a pagarlas tres veces su precio de mercado.
—No me diga más. Para quemarlas —murmuré. Isaac sonrió, sorprendido.
—Pues sí. Y parecía usted tonto, tanto preguntar y no saber nada.
—¿Quién era ese individuo? —pregunté.
—Un tal Aubert o Coubert, no recuerdo bien.
—¿Laín Coubert?
—¿Le suena?
—Es el nombre de un personaje de La Sombra del Viento, la última novela de Carax.
Isaac frunció el ceño.
—¿Un personaje de ficción?
—En la novela, Laín Coubert es el nombre que emplea el diablo.
—Un tanto teatral, le diré. Pero sea quien sea, al menos tenía sentido del humor —estimó Isaac.
Yo, que todavía tenía fresca la memoria de mi encuentro con aquel personaje, no le encontraba la gracia ni de refilón, pero reservé mi opinión para mejor lance.
—Este individuo, Coubert, o como se llame, ¿tenía la cara quemada, desfigurada?
Isaac me observó con una sonrisa a medio camino entre la chanza y la preocupación.
—No tengo la menor idea. La persona que me contó todo esto no le llegó a ver, y lo supo porque Cabestany hijo se lo contó a su secretaria al día siguiente. De caras quemadas no mencionó nada. ¿Quiere decir que eso no lo ha sacado de un folletín?
Agité la cabeza, quitándole importancia al tema.
—¿Cómo acabó el asunto? ¿Le vendió los libros el hijo del editor a Coubert?
—pregunté.
—El botarate del niñato se quiso pasar de listo. Pidió más dinero del que Coubert le ofrecía, y éste retiró su propuesta. Días más tarde, el almacén de la editorial Cabestany en Pueblo Nuevo ardió hasta los cimientos poco después de la medianoche. Y gratis.
Suspiré.
—¿Qué ocurrió con los libros de Carax? ¿Se perdieron?
—Casi todos. Por fortuna, la secretaria de Cabestany, al oír lo de la oferta, tuvo una corazonada y, por su cuenta y riesgo, fue al almacén y se llevó un ejemplar de cada título de Carax a su casa. Ella era la que mantenía toda la correspondencia con Carax y, a lo largo de los años, habían entablado cierta amistad. Se llamaba Nuria, y me parece que ella era la única persona en la editorial, y probablemente en toda Barcelona, que se leía las novelas de Carax. Nuria siente debilidad por las causas perdidas. De pequeña recogía animalillos de la calle y los llevaba a casa. Con el tiempo pasó a adoptar novelistas malditos, a lo mejor porque su padre quiso ser uno y nunca lo consiguió.
—Parece que la conozca usted muy bien.
Isaac blandió su sonrisa de diablillo cojuelo.
—Más de lo que ella se cree. Es mi hija.
Se me comió el silencio y la duda. Cuanto más oía de aquella historia, más perdido me sentía.
—Tengo entendido que Carax volvió a Barcelona en 1936. Hay quien dice que murió aquí. ¿Le quedaba familia en la ciudad? ¿Alguien que pudiera saber de él?
Isaac suspiró.
—Vaya usted a saber. Los padres de Carax se habían separado hacía tiempo, creo. La madre se había marchado a América del Sur, donde se volvió a casar. Con su padre, que yo sepa, no se hablaba desde que se marchó a París.
— ¿Por qué no?
—Qué sé yo. La gente se complica la vida, como si no fuese suficientemente complicada.
—¿Sabe si vive aún?
—Eso espero. Era más joven que yo, pero uno ya sale poco y hace años que no leo las necrológicas porque los conocidos caen como moscas y uno se queda acojonado, la verdad. Por cierto, Carax era el apellido de la madre. El padre se apellidaba Fortuny. Tenía una sombrerería en la ronda de San Antonio, y por lo que sé no se llevaba mucho con su hijo.
—¿Pudiera ser entonces que al volver a Barcelona Carax se hubiese sentido tentado de acudir a ver a su hija Nuria, si tenían cierta amistad, aunque él no estuviese en buenos términos con su padre?
Isaac rió amargamente.
—Probablemente soy el menos indicado para saberlo. Después de todo, soy su padre. Sé que una vez, en el 32 o el 33, Nuria viajó a París por asuntos de Cabestany, y que se alojó en casa de Julián Carax un par de semanas. Eso me lo contó Cabestany, porque según ella estuvo en un hotel. Mi hija estaba por entonces soltera y a mí me daba en la nariz que Carax andaba un poco atontado con ella. Mi Nuria es de las que rompen corazones con sólo entrar en una tienda.
—¿Quiere decir que eran amantes?
—A usted le va el folletín, ¿eh? Mire, yo en la vida privada de Nuria nunca me he metido, porque la mía tampoco es como para enmarcarla. Si algún día tiene usted una hija, bendición que no se la deseo yo a nadie, porque es ley de vida que tarde o temprano le romperá a uno el corazón, en fin, a lo que iba, que si algún día tiene usted una hija empezará sin darse cuenta a dividir a los hombres en dos clases: los que usted sospecha que se acuestan con ella y los que no. El que diga que no, miente por los codos. A mí me daba en la nariz que Carax era de los primeros, con lo cual me daba lo mismo si era un genio o un pobre desgraciado, yo siempre le tuve por un sinvergüenza.
A lo mejor estaba usted equivocado.
—No se ofenda, pero usted es todavía muy joven y sabe de mujeres lo que yo de hacer panellets.
—También es verdad —convine—. ¿Qué pasó con los libros que se llevó su hija del almacén?
—Están aquí.
—¿Aquí?
—¿De dónde piensa que salió ese libro que encontró usted el día que le trajo su padre?
—No lo entiende.
—Pues es bien sencillo. Una noche, días después del incendio del almacén de Cabestany, mi hija Nuria se presentó aquí. Estaba nerviosa. Decía que alguien la había estado siguiendo y que temía que el tal Coubert quisiera hacerse con los libros para destruirlos. Nuria me dijo que venía a esconder los libros de Carax. Se adentró en la sala grande y los ocultó en el laberinto de estanterías, como quien entierra tesoros. No le pregunté dónde los había puesto, ni ella me lo dijo. Antes de marcharse me dijo que, en cuanto lograse encontrar a Carax, volvería a por ellos. Me pareció que todavía seguía enamorada de Carax, pero no dije nada. Le pregunté si le había visto recientemente, si sabía algo de él. Me dijo que hacía meses que no tenía noticias suyas, prácticamente desde que él había enviado sus últimas correcciones del manuscrito de su último libro desde París. Si me mintió, no le sabría decir. Lo que sí sé es que después de aquel día, Nuria nunca más volvió a saber de Carax y aquellos libros se quedaron aquí, criando polvo.
—¿Cree usted que su hija accedería a hablar conmigo de todo esto?
—Bueno, mi hija a todo lo que sea hablar se apunta, pero no sé si podrá decirle algo que no le haya contado ya un servidor. Piense que de todo esto hace ya mucho tiempo. Y la verdad es que no nos llevamos tan bien como quisiera. Nos vemos una vez al mes. Vamos a comer por aquí cerca y luego se va como ha venido. Sé que hace años se casó con un buen chico; periodista y un poco atolondrado, la verdad, de esos que siempre andan metidos en líos de política, pero de buen corazón. Se casó por lo civil, sin invitados. Yo me enteré un mes más tarde. Nunca me ha presentado a su marido. Miquel se llama. O algo así. Supongo que no está muy orgullosa de su padre, y no la culpo. Ahora es otra mujer. Mire que hasta aprendió a hacer punto y me dicen que ya no se viste de Simone de Beauvoir. Uno de estos días me enteraré de que he sido abuelo. Hace años que trabaja en casa como traductora de francés e italiano. No sé de dónde sacó el talento, la verdad. De su padre está claro que no. Deje que le apunte su dirección, aunque no sé si es muy buena idea que le diga que le envío yo.
Isaac anotó unos garabatos en una esquina de un diario viejo y me tendió el
recorte.
—Se lo agradezco. Nunca se sabe, a lo mejor ella recuerda algo...
Isaac sonrió con cierta tristeza.
—De cría lo recordaba todo. Todo. Luego los hijos se hacen mayores y ya no
sabes lo que piensan ni lo que sienten. Y así ha de ser, supongo. No le cuente a
Nuria lo que le he explicado, ¿eh? Lo dicho aquí que quede entre nosotros.
—Descuide. ¿Cree que ella aún piensa en Carax? Isaac suspiró largamente,
bajando la mirada.
—Yo qué sé. No sé si le quiso de verdad. Estas cosas se quedan en el
corazón de cada uno, y ella ahora es una mujer casada. Yo a la edad de usted tuve
una novieta, Teresita Boadas se llamaba, que cosía delantales en la textil Santamaría
de la calle Comercio. Ella tenía dieciséis años, dos menos que yo, y era la primera
mujer de la que me enamoré. No ponga esa cara, que ya sé que ustedes los jóvenes
se creen que los viejos no nos hemos enamorado nunca. El padre de Teresita tenía
un carromato de hielo en el mercado del Borne y era mudo de nacimiento. No sabe
usted el miedo que pasé el día que le pedí permiso para casarme con su hija y se tiró
cinco minutos mirándome fijamente, sin soltar prenda y con el pico del hielo en la
mano. Llevaba yo ahorrando dos años para comprar una alianza cuando Teresita
cayó enferma. Algo que había pillado en el taller, me dijo. En seis meses se me había
muerto de tuberculosis. Aún me acuerdo de cómo gemía el mudo el día que la
enterramos en el cementerio de Pueblo Nuevo.
Isaac se sumió en un profundo silencio. No me atreví ni a respirar. Al poco alzó
la vista y me sonrió.
—Le hablo de cincuenta y cinco años atrás, ahí es nada. Pero, si he de serle
sincero, no pasa un día que no me acuerde de ella, de los paseos que nos dábamos
hasta las ruinas de la Exposición Universal de 1888 y de cómo se reía de mí cuando
le leía los poemas que escribía en la trastienda del colmado de embutidos y
ultramarinos de mi tío Leopoldo. Me acuerdo hasta de la cara de una gitana que nos
leyó la mano en la playa del Bogatell y nos dijo que estaríamos juntos toda la vida. A
su manera, no mentía. ¿Qué le puedo decir? Pues sí, yo creo que Nuria todavía se
acuerda de ese hombre, aunque no lo diga. Y, la verdad, yo eso no se lo perdonaré a
Carax jamás. Usted es muy joven todavía, pero yo sé lo que duelen esas cosas. Si
quiere saber mi opinión, Carax era un ladrón de corazones, y el de mi hija se lo llevó a
la tumba o al infierno. Sólo le pido una cosa, si es que la ve y habla con ella: que me
diga cómo está. Que averigüe si es feliz. Y si ha perdonado a su padre.
Poco antes del alba, portando tan sólo un candil de aceite, me adentré una vez
más en el Cementerio de los Libros Olvidados. Al hacerlo, imaginaba a la hija de
Isaac recorriendo aquellos mismos corredores oscuros e interminables con idéntica
determinación a la que me guiaba a mí: salvar el libro. En un principio creí que
recordaba la ruta que había seguido en mi primera visita a aquel lugar de la mano de
mi padre, pero pronto comprendí que los dobleces del laberinto combaban los pasillos
en volutas que era imposible recordar. Tres veces intenté seguir una ruta que había
creído memorizar, y tres veces me devolvió el laberinto al mismo punto del que había
partido. Isaac me esperaba allí, sonriente.
—¿Piensa volver algún día a por él? —preguntó.
—Por supuesto.
—En ese caso, quizá quiera usted hacer una pequeña trampa.
—¿Trampa?
—Joven, usted es un poco duro de entendederas, ¿verdad? Acuérdese del
Minotauro.
Tardé unos segundos en comprender su sugerencia. Isaac extrajo un viejo
cortaplumas del bolsillo y me lo tendió.
—Haga usted una pequeña marca en cada esquina que tuerza, una muesca
que sólo usted conozca. Es madera vieja y tiene tantos arañazos y estrías que nadie
lo advertirá, a menos que sepa lo que está buscando...
Seguí su consejo y me adentré de nuevo en el corazón de la estructura. Cada
vez que torcía el rumbo me detenía a marcar los estantes con una C y una X en el
lado del corredor por el que me decantaba. Veinte minutos más tarde me había
perdido completamente en las entrañas de la torre y el lugar en que iba a enterrar la
novela se me reveló por casualidad. A mi derecha vislumbré una hilera de tomos
sobre la desamortización debidos a la pluma del insigne Jovellanos. A mis ojos de
adolescente, semejante camuflaje hubiera disuadido hasta las mentes más retorcidas.
Extraje unos cuantos e inspeccioné la segunda hilera oculta detrás de aquellos muros
de prosa granítica. Entre nubecillas de polvo, varias comedias de Moratín y un
flamante Curial e Güelfa alternaban con el Tractatus Logico Politicus de Spinoza.
Como toque de gracia, opté por confinar el Carax entre un anuario de sentencias
judiciales de los tribunales civiles de Gerona de 1901 y una colección de novelas de
Juan Valera. Para ganar espacio, decidí llevarme el libro de poesía del Siglo de Oro
que los separaba y en su sitio deslicé La Sombra del Viento. Me despedí de la novela
con un guiño, y volví a colocar en su lugar la antología de Jovellanos, amurallando la
primera fila.
Sin más ceremonial me alejé de allí, guiándome por las muescas que había ido
dejando en el camino. Mientras recorría túneles y túneles de libros en la penumbra,
no pude evitar que me embargase una sensación de tristeza y desaliento. No podía
evitar pensar que si yo, por pura casualidad, había descubierto todo un universo en
un solo libro desconocido entre la infinidad de aquella necrópolis, decenas de miles
más quedarían inexplorados, olvidados para siempre. Me sentí rodeado de millones
de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un
océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía
la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.
Despuntaban las primeras luces del alba cuando regresé al piso de la calle
Santa Ana. Abrí la puerta con sigilo y me deslicé por el umbral sin encender la luz.
Desde el recibidor se podía ver el comedor al fondo del pasillo, la mesa todavía
ataviada de fiesta. El pastel seguía allí, intacto, y la vajilla seguía esperando la cena.
La silueta de mi padre se recortaba inmóvil en el butacón, oteando desde la ventana.
Estaba despierto y aún vestía su traje de salir. Volutas de humo se alzaban
perezosamente de un cigarrillo que sostenía entre el índice y el anular, como si fuese
una pluma. Hacía años que no veía fumar a mi padre.
—Buenos días —murmuró, apagando el cigarrillo en un cenicero casi repleto
de colillas a medio fumar.
Le miré sin saber qué decir. Su mirada quedaba velada al contraluz.
—Clara llamó varias veces anoche, un par de horas después de que te fueras
—dijo—. Sonaba muy preocupada. Dejó recado que la llamases, fuera la hora que
fuese.
—No pienso volver a ver a Clara, o a hablar con ella —dije.
Mi padre se limitó a asentir en silencio. Me dejé caer en una de las sillas del
comedor. La mirada se me cayó al suelo.
—¿Vas a decirme dónde has estado?
—Por ahí.
—Me has dado un susto de muerte.
No había ira en su voz, ni apenas reproche, sólo cansancio.
—Lo sé. Y lo siento —respondí.
—¿Qué te has hecho en la cara?
—Resbalé en la lluvia y me caí.
—Esa lluvia debía de tener un buen derechazo. Ponte algo.
—No es nada. Ni lo noto —mentí—. Lo que necesito es irme a dormir. No me
tengo en pie.
—Al menos abre tu regalo antes de irte a la cama —dijo mi padre.
Señaló el paquete envuelto en papel de celofán que había depositado la
noche anterior sobre la mesa del comedor. Dudé un instante. Mi padre asintió. Tomé
el paquete y lo sopesé. Se lo tendí a mi padre sin abrir.
—Lo mejor es que lo devuelvas. No merezco ningún regalo.
—Los regalos se hacen por gusto del que regala, no por mérito del que recibe
—dijo mi padre—. Además, ya no se puede devolver. Ábrelo.
Deshice el cuidadoso envoltorio en la penumbra del alba. El paquete contenía
una caja de madera labrada, reluciente, ribeteada con remaches dorados. Se me
iluminó la sonrisa antes de abrirla. El sonido del cierre al abrirse era exquisito, de
mecanismo de relojería. El interior del estuche venía recubierto de terciopelo azul
oscuro. La fabulosa Montblanc Meinsterstück de Víctor Hugo descansaba en el
centro, deslumbrante. La tomé en mis manos y la contemplé al reluz del balcón.
Sobre la pinza de oro del capuchón había grabada una inscripción.
Daniel Sempere,1953
Miré a mi padre, boquiabierto. No creo haberle visto nunca tan feliz como me
lo pareció en aquel instante. Sin mediar palabra, se levantó de la butaca y me
abrazó con fuerza. Sentí que se me encogía la garganta y, a falta de palabras, me
mordí la voz.
GENIO Y FIGURA
1953
11
Aquel año, el otoño cubrió Barcelona con un manto de hojarasca que
revoloteaba en las calles como piel de serpiente. La memoria de aquella lejana
noche de cumpleaños me había enfriado los ánimos, o quizá fue la vida que
había decidido concederme un año sabático de mis penas de sainete para que
empezase a madurar. Me sorprendí a mí mismo apenas pensando en Clara
Barceló, o en Julián Carax, o en aquel fantoche sin rostro que olía a papel
quemado y se declaraba personaje escapado de las páginas de un libro. Para
noviembre había cumplido un mes de sobriedad, sin acercarme una sola vez a
la plaza Real a mendigar un atisbo de Clara en la ventana. El mérito, debo
confesar, no fue del todo mío. Las cosas en la librería se estaban animando y
mi padre y yo teníamos más trabajo del que podíamos quitarnos de encima.
—A este paso vamos a tener que coger a otra persona para que nos
ayude en la búsqueda de los pedidos —comentaba mi padre—. Lo que nos
haría falta sería alguien muy especial, medio detective, medio poeta, que cobre
barato y al que no le asusten las misiones imposibles.
—Creo que tengo al candidato adecuado —dije.
Encontré a Fermín Romero de Torres en su lugar habitual bajo los arcos
de la calle Fernando. El mendigo estaba recomponiendo la primera página de la
Hoja del Lunes a partir de trozos rescatados de una papelera. La estampa del
día iba de obras públicas y desarrollo.
—¡Rediós! ¿Otro pantano? —le oí exclamar—. Esta gente del fascio
acabará por convertirnos a todos en una raza de beatas y batracios.
—Buenas —dije suavemente—. ¿Se acuerda de mí?
El mendigo alzó la vista, y su rostro se iluminó de pronto con una sonrisa
de bandera.
—¡Alabados sean los ojos! ¿Qué se cuenta usted, amigo mío? Me
aceptará un traguito de tinto, ¿verdad?
—Hoy invito yo —dije—. ¿Tiene apetito?
—Hombre, no le diría que no a una buena mariscada, pero yo me apunto
a un bombardeo.
De camino a la librería, Fermín Romero de Torres me relató toda suerte
de correrías que había vivido aquellas semanas a fin y efecto de eludir a las
fuerzas de seguridad del Estado, y más particularmente a su némesis, un tal
inspector Fumero con el que al parecer llevaba un largo historial de conflictos.
—¿Fumero? —pregunté, recordando que aquél era el nombre del soldado
que había asesinado al padre de Clara Barceló en el castillo de Montjuïc a los
inicios de la guerra.
El hombrecillo asintió, pálido y aterrado. Se le veía famélico, sucio y
hedía a meses de vida en la calle. El pobre no tenía ni idea de adónde le
conducía, y advertí en su mirada cierto susto y una creciente angustia que se
esforzaba en vestir de verborrea incesante. Cuando llegamos a la tienda, el
mendigo me lanzo una mirada de preocupación.
—Ande, pase usted. Ésta es la librería de mi padre, al que quiero
presentarle.
El mendigo se encogió en un manojo de roña y nervios.
—No, no, de ninguna manera, que yo no estoy presentable y éste es un
establecimiento de categoría; le voy a avergonzar a usted...
Mi padre se asomó a la puerta, le hizo un repaso rápido al mendigo y
luego me miró de reojo.
—Papá, éste es Fermín Romero de Torres.
—Para servirle a usted —dijo el mendigo casi temblando.
Mi padre le sonrió serenamente y le tendió la mano. El mendigo no se
atrevía a estrecharla, avergonzado por su aspecto y la mugre que le cubría la
piel.
—Oiga, mejor que me vaya y les deje a ustedes —tartamudeó.
Mi padre le asió suavemente por el brazo.
—Nada de eso, que mi hijo me ha dicho que se viene usted a comer con
nosotros.
El mendigo nos miró, atónito, aterrado.
—¿Por qué no sube a casa y se da un buen baño caliente? —dijo mi
padre—. Luego, si le parece, nos bajamos andando hasta Can Solé.
Fermín Romero de Torres balbuceó algo ininteligible. Mi padre, sin bajar
la sonrisa, le guió rumbo al portal y prácticamente tuvo que arrastrarlo escalera
arriba hasta el piso mientras yo cerraba la tienda. Con mucha oratoria y tácticas
subrepticias conseguimos meterlo en la bañera y despojarlo de sus andrajos.
Desnudo parecía una foto de guerra y temblaba como un pollo desplumado.
Tenía marcas profundas en las muñecas y los tobillos, y su torso y espalda
estaban cubiertos de terribles cicatrices que dolían a la vista. Mi padre y yo
intercambiamos una mirada de horror, pero no dijimos nada.
El mendigo se dejó lavar como un niño, asustado y temblando. Mientras yo
buscaba ropa limpia en el arcón para vestirlo, escuchaba la voz de mi padre
hablándole sin pausa. Encontré un traje que mi padre ya no se ponía nunca, una
camisa vieja y algo de ropa interior. De la muda que traía el mendigo no podían
aprovecharse ni los zapatos. Le escogí unos que mi padre casi no se calzaba
porque le quedaban pequeños. Envolví los andrajos en papel de periódico, incluidos
unos calzones que exhibían el color y la consistencia del jamón serrano, y los metí
en el cubo de la basura. Cuando volví al baño, mi padre estaba afeitando a Fermín
Romero de Torres en la bañera. Pálido y oliendo a jabón, parecía un hombre veinte
años más joven. Por lo que vi, ya se habían hecho amigos. Fermín Romero de
Torres, quizá bajo los efectos de las sales de baño, se había embalado.
—Mire lo que le digo, señor Sempere, de no haber querido la vida que la mía
fuese una carrera en el mundo de la intriga internacional, lo mío, de corazón, eran
las humanidades. De niño sentí la llamada del verso y quise ser Sófocles o Virgilio,
porque a mí la tragedia y las lenguas muertas me ponen la piel de gallina, pero mi
padre, que en gloria esté, era un cazurro de poca visión y siempre quiso que uno de
sus hijos ingresara en la Guardia Civil, y a ninguna de mis siete hermanas las
hubiesen admitido en la Benemérita, pese al problema de vello facial que siempre
caracterizó a las mujeres de mi familia por parte de madre. En su lecho de muerte,
mi progenitor me hizo jurar que si no llegaba a calzar el tricornio, al menos me haría
funcionario y abandonaría toda pretensión de seguir mi vocación por la lírica. Yo soy
de los de antes, y a un padre, aunque sea un burro, hay que obedecerle, ya me
entiende usted. Aun así, no se crea usted que he desdeñado el cultivo del intelecto
en mis años de aventura. He leído lo mío y le podría recitar de memoria fragmentos
selectos de La vida es sueño.
—Ande, jefe, póngase esta ropa, si me hace el favor, que aquí su erudición
está fuera de toda duda —dije yo, acudiendo al rescate de mi padre.
A Fermín Romero de Torres se le deshacía la mirada de gratitud. Salió de la
bañera, reluciente. Mi padre lo envolvió en una toalla. El mendigo se reía de puro
placer al sentir el tejido limpio sobre la piel. Le ayudé a enfundarse la muda, que le
venía unas diez tallas grande. Mi padre se desprendió del cinturón y me lo tendió
para que se lo ciñese al mendigo.
—Está usted hecho un pincel —decía mi padre—. ¿Verdad, Daniel?
—Cualquiera lo tomaría por un artista de cine.
—Quite, que uno ya no es el que era. Perdí mi musculatura hercúlea en la
cárcel y desde entonces...
—Pues a mí, me parece usted Charles Boyer, por la percha —objetó mi
padre—. Lo cual me recuerda que quería proponerle a usted algo.
—Yo por usted, señor Sempere, si hace falta, mato. Sólo tiene que decirme el
nombre y yo liquido al tipo sin dolor.
—No hará falta tanto. Yo lo que quería ofrecerle es un trabajo en la librería.
Se trata de buscar libros raros para nuestros clientes. Es casi un puesto de
arqueología literaria, para el que hace tanta falta conocer los clásicos como las
técnicas básicas del estraperlo. No puedo pagarle mucho, de momento, pero
comerá usted en nuestra mesa y, hasta que le encontremos una buena pensión, se
hospedará usted aquí en casa, si le parece bien.
El mendigo nos miró a ambos, mudo.
—¿Qué me dice? —preguntó mi padre—. ¿Se une al equipo?
Me pareció que iba a decir algo, pero justo entonces Fermín Romero de
Torres se nos echó a llorar.
Con su primer sueldo, Fermín Romero de Torres se compró un sombrero
peliculero, unos zapatos de lluvia y se empeñó en invitarnos a mi padre y a mí a
un plato de rabo de toro, que preparaban los lunes en un restaurante a un par de
calles de la Plaza Monumental. Mi padre le había encontrado una habitación en
una pensión de la calle Joaquín Costa donde, merced a la amistad de nuestra
vecina la Merceditas con la patrona, se pudo obviar el trámite de rellenar la hoja de
información sobre el huésped para la policía y así mantener a Fermín Romero de
Torres lejos del olfato del inspector Fumero y sus secuaces. A veces me venía a la
memoria la imagen de las tremendas cicatrices que le cubrían el cuerpo. Me sentía
tentado de preguntarle por ellas, temiendo quizá que el inspector Fumero tuviese
algo que ver con el asunto, pero había algo en la mirada del pobre hombre que
sugería que era mejor no mentar el tema. Ya nos lo contaría él mismo algún día,
cuando le pareciese oportuno. Cada mañana, a las siete en punto, Fermín nos
esperaba en la puerta de la librería, con presencia impecable y siempre con una
sonrisa en los labios, dispuesto a trabajar una jornada de doce o más horas sin
pausa. Había descubierto una pasión por el chocolate y los brazos de gitano que
no desmerecía de su entusiasmo por los grandes de la tragedia griega, con lo cual
había ganado algo de peso. Gastaba un afeitado de señorito, se peinaba hacia
atrás con brillantina y se estaba dejando un bigotillo de lápiz para estar a la moda.
Treinta días después de emerger de aquella bañera, el ex mendigo estaba
irreconocible. Pero, pese a lo espectacular de su transformación, donde realmente
Fermín Romero de Torres nos había dejado boquiabiertos era en el campo de
batalla. Sus instintos detectivescos, que yo había atribuido a fabulaciones febriles,
eran de precisión quirúrgica. En sus manos, los pedidos más extraños se
solucionaban en días, cuando no en horas. No había título que no conociese, ni
argucia para conseguirlo que no se le ocurriese para adquirirlo a buen precio. Se
colaba en las bibliotecas particulares de duquesas de la avenida Pearson y
diletantes del círculo ecuestre a golpe de labia, siempre asumiendo identidades
ficticias, y conseguía que le regalasen los libros o se los vendiesen por dos perras.
La transformación del mendigo en ciudadano ejemplar parecía milagrosa,
una de esas historias que se complacían en contar los curas de parroquia pobre
para ilustrar la infinita misericordia del Señor, pero que siempre sonaban
demasiado perfectas para ser ciertas, como los anuncios de crecepelo en las
paredes de los tranvías. Tres meses y medio después de que Fermín hubiera
empezado a trabajar en la librería, el teléfono del piso de la calle Santa Ana nos
despertó a las dos de la mañana de un domingo. Era la dueña de la pensión donde
se hospedaba Fermín Romero de Torres. Con la voz entrecortada nos explicó que
el señor Romero de Torres se había encerrado en su cuarto por dentro, estaba
gritando como un loco, golpeando las paredes y jurando que si alguien entraba, se
mataría allí mismo cortándose el cuello con una botella rota.
—No llame a la policía, por favor. Ahora mismo vamos.
Salimos a escape rumbo a la calle Joaquín Costa. Era una noche fría, de
viento que cortaba y cielos de alquitrán. Pasamos corriendo frente a la Casa de la
Misericordia y la Casa de la Piedad, desoyendo miradas y susurros que silbaban
desde portales oscuros que olían a estiércol y carbón. Llegamos a la esquina
de la calle Ferlandina. Joaquín Costa caía como una brecha de colmenas
ennegrecidas fundiéndose en las tinieblas del Raval. El hijo mayor de la dueña
de la pensión nos esperaba en la calle.
—¿Han llamado a la policía? —preguntó mi padre.
—Todavía no —contestó el hijo.
Corrimos escaleras arriba. La pensión estaba en el segundo piso, y la
escalera era una espiral de mugre que apenas se adivinaba al reluz ocre de
bombillas desnudas y cansadas que pendían de un cable pelado. Doña
Encarna, viuda de un cabo, de la Guardia Civil y dueña de la pensión, nos
recibió a la puerta del piso enfundada en una bata azul celeste y luciendo una
cabeza de rulos a juego.
—Mire, señor Sempere, ésta es una casa decente y de categoría. Me
sobran las ofertas y estos retablos yo no tengo por qué tolerarlos —dijo
mientras nos guiaba a través de un pasillo oscuro que olía a humedad y a
amoníaco.
—Lo comprendo —murmuraba mi padre.
Los gritos de Fermín Romero de Torres se oían desgarrando las paredes
al fondo del corredor. De las puertas entreabiertas se asomaban varias caras
chupadas y asustadas, caras de pensión y sopa aguada.
—Venga, y los demás a dormir, coño, que esto no es una revista del
Molino —exclamó doña Encarna con furia.
Nos detuvimos frente a la puerta de la habitación de Fermín. Mi padre
golpeó suavemente con los nudillos.
—¿Fermín? ¿Está usted ahí? Soy Sempere.
El aullido que atravesó la pared me heló el corazón. Incluso doña
Encarna perdió la compostura de gobernanta y se llevó las manos al corazón,
oculto bajo los pliegues abundantes de su frondosa pechuga.
Mi padre llamó de nuevo.
—¿Fermín? Ande, ábrame.
Fermín aulló de nuevo, lanzándose contra las paredes, gritando obscenidades hasta desgañitarse. Mi padre suspiró.
—¿Tiene usted llave de esta habitación?
—Pues claro.
—Démela.
Doña Encarna dudó. Los demás inquilinos se habían vuelto a asomar al
pasillo, blancos de terror. Aquellos gritos se tenían que oír desde Capitanía.
—Y tú, Daniel, corre a buscar al doctor Baró, que está aquí al lado, en el
12 de Riera Alta.
—Oiga, ¿no sería mejor llamar a un cura?, porque a mí éste me suena a
endemoniado —ofreció doña Encarna.
—No. Con un médico va que se mata. Venga, Daniel. Corre. Y usted
deme esa llave, haga el favor.
El doctor Baró era un solterón insomne que pasaba las noches leyendo a
Zola y mirando estereogramas de señoritas en paños menores para combatir el
tedio. Era cliente habitual en la tienda de mi padre y él mismo se autocalificaba
de matasanos de segunda fila, pero tenía más ojo para acertar diagnósticos que
la mitad de los doctores de postín con consulta en la calle Muntaner. Gran parte
de su clientela la componían furcias viejas del barrio y desgraciados que
apenas podían pagarle, pero a los que atendía igualmente. Yo le había
escuchado decir más de una vez que el mundo era un orinal y que estaba
esperando a que el Barcelona ganase la liga de una puñetera vez para morirse
en paz. Me abrió la puerta en bata, oliendo a vino y con un pitillo apagado en los
labios.
—¿Daniel?
—Me manda mi padre. Es una emergencia.
Cuando regresamos a la pensión nos encontramos a doña Encarna
sollozando de puro susto, al resto de los inquilinos con color de cirio gastado y a mi
padre sosteniendo en sus brazos a Fermín Romero de Torres en un rincón de la
habitación. Fermín estaba desnudo, llorando y temblando de terror. La habitación
estaba destrozada, las paredes manchadas con lo que no sabría decir si era sangre
o excremento. El doctor Baró echó un rápido vistazo a la situación y, con un gesto,
le indicó a mi padre que tenían que tender a Fermín en la cama. Les ayudó el hijo
de doña Encarna, que aspiraba a boxeador. Fermín gemía y se convulsionaba como
si una alimaña le estuviese devorando las entrañas.
—Pero ¿qué tiene este pobre hombre, por Dios? ¿Qué tiene? —gemía doña
Encarna desde la puerta, agitando la cabeza.
El doctor le tomó el pulso, le inspeccionó las pupilas con una linterna y sin
mediar palabra procedió a preparar una inyección de un frasco que llevaba en el
maletín.
—Sujétenlo. Esto lo pondrá a dormir. Daniel, ayúdanos.
Entre los cuatro inmovilizamos a Fermín, que se sacudió violentamente
cuando sintió la punzada de la aguja en el muslo. Se le tensaron los músculos como
cables de acero, pero en unos segundos los ojos se le nublaron v su cuerpo cayó
inerte.
—Oiga, vigile, que este hombre es muy poca cosa y según lo que le dé lo
mata —dijo doña Encarna.
—No se preocupe. Sólo está dormido —dijo el doctor, examinando las
cicatrices que cubrían el cuerpo famélico de Fermín.
Le vi negar en silencio.
—Fills de puta —murmuró.
—¿De qué son esas cicatrices? —pregunté—. ¿Cortes?
El doctor Baró negó, sin alzar la vista. Buscó una manta entre los despojos y
cubrió a su paciente.
—Quemaduras. A este hombre lo han torturado —explicó—. Esas marcas las
hace una lámpara de soldar.
Fermín durmió durante dos días. Al despertar no recordaba nada, excepto
que creía haberse despertado en una celda oscura y luego nada más. Se sintió tan
avergonzado por su conducta que se puso de rodillas a pedirle perdón a doña
Encarna. Le juró que le iba a pintar la pensión y, como sabía que ella era muy
devota, hacer decir diez misas por ella en la iglesia de Belén.
—Usted lo que tiene que hacer es ponerse bien, y no darme más sustos así,
que yo estoy vieja para esto.
Mi padre pagó los desperfectos y rogó a doña Encarna que le diese otra
oportunidad a Fermín. Ella asintió de buen grado. La mayoría de sus inquilinos eran
desheredados y gente sola en el mundo, como ella. Pasado el susto, le cogió aún
más cariño a Fermín y le hizo prometer que tomaría unas pastillas que el doctor
Baró le había recetado.
—Yo por usted, doña Encarna, me trago un ladrillo si es necesario.
Con el tiempo todos hicimos como que habíamos olvidado lo sucedido, pero
nunca más volví a tomarme a broma las historias del inspector Fumero. Después de
aquel episodio, para no dejarlo solo, nos llevábamos a Fermín Romero de Torres
casi todos los domingos a merendar al café Novedades. Luego subíamos andando
hasta el cine Fémina en la esquina de Diputación y paseo de Gracia. Uno de los
acomodadores era amigo de mi padre y nos dejaba colarnos por la salida de
incendios de platea a medio No-Do, siempre en el momento en que el Generalísimo
cortaba la cinta inaugural de algún nuevo pantano, lo cual a Fermín Romero de
Torres le atacaba los nervios.
—Qué vergüenza —decía, indignado.
—¿No le gusta a usted el cine, Fermín?
—En confianza, a mí esto del séptimo arte me la repampinfla. A mi entender
no es más que pábulo para atontar a la plebe embrutecida, peor que el fútbol o los
toros. El cinematógrafo nació como invento para entretener a las masas
analfabetas, y cincuenta años más tarde no ha cambiado mucho.
Toda aquella reticencia cambió radicalmente el día que Fermín Romero de
Torres descubrió a Carole Lombard.
—¡Qué busto, Jesús, María y José, qué busto! —exclamó en plena
proyección, poseído—. ¡Eso no son tetas, son dos carabelas!
—Cállese, so guarro, o ahora mismo llamo al encargado —masculló una voz
de confesonario ubicada un par de filas a nuestras espaldas—. Habráse visto el
poca vergüenza. Qué país de cerdos.
—Más vale que baje la voz, Fermín —aconsejé.
Fermín Romero de Torres no me escuchaba. Andaba perdido en el suave
vaivén de aquel escote milagroso, con la sonrisa robada y los ojos envenenados de
tecnicolor. Más tarde, caminando de vuelta por el paseo de Gracia, observé que
nuestro detective bibliográfico seguía en trance.
—Creo que vamos a tener que buscarle a usted una mujer —dije—. Una
mujer le alegrará la vida, ya lo verá.
Fermín Romero de Torres suspiró, su mente rebobinando aún las delicias de
la ley de la gravedad.
—¿Habla usted por experiencia, Daniel? —preguntó inocentemente.
Me limité a sonreír, sabiendo que mi padre me observaba de refilón.
Después de aquel día, Fermín Romero de Torres se aficionó a ir todos los
domingos al cine. Mi padre prefería quedarse en casa leyendo, pero Fermín Romero
de Torres no se perdía una sesión. Compraba un montón de chocolatinas y se
sentaba en la fila diecisiete a devorarlas, esperando la aparición estelar de la diva
de turno. El argumento le traía al pairo, y no paraba de hablar hasta que una dama
de considerables atributos llenaba la pantalla.
—He estado pensando en lo que dijo usted el otro día sobre lo de buscarme
una mujer —dijo Fermín Romero de Torres—. A lo mejor tiene usted razón. En la
pensión hay un nuevo inquilino, un ex seminarista sevillano muy salado que de vez
en cuando se trae unas chavalas imponentes. Oiga, cómo ha mejorado la raza. No
sé cómo se lo hace, porque el muchacho es bien poca cosa, pero a lo mejor las
atonta a padrenuestros. Como tiene la habitación de al lado, yo lo oigo todo, y a
juzgar por lo que se escucha, el fraile debe de ser un artista. Lo que hace un
uniforme. ¿A usted cómo le gustan las mujeres, Daniel?
—No sé yo mucho de mujeres, la verdad.
—Saber no sabe nadie, ni Freud, ni ellas mismas, pero esto es como la
electricidad, no hace falta saber cómo funciona para picarse los dedos. Hala,
cuente. ¿Cómo le gustan? A mí que me perdonen, pero una mujer tiene que tener
forma de hembra y dónde agarrarse, pero usted tiene pinta de que le gusten las
flacas, que es un punto de vista que yo respeto muchísimo, ¿eh?, no me
malinterprete.
—Si he de serle sincero, no tengo mucha experiencia con las mujeres. Más
bien ninguna.
Fermín Romero de Torres me miró con detenimiento, intrigado ante esta
manifestación de ascetismo.
—Yo creía que lo de aquella noche, ya sabe, el porrazo...
—Si todo doliese como una bofetada...
Fermín pareció leerme el pensamiento, y sonrió solidariamente.
—Pues mire, que no le sepa mal, porque lo mejor de las mujeres es
descubrirlas. Como la primera vez, nada de nada. Uno no sabe lo que es la vida
hasta que desnuda por primera vez a una mujer. Botón a botón, como si pelase
usted un boniato bien calentito en una noche de invierno. Ahhhhh...
En pocos segundos, Verónica Lake hacía su entrada en escena, y Fermín
había saltado de dimensión. Aprovechando una secuencia en que Verónica Lake
descansaba, Fermín anunció que se iba a hacer una visita al puesto de chucherías
del vestíbulo para reponer existencias. Después de pasar meses de hambre, mi
amigo había perdido el sentido de la medida, pero merced a su metabolismo de
bombilla nunca llegaba a perder aquel aire hambriento y escuálido de posguerra.
Me quedé solo, apenas siguiendo la acción en pantalla. Mentiría si dijese que
pensaba en Clara. Pensaba sólo en su cuerpo, temblando bajo las embestidas del
profesor de música, reluciente de sudor y de placer. Se me cayó la mirada de la
pantalla y sólo entonces reparé en el espectador que acababa de entrar. Vi su
silueta avanzar hasta el centro del patio de butacas, seis filas más adelante, y
tomar asiento. Los cines estaban llenos de gente sola, pensé. Como yo.
Intenté concentrarme en retomar el hilo de la acción. El galán, un detective
cínico pero con buen corazón, le explicaba a un personaje secundario por qué las
mujeres como Verónica Lake eran la perdición de todo macho cabal y, aun así, no
cabía sino amarlas con desesperación y perecer traicionado por su perfidia.
Fermín Romero de Torres, que se estaba convirtiendo en crítico experto,
denominaba a este género de historias «el cuento de la mantis religiosa». Según
él no eran sino fantasías misóginas para oficinistas con problemas de
estreñimiento y beatas ajadas de aburrimiento que soñaban con echarse al vicio y
llevar una vida de putón desorejado. Sonreí al imaginar los comentarios a pie de
página que hubiese hecho mi amigo el crítico de no haber acudido a su cita con el
puesto de golosinas. La sonrisa se me heló en menos de un segundo. El
espectador sentado seis filas al frente se había vuelto y me estaba mirando
fijamente. El haz nebuloso del proyector taladraba las tinieblas de la sala, un soplo
de luz parpadeante que apenas dibujaba líneas y manchas de color. Reconocí al
instante al hombre sin rostro, Coubert. Su mirada sin párpados brillaba, acerada.
Su sonrisa sin labios se relamía en la oscuridad. Sentí dedos fríos cerrándose
sobre mi corazón. Doscientos violines estallaron en la pantalla, hubo tiros, gritos y
la escena fundió a negro. Por un instante, la platea se sumió en la oscuridad
absoluta y sólo pude oír los latidos que me martilleaban en las sienes.
Lentamente, una nueva escena se iluminó en la pantalla, deshaciendo la oscuridad
de la sala en vahos de penumbra azul y púrpura. El hombre sin rostro había
desaparecido. Me volví y pude ver una silueta alejándose por el pasillo de la platea
y cruzarse con Fermín Romero de Torres, que volvía de su safari gastronómico.
Se adentró en la fila y retomó su butaca. Me tendió una chocolatina de praliné y
me observó con cierta reserva.
—Daniel, está usted blanco como nalga de monja. ¿Se encuentra bien?
Un aliento invisible barría el patio de butacas.
—Huele raro —comentó Fermín Romero de Torres—. Como a pedo rancio,
de notario o procurador.
—No. Huele a papel quemado.
—Ande, tenga un Sugus de limón, que lo cura todo.
—No me apetece.
—Pues se lo guarda, que nunca se sabe cuándo un Sugus le va a sacar a uno
de un apuro.
Guardé el caramelo en el bolsillo de la chaqueta y navegué por el resto de la
película sin prestar atención ni a Verónica Lake ni a las víctimas de sus fatales
encantos. Fermín Romero de Torres se había perdido en el espectáculo y en sus
chocolatinas. Cuando se encendieron las luces al término de la sesión, me pareció
haber despertado de un mal sueño y me sentí tentado de tomar la presencia de aquel
individuo en el patio de butacas como una ilusión, un truco de la memoria, pero su
breve mirada en la oscuridad había bastado para hacerme llegar el mensaje. No se
había olvidado de mí, ni de nuestro pacto.

12
El primer efecto de la llegada de Fermín se hizo notar pronto: descubrí que
tenía mucho más tiempo libre. Cuando Fermín no andaba a la caza y captura de
algún volumen exótico para satisfacer los pedidos de los clientes, se ocupaba de
organizar las existencias de la tienda, idear estratagemas de promoción comercial en
el barrio, sacarle brillo al cartel y a las cristaleras o dejar los lomos de los libros
relucientes con un paño y alcohol. Dada la coyuntura, opté por invertir mi tiempo de
ocio en dos aspectos que había dejado descuidados en los últimos tiempos: seguir
dándole vueltas al enigma de Carax y, sobre todo, tratar de pasar más tiempo con mi
amigo Tomás Aguilar, a quien echaba de menos.
Tomás era un muchacho meditabundo y reservado al que la gente temía por
su aspecto de matón, serio y amenazador. Tenía una constitución de luchador,
hombros de gladiador y una mirada dura y penetrante. Nos habíamos conocido
muchos años atrás en una pelea durante mi primera semana en los jesuitas de
Caspe. Su padre había venido a buscarle después de clase, acompañado de una
niña presumida que resultó ser la hermana de Tomás. Se me ocurrió hacer una gracia
imbécil sobre ella y, antes de que pudiese parpadear, Tomás Aguilar cayó sobre mí
como un diluvio de puñetazos que me dejó varias semanas condolido. Tomás me
doblaba en tamaño, fuerza y ferocidad. En aquel duelo de patio, rodeado de un coro
de críos sedientos de combate sangriento, perdí un diente y gané un nuevo sentido
de las proporciones. No le quise decir a mi padre ni a los curas quién me había
zurrado de aquel modo, ni explicarles que el padre de mi adversario contemplaba la
paliza complacido por el espectáculo y coreando con los demás colegiales.
—Ha sido por culpa mía —dije, dando el tema por zanjado.
Tres semanas más tarde, Tomás se me acercó durante el recreo. Yo, muerto
de miedo, me quedé paralizado. Éste viene a rematarme, pensé. Empezó a
balbucear, y al poco comprendí que lo único que quería era disculparse por la golpiza,
porque sabía que había sido un combate desigual e injusto.
—Soy yo el que tiene que pedirte perdón por haberme metido con tu hermana
—dije—. Lo hubiera hecho el otro día, pero me partiste la boca antes de que pudiese
hablar.
Tomás bajó la mirada, avergonzado. Observé a aquel gigante tímido y
silencioso que vagaba por las aulas y pasillos del colegio como alma sin dueño.
Todos los demás chavales —yo el primero— le tenían miedo, y nadie le hablaba u
osaba cruzar la mirada con él. Con los ojos caídos, casi temblando, me preguntó si yo
querría ser su amigo. Le dije que sí. Me ofreció su mano y la estreché. Su apretón
dolía, pero me aguanté. Aquella misma tarde, Tomas me invitó a merendar a su casa
y me enseñó la colección de extraños artilugios hechos a partir de piezas y chatarra
que guardaba en su habitación.
—Los he hecho yo —me explicó, orgulloso.
Yo era incapaz de entender qué eran o pretendían ser, pero me callé y asentí
con admiración. Me parecía que aquel grandullón solitario se había construido sus
propios amigos de latón y que yo era el primero a quien se los había presentado. Era
su secreto. Yo le hablé de mi madre y de lo mucho que la echaba a faltar. Cuando se
me apagó la voz, Tomás me abrazó en silencio. Teníamos diez años. Desde aquel
día, Tomás Aguilar se convirtió en mi mejor —y yo en su único—, amigo.
Pese a su apariencia beligerante, Tomás era un alma pacífica y bondadosa a
quien su aspecto evitaba toda confrontación. Tartamudeaba bastante, especialmente
cuando hablaba con cualquiera que no fuese su madre, su hermana o yo, lo cual era
casi nunca. Le fascinaban los inventos extravagantes y los ingenios mecánicos, y
pronto descubrí que llevaba a cabo autopsias en todo tipo de artilugios, desde
gramófonos hasta máquinas de sumar, a fin de averiguar sus secretos. Cuando no
estaba conmigo o trabajando para su padre, Tomás pasaba la mayor parte de su
tiempo encerrado en su habitación, construyendo artefactos incomprensibles. Todo lo
que le sobraba de inteligencia le faltaba de sentido práctico. Su interés en el mundo
real se concentraba en aspectos como la sincronía de los semáforos de la Gran Vía,
los misterios de las fuentes luminosas de Montjuïc o los autómatas del parque de
atracciones del Tibidabo.
Tomás trabajaba todas las tardes en el despacho de su padre y a veces, al
salir, se pasaba por la librería. Mi padre siempre se interesaba por sus inventos y le
obsequiaba con manuales de mecánica o biografías de ingenieros como Eiffel y
Edison, a quienes Tomás idolatraba. Con los años, Tomás le había tomado un gran
afecto a mi padre y llevaba una eternidad intentando inventar para él un sistema
automático para archivar fichas bibliográficas a partir de las piezas de un viejo
ventilador. Hacía cuatro años que estaba trabajando en el proyecto, pero mi padre
seguía mostrando entusiasmo por el progreso del mismo para que Tomás no
perdiese los ánimos. En un principio me preocupaba cómo iba a reaccionar Fermín
ante mi amigo.
—Usted debe de ser el amigo inventor de Daniel. Tengo muchísimo gusto en
saludarle. Fermín Romero de Torres, asesor bibliográfico de la librería Sempere para
servirle a usted.
—Tomás Aguilar —tartamudeó mi amigo, sonriendo y estrechando la mano de
Fermín.
—Vigile, que eso que tiene usted no es una mano, sino una prensa hidráulica,
y yo preciso mantener dedos de violinista para mis labores en la empresa.
Tomás le soltó, disculpándose.
—Y, a todo esto, ¿usted cómo se manifiesta frente al teorema de Fermat? —
preguntó Fermín, frotándose los dedos.
Acto seguido pasaron a enzarzarse en una incomprensible discusión sobre
matemática arcana que a mí me sonó a mandarín. Fermín le trataba siempre de
usted, o de doctor, y hacía como que no advertía el tartamudeo del muchacho.
Tomás, para corresponder a la infinita paciencia que Fermín mostraba con él, le traía
cajas de chocolatinas suizas envueltas con fotografías de lagos de azul imposible,
vacas en pastos verde tecnicolor y relojes de cucú.
—Su amigo Tomás tiene talento, pero le falta dirección en la vida, y un poco de
morro, que es lo que hace carrera —opinaba Fermín Romero de Torres—. La mente
científica tiene estas cosas. Vea usted, si no, a don Alberto Einstein. Tanto inventar
prodigios y el primero al que encuentran aplicación práctica es la bomba atómica, y
encima sin su permiso. Además, con ese aspecto de boxeador que tiene Tomás, se lo
van a poner muy difícil en los círculos académicos, porque en esta vida lo único que
sienta cátedra es el prejuicio.
Motivado a salvar a Tomás de una vida de penurias e incomprensión, Fermín
había decidido que lo necesario era hacerle ejercitar su oratoria latente y su
sociabilidad.
—El hombre, como buen simio, es animal social y en él priva el amiguismo, el
nepotismo, el chanchullo y el comadreo como pauta intrínseca de conducta ética —
argumentaba—. Es pura biología.
—Ya será menos.
—Qué pardillo que es usted a veces, Daniel.
Tomás había heredado la pinta de duro de su padre, un próspero
administrador de fincas que tenía despacho en la calle Pelayo junto a los almacenes
El Siglo. El señor Aguilar pertenecía a esa raza de mentes privilegiadas que siempre
tienen razón. Hombre de convicciones profundas, estaba seguro, entre otras cosas,
de que su hijo era un espíritu pusilánime y un deficiente mental. Para compensar
estas vergonzosas taras, contrataba a toda suerte de profesores particulares con el
objetivo de normalizar a su primogénito. «A mi hijo quiero que lo trate usted como si
fuese imbécil, ¿estamos?», le había oído yo decir en numerosas ocasiones. Los
maestros lo intentaban todo, incluso la súplica, pero Tomás tenía por costumbre
dirigirse a ellos sólo en latín, lengua que dominaba con fluidez papal y en la que no
tartamudeaba. Tarde o temprano, los tutores a domicilio dimitían por desesperación y
temor a que el muchacho estuviese poseído y les estuviera endilgando consignas
demoníacas en arameo. La única esperanza del señor Aguilar era que el servicio
militar hiciese de su hijo un hombre de provecho.
Tomás tenía una hermana un año mayor que nosotros, Beatriz. A ella le debía
nuestra amistad, porque si no la hubiese visto aquella lejana tarde de la mano de su
padre, esperando el término de las clases, y no me hubiese decidido a hacer un
chiste de pésimo gusto sobre ella, mi amigo nunca se habría lanzado a darme una
somanta de palos y yo nunca hubiera tenido el valor de hablar con él. Bea Aguilar era
el vivo retrato de su madre, y la niña de los ojos de su padre. Pelirroja y pálida a morir,
se la veía siempre enfundada en carísimos vestidos de seda o lana fresca. Tenía el
talle de maniquí y caminaba erguida como un palo, pagada de sí misma y creyéndose
la princesa de su propio cuento. Tenía los ojos azul verdoso, pero ella insistía en decir
que eran de color «esmeralda y zafiro». Pese a haber pasado un montón de años en
las teresianas, o quizá por eso mismo, cuando su padre no miraba, Bea bebía anís en
copa alta, gastaba medias de seda de La Perla Gris y se maquillaba como las
vampiresas cinematográficas que perturbaban el sueño de mi amigo Fermín. Yo no
podía verla ni en pintura, y ella correspondía a mi franca hostilidad con lánguidas
miradas de desdén e indiferencia. Bea tenía un novio haciendo el servicio militar
como alférez en Murcia, un falangista engominado llamado Pablo Cascos Buendía,
que pertenecía a una familia rancia y propietaria de numerosos astilleros en las rías.
El alférez Cascos Buendía, que se pasaba media vida de permiso merced a un tío
suyo en el Gobierno Militar, siempre andaba largando peroratas sobre la superioridad
genética y espiritual de la raza española y el inminente declive del Imperio
bolchevique.
—Marx ha muerto —decía solemnemente.
—En 1883, concretamente —decía yo.
—Tú calla, desgraciado, a ver si te pego una leche que te mando a La Rioja.
Más de una vez había sorprendido a Bea sonriendo para sí ante las sandeces
que profería su novio el alférez. Entonces ella alzaba la mirada y me observaba,
impenetrable. Yo le sonreía con esa cordialidad débil de los enemigos en tregua
indefinida, pero apartaba los ojos rápidamente. Antes me habría muerto que admitirlo,
pero en el fondo de mi ser le tenía miedo.
13
A principios de aquel año, Tomás y Fermín Romero de Torres decidieron unir
sus respectivos ingenios en un nuevo proyecto que, según ellos, habría de librarnos
de hacer el servicio militar a mi amigo y a mí. Fermín, particularmente, no compartía
el entusiasmo del señor Aguilar por la experiencia castrense.
—El servicio militar sólo sirve para descubrir el porcentaje de cafres que cotiza
en el censo —opinaba él—. Y eso se descubre en las dos primeras semanas, no
hacen falta dos años. Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del
Apocalipsis. Sí, sí, ríase usted.
El pensamiento anarco-libertario de Fermín Romero de Torres habría de
peligrar una tarde de octubre en que, por casualidades del destino, recibimos en la
tienda la visita de una vieja amiga. Mi padre había ido a hacer una valoración de una
colección de libros a Argentona y no volvería hasta el anochecer. Yo me quedé
atendiendo el mostrador de la tienda mientras Fermín, con sus habituales maniobras
de equilibrista, se empeñó en empinarse por la escalera y ordenar el último estante de
libros que quedaba a apenas un palmo del techo. Poco antes de cerrar, cuando ya
había caído el sol, la silueta de la Bernarda se recortó tras el mostrador. Iba vestida
de jueves, su día libre, y me saludó con la mano. Se me iluminó el alma de sólo verla
y le indiqué que pasara.
—¡Ay, qué grande está usted! —dijo desde el umbral—. ¡Si no se le conoce
casi... ya es usted un hombre!
Me abrazó, soltando unas lagrimillas y palpándome la cabeza, los hombros y la
cara, para ver si me había roto en su ausencia.
—Se le echa a faltar a usted en la casa, señorito —dijo bajando la mirada.
—Y yo te he echado a faltar a ti, Bernarda. Venga, dame un beso.
Me besó tímidamente, y yo le planté un par de sonoros besos en cada mejilla.
Se rió. Vi en sus ojos que estaba esperando que le preguntase por Clara, pero no
pensaba hacerlo.
—Te veo muy guapa hoy, y muy elegante. ¿Cómo es que te has decidido a
venir a visitarnos?
—Bueno, la verdad es que hacía tiempo que quería venir a verle, pero ya sabe
cómo son las cosas, y una está muy ocupada, que el señor Barceló aunque es muy
sabio es como un niño, y una ha de hacer de tripas corazón. Pero lo que me trae es
que, verá, mañana es el cumpleaños de mi sobrina, la de San Adrián, y a mí me
gustaría hacerle un regalo. Yo había pensado regalarle un libro bueno, con mucha
letra y poco cromo, pero como soy lerda y no entiendo...
Antes de que yo pudiese responder, la tienda se sacudió con estruendo
balístico al precipitarse desde las alturas unas obras completas de Blasco Ibáñez en
tapa dura. La Bernarda y yo alzamos la vista, sobresaltados. Fermín se deslizaba
escaleras abajo como un trapecista, la sonrisa florentina estampada en el rostro y
los ojos impregnados de lujuria y embeleso.
—Bernarda, éste es...
—Fermín Romero de Torres, asesor bibliográfico de Sempere e hijo, a sus
pies, señora —proclamó Fermín, tomando la mano de la Bernarda y besándola
ceremoniosamente.
En cuestión de segundos, la Bernarda se puso como un pimiento morrón.
—Ay, que se confunde usted, yo de señora...
—Lo menos marquesa —atajó Fermín—. Lo sabré yo, que me pateo lo más
fino de la avenida Pearson. Permítame el honor de escoltarla hasta esta nuestra
sección de clásicos juveniles e infantiles donde providencialmente observo que
tenemos un compendio con lo mejor de Emilio Salgari y la épica narración de
Sandokan.
—Ay, no sé, vidas de santos me da reparo, porque el padre de la niña era
muy de la CNT, ¿sabe usted?
—Pierda cuidado, porque aquí tengo nada menos que La isla misteriosa de
Julio Verne, relato de alta aventura y gran contenido educativo, por lo de los
avances tecnológicos.
—Si a usted le parece bien...
Yo los iba siguiendo en silencio, observando cómo a Fermín se le caía la
baba y cómo la Bernarda se abrumaba con las atenciones de aquel hombrecillo con
planta de caliqueño y labia de feriante que la miraba con el ímpetu que reservaba
para las chocolatinas Nestlé.
—¿Y usted, señorito Daniel, qué dice?
—Aquí el señor Romero de Torres es el experto; puedes confiar en él.
—Pues entonces me llevo ese de la isla, si me lo envuelven ustedes. ¿Qué
se debe?
—Invita la casa —dije yo.
—Ah, no, de ninguna manera...
—Señora, si usted me lo permite y así me hace el hombre más dichoso de
Barcelona, invita Fermín Romero de Torres.
La Bernarda nos miró a ambos, sin palabras.
—Oiga, que yo pago lo que compro y esto es un regalo que quiero hacer a mi
sobrina...
—Entonces me permitirá usted, a modo de trueque, que la invite a merendar
—lanzó Fermín, alisándose el pelo.
—Anda, mujer —le animé yo—. Ya verás como lo pasáis bien. Mira, te
envuelvo esto mientras Fermín coge su chaqueta.
Fermín se apresuró a la trastienda a peinarse, perfumarse y colocarse la
americana. Le soplé unos cuantos duros de la caja para que invitase a la Bernarda.
—¿Dónde la llevo? —me susurró, nervioso como un crío.
—Yo la llevaría a Els Quatre Gats —le dije—. Que me consta trae suerte para
asuntos del corazón.
Le tendí el paquete con el libro a la Bernarda y le guiñé el ojo.
—¿Qué le debo entonces, señorito Daniel?
—No sé. Ya te lo diré. El libro no llevaba precio y se lo tengo que preguntar a
mi padre —mentí.
Les vi marchar del brazo, perdiéndose por la calle Santa Ana, pensando que
a lo mejor alguien en el cielo estaba de guardia y por una vez les concedía a aquel
par unas gotas de felicidad. Colgué el cartel de CERRADO en el escaparate. Pasé
un momento a la trastienda a repasar el libro donde mi padre apuntaba los pedidos
y escuché la campanilla de la puerta al abrirse. Pensé que sería Fermín, que se
había dejado algo, o quizá mi padre que ya había vuelto de Argentona.
—¿Hola?
Pasaron varios segundos sin que me llegase una respuesta. Yo seguí
ojeando el libro de pedidos.
Escuché pasos en la tienda, lentos.
—¿Fermín? ¿Papá?
No obtuve respuesta. Me pareció advertir una risa ahogada y cerré el libro de
pedidos. Quizá un cliente había ignorado el cartel de CERRADO. Me disponía a
atenderle cuando escuché el sonido de varios libros caer desde los estantes en la
tienda. Tragué saliva. Agarré un abrecartas y me acerqué lentamente a la puerta de
la trastienda. No me atreví a llamar de nuevo. Al poco escuché de nuevo los pasos,
alejándose. Sonó de nuevo la campanilla de la puerta, y sentí un vahído de aire de
la calle. Me asomé a la tienda. No había nadie. Corrí hasta la puerta de la calle y la
cerré a cal y canto. Respiré hondo, sintiéndome ridículo y cobarde. Me dirigía de
nuevo a la trastienda cuando vi aquel pedazo de papel encima del mostrador. Al
acercarme comprobé que se trataba de una fotografía, una vieja estampa de estudio
de las que acostumbraban a imprimirse en una lámina de cartón grueso. Los bordes
estaban quemados y la imagen, ahumada, parecía surcada por el rastro de dedos
sucios de carbonilla. La examiné bajo una lámpara. En la fotografía podía verse a
una pareja de jóvenes, sonriendo para la cámara. Él no parecía tener más de
diecisiete o dieciocho años, con el cabello claro y los rasgos aristocráticos, frágiles.
Ella parecía quizá un poco menor que él, uno o dos años a lo sumo. Tenía la tez
pálida y un rostro cincelado, ceñido por un pelo negro, corto, que acentuaba una
mirada encantada, envenenada de alegría. Él le pasaba un brazo por el talle y ella
parecía susurrar algo, burlona. La imagen transmitía una calidez que me robó una
sonrisa, como si en aquellos dos desconocidos hubiese reconocido a viejos amigos.
Detrás de ellos se podía ver el escaparate de una tienda, repleto de sombreros
pasados de moda. Me concentré en la pareja. Las ropas parecían indicar que la
imagen tenía por lo menos veinticinco o treinta años. Era una imagen de luz y de
esperanza que prometía cosas que sólo existen en las miradas de pocos años. Las
llamas habían devorado casi todo el contorno de la fotografía, pero aún podía
adivinarse un rostro severo tras aquel mostrador vetusto, una silueta espectral
insinuándose tras las letras grabadas en el cristal.
Hijos de Antonio Fortuny
Casa fundada en 1888
La noche que había regresado al Cementerio de los Libros Olvidados, Isaac
me había contado que Carax usaba el apellido de su madre, no el de su padre:
Fortuny. El padre de Carax tenía una sombrerería en la ronda de San Antonio.
Observé de nuevo el retrato de aquella pareja y tuve la certeza de que aquel
muchacho era Julián Carax, sonriéndome desde el pasado, incapaz de ver las
llamas que se cerraban sobre él.

CIUDAD DE SOMBRAS
1954
14
A la mañana siguiente, Fermín acudió a trabajar en alas de Cupido,
sonriente y silbando boleros. En otras circunstancias le habría preguntado
acerca de su merienda con la Bernarda, pero aquel día no tenía yo los ánimos
para la lírica. Mi padre había quedado en entregar un pedido a las once de la
mañana al profesor Javier Velázquez en su despacho de la facultad en plaza
Universidad. A Fermín, la sola mención del académico le inspiraba urticaria, y
con esa excusa me ofrecí yo a llevarle los libros.
—Ese individuo es un pedante, un crápula y un lameculos fascista —
proclamó Fermín, alzando el puño en alto al modo inequívoco de cuando le
entraba el prurito justiciero—. Con el cuento de la cátedra y el examen final, ése
se beneficiaba hasta la Pasionaria si se terciase.
—No se pase, Fermín. Velázquez paga muy bien, siempre por adelantado
y nos recomienda a los cuatro vientos —le recordó mi padre.
—Ese es dinero manchado con la sangre de vírgenes inocentes —
protestó Fermín—. Vive Dios que yo nunca me acosté con una mujer menor de
edad, y no por falta de ganas ni oportunidades; que hoy me ven ustedes en
horas bajas, pero hubo el día en que tuve presencia y gallardía como el que
más, y aun así, por si acaso y me daba en la nariz que eran un poco golfas, exigía
la cédula de identidad o en su defecto autorización paterna por escrito para no
faltarle a la ética.
Mi padre puso los ojos en blanco.
—Con usted es imposible discutir, Fermín.
—Es que si tengo razón, tengo razón.
Tomé el paquete que yo mismo había preparado la noche anterior, un par
de Rilkes y un ensayo apócrifo atribuido a Ortega en torno a las tapas y la
profundidad del sentir nacional, y dejé a Fermín y a mi padre entregados a su
debate de usos y costumbres.
Hacía un día espléndido, con un cielo azul de bandera y una brisa limpia y
fresca que olía a otoño y a mar. Mi Barcelona favorita siempre fue la de octubre,
cuando le sale el alma a pasear y uno se hace más sabio con sólo beber de la
fuente de Canaletas, que durante esos días, de puro milagro, no sabe ni a cloro.
Avanzaba a paso ligero, sorteando limpiabotas, chupatintas que volvían del
cafetito de media mañana, vendedores de lotería y un ballet de barrenderos que
parecían estar puliendo la ciudad a pincel, sin prisa y con trazo puntillista. Ya por
entonces, Barcelona empezaba a llenarse de coches, y a la altura del semáforo de
la calle Balmes observé apostadas en ambas aceras cuadrigas de oficinistas con
gabardina gris y mirada hambrienta, comiéndose un Studebaker con los ojos como
si se tratase de una cupletera en salto de cama. Subí por Balmes hasta Gran Vía,
viéndomelas con semáforos, tranvías, automóviles y hasta motocicletas con
sidecar. En un escaparate vi un cartel de la casa Phillips que anunciaba la llegada
de un nuevo mesías, la televisión, que se decía iba a cambiarnos la vida y nos iba
a transformar a todos en seres del futuro, como los americanos. Fermín Romero
de Torres, que siempre estaba al tanto de todos los inventos, había profetizado ya
lo que iba a suceder.
—La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo y le digo yo que bastarán tres
o cuatro generaciones para que la gente ya no sepa ni tirarse pedos por su cuenta
y el ser humano vuelva a la caverna, a la barbarie medieval, y a estados de
imbecilidad que ya superó la babosa allá por el pleistoceno. Este mundo no se
morirá de una bomba atomica como dicen los diarios, se morirá de risa, de
banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.
El profesor Velázquez tenía el despacho en el segundo piso de la Facultad
de Letras, al fondo de una galería con embaldosado ajedrecístico y luz en polvo
que daba al claustro sur. Encontré al profesor a la puerta de un aula, haciendo
como que escuchaba a una alumna de figura espectacular que iba enfundada en
un traje granate que le ceñía el talle a cuchillo y dejaba asomar unas pantorrillas
helénicas relucientes en medias de seda fina. El profesor Velázquez tenía fama de
donjuán y no faltaba quien dijese que la educación sentimental de toda señorita de
buen nombre no estaba completa sin un proverbial fin de semana en un hotelito en
el paseo de Sitges recitando alejandrinos téte-á-téte con el distinguido catedrático.
Yo, con instinto comercial, me guardé mucho de interrumpir su conversación, y
decidí matar el tiempo haciéndole una radiografía a la pupila aventajada. Quizá
fuera la caminata a paso ligero que me había levantado el ánimo, quizá fueran mis
dieciocho años y el hecho de que pasaba más tiempo entre las musas atrapadas
en tomos viejos que en compañía de muchachas de carne y hueso, que siempre
me parecían a años luz del fantasma de Clara Barceló, pero en aquel momento,
leyendo cada pliegue en la anatomía de aquella estudiante a la que únicamente
podía ver de espaldas pero que me imaginaba en tres dimensiones y perspectiva
alejandrina, se me pusieron unos dientes largos como palmatorias.
—Vaya, pero si es Daniel —exclamó el profesor Velázquez—. Pues mira,
menos mal que vienes tú y no el mamarracho aquel de la última vez, ese con
nombre de torero, que me pareció que o iba bebido o estaba para encerrarlo y tirar
la llave. Imagínate que se le ocurrió preguntarme la etimología de la palabra capullo,
con un tonillo de sorna muy fuera de lugar.
—Es que el médico le tiene bajo una medicación fortísima. Algo del hígado.
—De puro torrado que va todo el día —masculló Velázquez—. Yo que
vosotros llamaba a la policía. Ése seguro que tiene ficha. Y cómo le huelen los pies,
rediós, que hay mucho rojo de mierda suelto por ahí que no se lava desde que cayó
la República.
Me disponía a inventar alguna excusa decorosa para disculpar a Fermín
cuando la estudiante que había estado conversando con el profesor Velázquez se
volvió y a mí me cayó la lengua a los pies.
La vi sonreírme y se me encendieron las orejas.
—Hola, Daniel —dijo Beatriz Aguilar.
La saludé con la cabeza, mudo al haberme descubierto a mí mismo
babeando sin saberlo por la hermana de mi mejor amigo, la Bea de mis temores.
—Ah, pero ¿es que vosotros ya os conocéis? —preguntó Velázquez,
intrigado.
—Daniel es un viejo amigo de la familia —explicó Bea—. Y el único que ha
tenido el valor de decirme alguna vez que soy una cursi y una creída.
Velázquez me miró, atónito.
—De eso hace diez años —maticé yo—. Y no lo dije en serio.
—Pues yo aún estoy esperando a que me pida disculpas.
Velázquez rió de buena gana y me tomó el paquete de las manos.
—Me parece que yo aquí estoy de sobra —dijo, abriendo el paquete—. Ah,
estupendo. Oye, Daniel, dile a tu padre que ando buscando un libro titulado
Matamoros: cartas de juventud desde Ceuta, de Francisco Franco Bahamonde,
con prólogo y anotaciones de Pemán.
—Délo por hecho. Le decimos algo en un par de semanas.
—Te tomo la palabra, y me voy ya pitando que me esperan treinta y dos
mentes en blanco.
El profesor Velázquez me guiñó un ojo y desapareció en el interior del aula,
dejándome a solas con Bea. Yo no sabía adónde mirar.
—Oye, Bea, sobre lo del insulto, de verdad que...
—Te estaba tomando el pelo, Daniel. Ya sé que aquello era cosa de críos, y
Tomás ya te dio suficientes palos.
—Aún me duelen.
Bea me sonreía en lo que parecía son de paz, o al menos de tregua.
—Además, tenías razón, soy algo cursi y a veces un poco creída —dijo
Bea—. Yo no te caigo muy bien, ¿verdad, Daniel?
La pregunta me pilló totalmente de sorpresa, desarmado, y asustado por lo
fácil que era perderle la antipatía a quien se tiene por enemigo en cuanto deja de
comportarse como tal.
—No, eso no es verdad.
—Tomás dice que, en realidad, no es que yo te caiga mal, es que no puedes
tragar a mi padre y me lo haces pagar a mí, porque con él no te atreves. Y no te
culpo. Con mi padre no se atreve nadie.
Me quedé blanco, pero en unos segundos me encontré a mí mismo sonriendo
y asintiendo.
—Va a resultar que Tomás me conoce mejor que yo mismo.
—No te extrañe. Mi hermano nos tiene a todos cogido el número, lo que pasa
es que nunca dice nada. Pero si algún día se le ocurre abrir la boca, se van a caer
las paredes. Él te aprecia mucho, ¿sabes?
Me encogí de hombros, bajando la mirada.
—Siempre habla de ti, y de tu padre y la librería y ese amigo que tenéis
trabajando con vosotros, que Tomás dice que es un genio por descubrir. A veces
parece que piense que vosotros sois más su verdadera familia que la que tiene en
casa.
Le encontré la mirada, dura, abierta, sin miedo. No supe qué decirle y me
limité a sonreír. Sentí que me acorralaba con su sinceridad y eché los ojos al patio.
—No sabía que estudiabas aquí.
—Éste es mi primer año.
—¿Letras?
—Mi padre opina que las ciencias no son para el sexo débil.
—Ya. Mucho número.
—No me importa, porque a mí lo que me gusta es leer, y además aquí se
conoce a gente interesante.
—¿Como el profesor Velázquez?
Bea sonrió de lado.
—Estaré en el primer año, pero sé lo suficiente como para verlos venir de
lejos, Daniel. Especialmente a los de su clase.
Me pregunté en qué clase debía clasificarme a mí.
—Además, el profesor Velázquez es amigo de mi padre. Están los dos en el
Consejo de la Asociación para la Protección y Fomento de la Zarzuela y la Lírica
Española.
Adopté expresión de estar muy impresionado.
—¿Y qué tal tu novio, el alférez Cascos Buendía?
Se le fue la sonrisa.
—Pablo viene de permiso en tres semanas.
—Estarás contenta.
—Mucho. Es un chico estupendo, aunque ya me imagino lo que debes de
pensar de él.
Lo dudo, pensé. Bea me observaba, vagamente tensa. Iba a cambiar de
tema, pero la lengua se me adelantó.
—Tomás dice que vais a casaros y que os vais a vivir a El Ferrol.
Asintió sin pestañear.
—En cuanto Pablo termine el servicio militar.
—Debes de estar impaciente —dije, sintiendo el sabor a mala leche en mi
propia voz, una voz insolente que no sabía de dónde venía.
—No me importa, de verdad. La familia de él tiene propiedades allí, un par de
astilleros, y Pablo va a estar al frente de uno. Tiene mucho talento para el liderazgo.
Ya se le ve.
Bea apretó la sonrisa.
—Además, Barcelona ya la tengo vista, después de tantos años...
Le vi la mirada cansada, triste.
—Tengo entendido que El Ferrol es una ciudad fascinante. Llena de vida. Y el
marisco, dicen que es de fábula, especialmente el centollo.
Bea suspiró, agitando la cabeza. Me pareció que quería llorar de rabia, pero
era demasiado orgullosa. Se rió tranquilamente.
—Diez años y todavía no le has perdido el gusto a insultarme, ¿verdad,
Daniel? Pues anda, despáchate a gusto. La culpa es mía, por creer que a lo mejor
podíamos ser amigos, o hacer ver que lo éramos, pero supongo que yo no valgo lo
que mi hermano. Perdona que te haya hecho perder el tiempo.
Se dio la vuelta y echó a andar por el corredor que conducía a la biblioteca.
La vi alejarse a través de las baldosas blancas y negras, su sombra cortando las
cortinas de luz que caían desde las cristaleras.
—Bea, espera.
Maldije mi estampa y eché a correr tras ella. La detuve a medio corredor,
asiéndola del brazo. Me lanzó una mirada que quemaba.
—Perdóname. Pero te equivocas: la culpa no es tuya, es mía. Soy yo el que
no vale lo que tu hermano o lo que tú. Y si te he insultado es por envidia a ese
imbécil que tienes por novio y por rabia de pensar que alguien como tú se iría a El
Ferrol o al Congo por seguirle.
—Daniel...
—Te equivocas conmigo, porque sí podemos ser amigos si tú me dejas
intentarlo ahora que sabes lo poco que valgo. Y te equivocas también con
Barcelona, porque aun que tú te creas que la tienes vista, yo te garantizo que no es
así, y que si me dejas te lo demostraré.
Vi que se le iluminaba la sonrisa y una lágrima lenta, de silencio, le caía por la
mejilla.
—Más te vale que digas la verdad —dijo—. Porque si no, se lo diré a mi
hermano y te sacará la cabeza como si fuese un tapón.
Le tendí la mano.
—Me parece justo. ¿Amigos?
Me ofreció la suya.
—¿A qué hora sales de clase el viernes? —pregunté.
Dudó un instante
—A las cinco.
—Te esperaré en el claustro a las cinco en punto, y antes de que anochezca
te demostraré que hay algo en Barcelona que aún no has visto y que no puedes irte
a El Ferrol con ese idiota al que no me puedo creer que quieras, porque si lo haces
la ciudad te perseguirá y te morirás de pena.
—Pareces muy seguro de ti mismo, Daniel.
Yo, que nunca estaba seguro ni de la hora que era, asentí con la convicción
del ignorante. Me quedé viéndola alejarse por aquella galería infinita hasta que su
silueta se fundió en la penumbra y me pregunté qué es lo que había hecho.
15
La sombrerería Fortuny, o lo que quedaba de ella, languidecía al pie de un
angosto edificio ennegrecido de hollín y de aspecto miserable en la ronda de San
Antonio, junto a la plaza de Goya. Todavía podían leerse las letras grabadas sobre
los cristales empañados de mugre, y un cartel en forma de bombín seguía
ondeando en la fachada, prometiendo diseños a medida y las últimas novedades de
París. La puerta estaba asegurada con un candado que parecía llevar allí por lo
menos diez años. Pegué la frente al cristal, intentando penetrar con la mirada el
interior en tinieblas.
—Si viene por lo del alquiler, llega tarde —dijo una voz a mi espalda—. El
administrador de la finca ya se ha ido.
La mujer que me hablaba debía de rondar los sesenta años y vestía el
uniforme nacional de viuda devota. Un par de rulos asomaban bajo un pañuelo rosa
que le cubría el pelo, y las pantuflas de boatiné iban a juego con unas medias color
carne de media caña. Di por sentado que era la portera del inmueble.
—¿Es que la tienda está en alquiler? —pregunté.
—¿No venía usted por eso?
—En principio no, pero nunca se sabe, a lo mejor me interesa.
La portera frunció el ceño, decidiendo si me catalogaba de cantamañanas o
me concedía el beneficio de la duda. Adopté la más angelical de mis sonrisas.
—¿Hace mucho que cerró la tienda?
—Lo menos doce años, cuando se murió el viejo.
—¿El señor Fortuny? ¿Lo conocía usted?
—Llevo cuarenta y ocho años en esta escalera, mozo.
—Entonces a lo mejor conoció usted también al hijo del señor Fortuny.
—¿Julián? Pues claro.
Saqué del bolsillo la fotografía quemada y se la mostré.
—¿Cree que podría decirme si el joven que aparece en la fotografía es Julián
Carax?
La portera me miró con cierta desconfianza. Tomó la fotografía en sus manos
y clavó la mirada en ella.
—¿Le reconoce?
—Carax era el apellido de soltera de la madre —matizó la portera, con cierta
reprobación—. Éste es Julián, sí. Le recuerdo muy rubito, aunque aquí en la foto
parece que tenga el pelo más oscuro.
—¿Podría decirme quién es la muchacha que está con él?
—¿Y quién lo pregunta?
—Discúlpeme, mi nombre es Daniel Sempere. Estoy tratando de averiguar
algo sobre el señor Carax, sobre Julián.
—Julián se fue a París, allá en el año 18 o 19. Su padre quería meterlo en el
ejército, ¿sabe? Yo creo que la madre se lo llevó para librarlo al pobrecillo. Aquí se
quedó solo el señor Fortuny, en el ático.
—¿Sabe si Julián regresó a Barcelona alguna vez?
La portera me miró en silencio.
—¿No lo sabe usted? Julián murió aquel mismo año, en París.
—¿Perdón?
—Digo que Julián falleció. En París. Al poco de llegar. Mas le hubiera valido
meterse en el ejército.
—¿Puedo preguntarle cómo sabe usted eso?
—¿Cómo va a ser? Porque me lo dijo su padre. Asentí lentamente.
—Entiendo. ¿Le dijo de qué murió?
—El viejo no daba muchos detalles, la verdad. Un día, al poco de marchar
Julián, llegó una carta para él y cuando le pregunté a su padre me dijo que su hijo
había muerto y que si llegaba algo más para él que lo tirase. ¿Por qué pone esa
cara?
—El señor Fortuny le mintió. Julián no murió en 1919.
—¿Qué me dice?
Julián vivió en París, por lo menos hasta el año 35 y luego regresó a
Barcelona.
El rostro de la portera se iluminó.
—Entonces, ¿Julián está aquí, en Barcelona? ¿Dónde? Asentí, confiando en
que de este modo la portera se animaría a contarme más.
—Madre de Dios... Pues me da usted una alegría, bueno, si es que vive,
porque era un crío muy cariñoso, un poco raro y muy fantasioso, eso sí, pero tenía
un no sé qué que te robaba el corazón. No hubiera servido para soldado, eso se
veía de lejos. A mi Isabelita le gustaba horrores. Fíjese que durante una temporada
pensé que se acabarían casando y todo, cosas de críos... ¿Me deja ver esa foto otra
vez?
Le tendí la foto de nuevo. La portera la contemplaba como si fuese un talismán,
un billete de vuelta a su juventud.
—Parece mentira, mire, como si le estuviese viendo ahora mismo... y el
malasombra ese decir que se había muerto. Desde luego, es que hay gente en el
mundo que está para que haya de todo. ¿Y qué se hizo de Julián en París? Seguro
que se hizo rico. A mí siempre me pareció que Julián iba para rico.
—No exactamente. Se hizo escritor.
—¿De cuentos?
—Algo parecido. Escribía novelas.
—¿Para la radio? Ay, qué bonito. Pues no me extraña nada, ¿sabe usted? De
chiquillo se pasaba la vida contándole historias a los críos de aquí por el barrio. En
verano, a veces mi Isabelita y sus primas subían al terrado por la noche a escucharle.
Decían que nunca contaba la misma historia dos veces. Eso sí, todas iban de
muertos y ánimas. Ya le digo que era un crío un poco raro. Aunque con ese padre lo
raro es que no saliera majareta. No me extraña que al final lo dejara la mujer, porque
era un malasombra. Mire usted que yo no me meto en nada, ¿eh? A mí todo me
parece muy bien, pero ese hombre no era bueno. En una escalera, al final todo se
sabe. El la pegaba, ¿sabe usted? Siempre se oían gritos en la escalera, y más de una
vez tuvo que venir la policía. Yo ya entiendo que a veces el marido tiene que pegar a
la mujer para que le respete, no digo que no, que hay mucha golfa y las mozas ya no
suben como antes, pero es que a éste le gustaba zurrarla porque sí, ¿me entiende?
La única amiga que tenía esa pobre mujer era una chica joven, la Viçenteta, que vivía
en el cuarto segunda. A veces la pobre se refugiaba en casa de la Viçenteta para que
el marido no la zurrase más. Y le contaba cosas...
—¿Como qué?
La portera adoptó un aire confidencial, enarcando una ceja y mirando a los
lados de soslayo.
—Como que el crío no era del sombrerero.
—¿Julián? ¿Quiere decir que Julián no era hijo del señor Fortuny?
—Eso le dijo la francesa a la Viçenteta, no sé si por despecho o vaya usted a
saber por qué. A mí me lo contó la chica años después, cuando ya no vivían aquí.
—¿Y quién era el verdadero padre de Julián entonces?
—La francesa nunca lo quiso decir. A lo mejor ni lo sabía. Ya sabe cómo son
los extranjeros.
—¿Y cree que por eso le pegaba su marido?
—Vaya usted a saber. Tres veces la tuvieron que llevar al hospital, óigame,
tres. Y el muy cerdo tenía los arrestos de contarle a todo el mundo que la culpa era de
ella, que era una borracha y se daba porrazos por la casa de puro darle a la botella. A
mí que no me digan. Siempre tenía pleitos con todos los vecinos. A mi difunto marido,
que en gloria esté, lo denunció una vez de haberle robado en la tienda, porque según
él todos los murcianos eran unos vagos y unos ladrones, y fíjese usted que nosotros
somos de Úbeda...
—¿Me decía usted que reconocía a la muchacha que aparece con Julián en la
foto?
La portera se concentró de nuevo en la imagen.
—No la había visto nunca. Muy mona.
—Por la foto parece que fuesen novios —sugerí, a ver si le pinchaba la
memoria.
Me la tendió, sacudiendo la cabeza.
—Yo de fotos no entiendo. Y que yo sepa, Julián no tenía novia, pero me figuro
yo que si la tuviese no me lo hubiera dicho. A duras penas me enteré de que mi
Isabelita se había liado con ése... ustedes los jóvenes nunca cuentan nada. Somos
los viejos los que no sabemos parar de hablar.
—¿Recuerda a sus amigos, alguien en especial que viniese por aquí?
La portera se encogió de hombros.
—Ay, hace ya tanto tiempo. Además, en los últimos años Julián ya paraba
poco por aquí, ¿sabe usted? Había hecho un amigo en el colegio, un niño de muy
buena familia, los Aldaya, no le digo nada. Ahora ya no se habla de ellos, pero por
entonces era como decir la familia real. Mucho dinero. Lo sé porque a veces
enviaban un coche a buscar a Julián. Tenía usted que haber visto qué coche. Ni
Franco, oiga. Con chófer, todo reluciente. Mi Paco, que de esto entendía, me dijo
que era un rolsroi o algo así. Ahí es nada.
—¿Recuerda usted el nombre de este amigo de Julián?
—Mire, con un apellido como Aldaya, no hacen falta nombres, a ver si me
entiende usted. También me acuerdo de otro chico, un poco atolondrado, un tal
Miquel. Creo que también era compañero suyo de clase. No me pregunte ni qué
apellido ni qué cara tenía.
Parecía que habíamos llegado a un punto muerto y temí empezar a perder el
interés de la portera. Decidí seguir una corazonada.
—¿Vive alguien ahora en el piso de los Fortuny?
—No. El viejo murió sin hacer testamento, y la mujer, que yo sepa, aún está
en Buenos Aires y no vino ni al entierro.
—¿Por qué Buenos Aires?
—Porque no pudo encontrar un sitio más lejos de él, digo yo. No la culpo, la
verdad. Lo dejó todo en manos de un abogado, un tipo muy raro. Yo no le he visto
nunca, pero mi hija Isabelita, que vive en el quinto primera, justo debajo, dice que a
veces, como tiene llave, viene por la noche y se pasa horas andando por el piso y
luego se va. Una vez hasta me dijo que se oían como tacones de mujer. Ya me
contará usted.
—A lo mejor eran zancos —sugerí.
Me miró sin comprender. Obviamente, para la portera el tema era muy serio.
—¿Y nadie más ha visitado el piso en todos estos años?
—Una vez se presentó aquí un tipo muy siniestro, de esos que sonríen todo
el rato, un risitas, pero que se le ve venir de lejos. Dijo que era de la Brigada
Criminal. Quería ver el piso.
—¿Dijo por qué?
La portera negó.
—¿Recuerda su nombre?
—Inspector nosequé. Ni me creí que fuese policía. El asunto olía mal, ya me
entiende. A algo personal. Le facturé con viento fresco y le dije que no tenía las
llaves del piso y que si quería algo, que llamase al abogado. Me dijo que volvería,
pero no le he vuelto a ver por aquí. Ni ganas.
—¿No tendrá usted por casualidad el nombre y la dirección de ese abogado,
verdad?
—Eso se lo tendría que preguntar usted al administrador de la finca, el señor
Molins. Tiene la oficina aquí cerca, en el 28 de Floridablanca, entresuelo. Dígale que
va usted de parte de la señora Aurora, servidora de usted.
—Se lo agradezco mucho. Y dígame, señora Aurora, ¿entonces el piso de los
Fortuny está vacío?
—Vacío no, porque nadie se ha llevado nada de ahí en todos los años desde
que murió el viejo. Si a veces hasta huele. Yo diría que hay ratas y todo, fíjese
usted.
—¿Cree usted que sería posible echarle un vistazo? A lo mejor encontramos
algo que nos indique qué se hizo realmente de Julián...
—Ay, yo no puedo hacer eso. Tiene usted que hablarlo con el señor, Molins,
que es el que lo lleva.
Le sonreí con malicia.
—Pero usted tendrá una llave maestra, supongo. Aunque le dijese a ese
individuo que no... No me diga que no se muere usted de curiosidad por saber lo
que hay ahí dentro.
Doña Aurora me miró de reojo.
—Es usted un demonio.
La puerta cedió como la losa de un sepulcro, con un quejido brusco,
exhalando el aliento fétido y viciado del interior. Empujé el portón hacia el interior,
desvelando un pasillo que se hundía en la negrura. El aire hedía a cerrado y a
humedad. Volutas de mugre y polvo coronaban los ángulos de la techumbre,
pendiendo como cabellos blancos. Las losas quebradas del suelo estaban
recubiertas por lo que parecía un manto de cenizas. Advertí lo que parecían marcas
de pisadas adentrándose en el piso.
—Santa Madre de Dios —murmuró la portera—. Aquí hay más mierda que en
el palo de un gallinero.
—Si lo prefiere, ya entro yo solo —sugerí.
—Eso quisiera usted. Venga, tire palante, que yo le sigo.
Cerramos la puerta a nuestra espalda. Por un instante, hasta que la mirada
se nos acostumbró a la penumbra, permanecimos inmóviles en el umbral del piso.
Escuché la respiración nerviosa de la portera y percibí el vahído agrio a sudor que
desprendía. Me sentí como un ladrón de tumbas, con el alma envenenada de
codicia y anhelo.
—Oiga, ¿qué será ese ruido? —preguntó la portera, inquieta.
Algo aleteaba en las tinieblas, alertado por nuestra presencia. Me pareció
entrever una forma pálida revoloteando en el extremo del corredor.
—Palomas —dije— Deben de haberse colado por una ventana rota y anidado
aquí.
—Pues mire que me dan un asco a mí los pajarracos esos —dijo la portera—.
Con lo que llegan a cagar.
—Usted tranquila, doña Aurora, que sólo atacan cuando tienen hambre.
Nos adelantamos unos pasos hasta el fin del pasillo. Llegamos a un comedor
que daba al balcón. Se apreciaba el contorno de una mesa destartalada recubierta
por un mantel deshilachado que parecía una mortaja. La velaban cuatro sillas y un
par de vitrinas veladas de suciedad que custodiaban la vajilla, una colección de
vasos y un juego de té. En una esquina permanecía el viejo piano vertical de la
madre de Carax. Las teclas habían ennegrecido y apenas se veían las junturas bajo
el velo de polvo. Frente al balcón palidecía una butaca de faldones raídos. Junto a
ella había una mesa de café sobre la que reposaban unas lentes de lectura y una
Biblia encuadernada en piel pálida y ribeteada con filetes dorados, de las que se
regalaban entonces por la primera comunión. Todavía conservaba el punto, una
hebra de cordel escarlata.
—Mire, en esa butaca es donde encontraron muerto al viejo. Dijo el médico
que llevaba ahí dos días. Qué triste morir así, solo como un perro. Y mire que se lo
buscó, pero aun así, mire que me da lástima.
Me acerqué a la butaca mortuoria del señor Fortuny. Junto a la Biblia había
una pequeña caja con fotografías en blanco y negro, retratos viejos de estudio. Me
arrodillé a examinarlas, dudando casi viejos rozarlas con los dedos.
Pensé que estaba profanando los recuerdos de un pobre hombre, pero la
curiosidad pudo más. La primera estampa mostraba a una pareja joven con un niño
de no más de cuatro años. Le reconocí por los ojos.
—Ahí los tiene usted. El señor Fortuny de joven, y ella...
—¿No tenía Julián hermanos o hermanas?
La portera se encogió de hombros, suspirando.
—Decían por ahí que ella había perdido un embarazo por una de las palizas
del marido, pero yo no sé. A la gente le gusta mucho la chafardería, la verdad. Una
vez, Julián le contó a los críos de la escalera que tenía una hermana que sólo él
podía ver, que salía de los espejos como si fuese de vapor y que vivía con el
mismísimo Satanás en un palacio debajo de un lago. Mi Isabelita tuvo pesadillas
para un mes entero. Mire que era morboso ese crío a veces.
Eché un vistazo a la cocina. El cristal de una pequeña ventana que daba a un
patio interior estaba roto, y podía oírse el aleteo nervioso y hostil de palomas al otro
lado.
—¿Todos los pisos tienen la misma distribución? —pregunté.
—Los que dan a la calle, oséase los de la segunda puerta, sí, pero éste, al
ser ático, es algo diferente —explicó la portera—. Ahí tiene la cocina y un lavadero
que da al tragaluz. Por ese pasillo hay tres habitaciones y al fondo un baño. Bien
puestos dan mucho arreglo, no se piense. Éste es parecido al de mi Isabelita, claro
que ahora parece una tumba.
—¿Sabe cuál era la habitación de Julián?
—La primera puerta es el dormitorio principal. La segunda da a una
habitación más pequeña. A lo mejor ésa, digo yo.
Me adentré en el pasillo. La pintura de las paredes se deshacía en jirones. Al
fondo del corredor, la puerta del baño estaba entreabierta. Un rostro me observaba
desde el espejo. Hubiera podido ser el mío o el de la hermana que vivía en los
espejos de aquel piso. Intenté abrir la segunda puerta.
—Está cerrada con llave —dije.
La portera me miró, atónita.
—Esas puertas no tienen cerradura —murmuró.
—Ésta sí.
—Pues la haría poner el viejo, porque en los demás pisos...
Bajé la mirada y observé que el rastro de pisadas en el polvo llegaba hasta la
puerta cerrada.
—Alguien ha entrado en la habitación —dije—. Recientemente.
—No me asuste —dijo la portera.
Me acerqué a la otra puerta. No tenía cerradura. Cedió al tacto, deslizándose
hacia el interior con un gemido herrumbroso. En el centro descansaba una vieja
cama de palanquín, deshecha. Las sábanas amarilleaban como sudarios. Un
crucifijo presidía sobre el lecho. Había un pequeño espejo sobre una cómoda, una
vasija, una jarra y una silla. Un armario entreabierto reposaba contra la pared.
Rodeé la cama hasta una mesita de noche cubierta con un cristal que aprisionaba
estampas de antepasados, recordatorios de funerales y billetes de lotería. Encima
de la mesita había una caja de música de madera labrada y un reloj de bolsillo
congelado para siempre a las cinco y veinte. Intenté dar cuerda a la caja de música,
pero la melodía se trabó después de seis notas. Abrí el cajón de la mesita de noche.
Encontré un estuche de gafas vacío, un cortaúñas, un frasco de petaca y una
medalla de la virgen de Lourdes. Nada más.
—Tiene que haber una llave de esa habitación en alguna parte —dije.
—La tendrá el administrador. Mire, digo yo que mejor nos vamos y...
Me cayeron los ojos a la caja de música. Levanté la tapa y allí, bloqueando el
mecanismo, encontré una llave dorada. La tomé, y la caja de música reemprendió su
tintineo. Reconocí una melodía de Ravel.
—Ésta tiene que ser la llave —sonreí a la portera.
—Oiga, si el cuarto estaba cerrado, sería por algo. Aunque sólo sea por
respeto a la memoria de...
—Si lo prefiere, puede usted esperarme en la portería, doña Aurora.
—Es usted un demonio. Ande, ábrala de una vez.